Tras negar la existencia del «problema territorial», el presidente lo ha alimentado con millones y leyes de perdón, transformando la unidad de España en moneda de cambio para su supervivencia política
Lo que antaño negaba como una entelequia ahora lo alimenta con miles de millones y leyes a la carta, una muestra de que el único “problema territorial” real en España es el generado por la política de supervivencia personal de su presidente. Pedro Sánchez ha logrado la proeza política de inventar, reconocer y perpetuarse en el mismo conflicto que aseguraba no existir, convirtiendo la unidad de España en la moneda de cambio para su permanencia en La Moncloa.
La estrategia es simple: negar la realidad hasta que esta pueda ser utilizada. En octubre de 2019, siendo presidente en funciones, Sánchez sentenciaba con rotundidad: «En Cataluña la independencia no se va a dar nunca». Hoy, el líder que declaró el fracaso del independentismo gobierna gracias a él y ha impulsado una ley de amnistía que su propio vicepresidente tacha de “ilegal” y “ejercicio de corrupción”. La transformación es completa: del “nunca” al “todo es negociable” si con ello se compra la investidura.
La financiación del chantaje: un modelo para una comunidad
La última y más obscena muestra de esta política de rendición es el nuevo modelo de financiación autonómica. Nacido no de un acuerdo multilateral entre territorios, sino de negociaciones bilaterales secretas con Esquerra Republicana (ERC), el diseño ha sido recibido con un rechazo unánime y humillante: todas las comunidades autónomas, sin excepción, lo han desestimado. Solo Cataluña, la beneficiaria diseñada, lo apoya.
La reacción dentro de su propio partido es devastadora. Consejeros socialistas como el de Castilla-La Mancha han calificado la propuesta de “chantaje”, denunciando que se les obliga a aceptar un sistema injusto bajo la amenaza de perder millones. El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, ha llevado la crítica al extremo de pedir una consulta ciudadana sobre el reparto. Incluso el histórico expresidente Felipe González ha retirado su voto al PSOE por esta deriva.
La amnistía: el “broche” de una política de claudicación
Sánchez ha celebrado como un “éxito” y una “magnífica noticia” la validación por el Tribunal Constitucional de la ley de amnistía para los implicados en el procés. Este acto, que el líder del PP Alberto Núñez Feijóo ha definido sin ambages como una “transacción corrupta a cambio de poder”, es presentado por el Gobierno como el “broche” a una política de “reencuentro”.
La realidad es que esta norma, negociada para asegurar los votos independentistas en su investidura, no es un gesto de generosidad, sino el precio contante y sonante de la presidencia. Mientras se anuncia como un instrumento para la “convivencia”, socava los pilares de la igualdad ante la ley y premia la estrategia del desafío y la ilegalidad.
El coste real: división interna y deslegitimación del Estado
El daño colateral de esta política transaccional es profundo:
- Fractura en el PSOE: Las críticas ya no vienen solo de la oposición. Barones socialistas, expresidentes y exministros alzan la voz contra una dirección que, en palabras del exministro Jordi Sevilla, ha impuesto una “dictadura de las minorías” y propiciado el auge de la extrema derecha.
- Destrucción de la solidaridad interterritorial: El artículo 138 de la Constitución, que consagra el principio de solidaridad, ha sido vaciado por un modelo que prima a una comunidad en detrimento de las demás, generando un justificado resentimiento en el resto de España.
- Instrumentalización de las instituciones: Desde los tribunales hasta los modelos de financiación, todo parece subordinado a la lógica cortoplacista de la supervivencia política, erosionando la credibilidad del Estado como árbitro neutral.
El problema no es territorial es Sánchez
Pedro Sánchez ha demostrado que para él no existen principios inamovibles, sino oportunidades por explotar. El “problema territorial” que hoy gestiona con concesiones millonarias y perdones legislativos es en gran medida un monstruo de su propia creación, alimentado cada vez que ha necesitado un voto para seguir en el cargo.
La promesa de “paz” y “convivencia” que esgrime para justificar cada cesión es una ficción. La verdadera paz que busca es la de su legislatura, comprada a un precio que paga la cohesión de España y la dignidad de su propio partido. Mientras, los españoles asisten a la paradoja de un presidente que negaba el conflicto y ahora vive de él, en un ciclo perverso donde la solución de hoy es la semilla del mayor problema de mañana. La entelequia, al final, tenía un nombre y apellidos.









