Pobreza infantil y sanidad colapsada mientras la clase política canaria mira hacia otro lado
Santa Cruz de Tenerife, 18 de enero de 2026. – Bajo el sol perpetuo y el eslogan turístico de la eterna felicidad, Canarias esconde una herida social gangrenada. Dos realidades monstruosas –la pobreza infantil masiva y un sistema sanitario en estado de shock– convergen en un drama colectivo que las instituciones autonómicas y estatales son incapaces, o no quieren, afrontar con la urgencia y contundencia que exige esta emergencia. Mientras, la clase política, ensimismada en sus guerras de patio, demuestra una desconexión del sufrimiento ciudadano que raya en la indecencia.
Una generación sacrificada: el 40% de la infancia canaria, en la cuerda floja
Las cifras, frías y terribles, retratan un archipiélago fracturado. No es un dato, es una condena: cuatro de cada diez menores viven bajo la amenaza constante de la pobreza o la exclusión social. Eso son, en números redondos y humanos, entre 91.000 y 158.000 niños, niñas y adolescentes cuyas oportunidades se amputan cada día. La pobreza infantil en Canarias no es un accidente coyuntural; es un rasgo estructural, un cáncer que metastatiza en hogares monoparentales (52,7%) y familias numerosas (52,4%).
Esta pobreza tiene nombre y apellidos: es el niño que no puede ir a una excursión escolar, la familia que elige entre comer caliente o pagar el alquiler –disparado un 68,1% en diez años–, el adolescente cuyas únicas perspectivas se limitan a sobrevivir. El “crecimiento económico” del que alardean algunos discursos políticos se revela, aquí, como un espejismo cruel que no gotea hacia abajo. Es un crecimiento que enriquece estadísticas y empobrece futuros.
El segundo pilar del desastre: un sistema sanitario que enferma a los pacientes
Paralelamente, el Servicio Canario de la Salud (SCS) lleva años enviando señales de auxilio que nadie con poder de decisión parece escuchar. Lo que tenemos no es un sistema sanitario con problemas, sino un sistema problemático que, en sí mismo, se ha convertido en un riesgo para la salud pública.
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Las listas de espera son siniestras colas hacia el agravamiento. Especialidades como dermatología, traumatología u oftalmología son territorios de la paciencia infinita, mientras la atención primaria –el muro de contención– está tan saturada que se desmorona. Este colapso no es un mal funcionamiento; es el funcionamiento de un modelo infradotado, mal gestionado y desigual entre islas.
La tragedia se ceba con los más vulnerables. La organización Médicos del Mundo documentó más de 1.400 casos de barreras de acceso en un solo año, muchos contra mujeres migrantes sin recursos. Historias como la de Janet, a la que se le negó atención para su hijo crónico y se le presentó una factura de 11.000 euros, son la prueba de una exclusión sanitaria activa que ocurre bajo un marco teórico de cobertura universal. Es la hipocresía hecha sistema.
El coste en vidas: negligencias, dependencia abandonada y muertes en la espera
La descoordinación y la falta de recursos tienen un precio que se mide en vidas. En 2024 se registraron 307 denuncias por negligencias, algunas con resultado de muerte por retrasos en ambulancias o infecciones nosocomiales. Pero el abandono es más sistémico: Canarias lidera, de forma bochornosa, la lista de espera en dependencia, con más de 30.000 personas desatendidas (una tasa del 41,81%, el triple de la media nacional).
Y aquí está el dato más obsceno, el que debería provocar la dimisión colectiva de cualquier responsable con un ápice de dignidad: entre 2017 y 2024, 23.536 personas murieron en Canarias esperando una prestación de dependencia. No fallecieron con dependencia; fallecieron por la dependencia de un sistema que los abandonó. Son muertes administrativas, asesinatos por inacción política.
La gran traición: una clase política en guerra consigo misma, ajena al drama real
Y en medio de este naufragio social, ¿dónde está la clase política canaria? Absorta en sus batallas internas, enredada en luchas por el poder, el protagonismo y los recursos partidistas. La parálisis por confrontación es el deporte regional preferido en los despachos, mientras fuera se derrumba el presente y se hipoteca el futuro de miles de familias.
La pobreza infantil y el colapso sanitario exigen un pacto de Estado, un acuerdo de país. Sin embargo, lo que predomina es el desgaste mutuo, la foto fácil y el titular cortoplacista. Esta desconexión no es un error; es una elección. Es elegir priorizar la política sobre las personas, la trinchera sobre la solución.
Cada día que se retrasa un plan de choque real contra la pobreza infantil, cada semana que pasa sin una inyección masiva de recursos y una reorganización profunda de la sanidad, se firma la condena de una generación y se deshumaniza a una sociedad. La ciudadanía percibe, con rabia e impotencia, cómo su urgencia vital es un tema secundario en la agenda de sus representantes.
Canarias no necesita más discursos. Necesita, con urgencia desesperada, una clase política que deje de lado siglas, ambiciones y mezquindades para priorizar, con humildad y determinación, un gran acuerdo por la infancia y la sanidad. El momento exige responsabilidad, cooperación y, sobre todo, vergüenza. Una vergüenza que debería abrasar a quien, teniendo la capacidad de cambiar esta realidad, se limita a administrar la decadencia.
Las próximas generaciones, las que hoy crecen entre la pobreza y la desesperanza, no perdonarán ni olvidarán esta dejación histórica. La historia tampoco.









