Un cuento para reflexionar del poder al olvido

Dic 11, 2025

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 Un cuento para reflexionar del poder al olvido

El expresidente no tiene quien le escriba

El viento salado del Mediterráneo colaba sus silbidos por las rendijas de la caseta de madera y chapas, un chamizo enclavado en un descampado costero, a medio camino entre la última urbanización de lujo y el vertedero municipal. Dentro, sentado a una mesa coja, Felonetti —o lo que quedaba de él— contemplaba el mar embravecido desde su ventana sucia. Llevaba una camisa de algodón descolorida, la misma que había lucido en su última comparecencia, años atrás, cuando aún creía que el tiempo, o la historia, le absolvería.

A su espalda, su mujer Bego Fanracer removía una olla con algo que olía a repollo y pescado de descarte. La exconseguidora, cuya habilidad para tejer influencias había sido legendaria en los pasillos de La Monclova , ahora tejía jerséis con lana reciclada que vendían, mal que bien, en un mercadillo de pueblo. Su mirada, antes dulce y pública, era ahora una losa gris.

—¿Algo en el buzón? —preguntó él, sin volverse.

—Nada. El cartero pasó de largo otra vez —respondió ella, con un hilo de voz.

“El expresidente no tiene quien le escriba”. La frase, cruel y exacta, le rondaba como un moscardón. No eran cartas lo que esperaba, sino algún signo, cualquier señal de que su obra, sus pactos, su “gran coalición de progreso” con todo aquel que sujetara un arma dialéctica o una bandera independentista, había valido la pena. Había jugado al ajedrez con el diablo, creyendo que él dirigía la partida. Y, al final, el diablo se había comido las piezas, el tablero y hasta la mesa.

Recordaba las largas noches en La Monclova, los guiños a quienes él llamaba “actores políticos complejos” y sus aliados “filoetarras”. Los acuerdos en casas discretas del norte, las promesas veladas, la ingeniería constitucional al borde del precipicio. Lo hizo por Iberia, se repetía. Por evitar un conflicto. Por ser el gran traductor, el gran pacificador. La prensa afín lo llamó “el estratega”. La otra, “el psicópata mentiroso”. Un título que, en su soledad, empezaba a parecerle un diagnóstico certero.

Porque mentir no era solo decir lo contrario a la verdad; era crear realidades alternativas tan seductoras que hasta él mismo a veces se perdía en ellas. Y la psicopatía… ¿no era acaso la capacidad de desconectar el corazón de los actos? Él lo había hecho. Todo por el bien superior. Todo por la foto final, la de la historia.

Pero la historia había escrito otro final. Sus aliados lo abandonaron cuando el poder se agrietó. Los independentistas no lograron sus fines y lo señalaron como el chivo expiatorio de todos los males. La justicia, lenta pero implacable, fue cerrando puertas a sus hombres de confianza. No hubo condena firme para él, solo un desgaste moral tan profundo que la sociedad lo escupió. Perdió el poder, el sueldo, la inmunidad. Y, al final, hasta el alquiler de un piso modesto.

Ahora, en el chamizo, su único vínculo con el pasado era una radio de transistores que a veces captaba emisoras de debate. Oía su nombre, usado como insulto, como ejemplo de lo que no se debe ser. Y callaba. Su mujer también callaba. El silencio entre ellos era un muro más grueso que el de la caseta.

Una tarde, un turista despistado se acercó a pedir una dirección. Al verle la cara, entre curioso y horrorizado, farfulló: “Usted se parece a…”. Felonetti sonrió, la sonrisa vacía y profesional de antaño. “Un parecido común”, dijo. El turista se fue rápido, como si hubiera visto un fantasma. Y quizá lo era. Un fantasma de sí mismo.

Esa noche, el mar rugía con fuerza. Bego Fanracer dormía en el jergón vecino, exhausta. Él se acercó a una caja de cartón mohosa, la única que habían salvado de la mudanza forzosa. Sacó un fajo de papeles: borradores de discursos, fotos con líderes que ahora lo negaban, un proyecto de Iberia que solo existió en su cabeza. Los tomó y salió al aire frío.

En la playa desierta, con la luna llena iluminando su figura demacrada, uno a uno, fue arrojando los papeles al agua. Las olas los engulleron con avidez, como si ese fuera su destino natural: la disolución, el olvido. No había quien escribiera por él. No había quien recordara su versión. Solo quedaba el rumor del mar, indiferente, eterno, limpiando la orilla de todo rastro.

Regresó a la caseta. La puerta cerró con un golpe seco. Dentro, el olor a repollo hervido lo envolvía todo. Mañana sería otro día igual. Y al otro, otro. Hasta que el viento salado terminara de borrar, no solo su nombre, sino la última y tenue idea de que había sido alguien.

En este cuento me he inspirado en el libro que leí cuando era joven de García Márquez “El Coronel no tiene quien le escriba” donde el autor hace una poderosa exploración literaria de la caída, el olvido y la desilusión política. Captura con una prosa evocadora y desgarradora la soledad postrera de un líder caído en desgracia, utilizando el escenario costero y desolado como un espejo perfecto de su estado interior.

El cuento se construye sobre varios pilares:

1. El Intertexto y el Título: La referencia al famoso relato de García Márquez, «El coronel no tiene quien le escriba», no es casual. Traslada la espera desesperanzada y la dignidad corroída del coronel a la esfera política. Mientras el coronel aguarda una pensión que nunca llega, Felonetti aguarda una vindicación histórica, un signo de que su complejo y controversial legado tuvo sentido. Ambas esperas son en vano, y esa es la esencia de la tragedia.

2. El Espacio como Personaje: La caseta de maderas y chapas, atrapada entre la urbanización de lujo y el vertedero, es una metáfora física de su situación: el antiguo poder ahora reducido a la miseria, en un limbo geográfico y social. El viento salado, el mar embravecido y la playa desierta son elementos de una naturaleza indiferente y poderosa que contrasta con la fragilidad humana y la fugacidad del poder político.

3. La Descomposición del Personaje (Felonetti): El relato disecciona su psicología con precisión clínica. Su autoengaño («Lo hizo por Iberia»), la racionalización de sus pactos («el gran traductor»), y la lenta aceptación de los epítetos que le lanzaban («el psicópata mentiroso») como un diagnóstico veraz, muestran un viaje desde la arrogancia del poder hasta la introspección desolada. La escena final, donde arroja los papeles (su legado, sus pruebas) al mar, es un acto de rendición simbólica. Él mismo se encarga de que la marea del olvido termine el trabajo.

4. La Otredad Silenciosa (Bego Fanracer): Ella representa otro tipo de caída, más práctica y tangible. De «tejer influencias» a tejer jerséis con lana reciclada. Su mirada, antes «dulce y pública», es ahora «una losa gris». Su silencio y el de él construyen «un muro más grueso que el de la caseta». La derrota es compartida, pero no discutida; es un peso que los aplasta en paralelo, sin consuelo.

5. La Crítica Política Alegórica: Aunque con ecos reconocibles de la realidad política ibérica, la fuerza del texto trasciende lo concreto. Habla del precio moral del pragmatismo extremo, de la soledad final del estratega que creyó poder manejar fuerzas que al final lo devoraron, y de la volubilidad de los aliados y la historia. La «gran coalición de progreso» se revela como un castillo de naipes, y el «gran pacificador» termina como el chivo expiatorio de todos.

Conclusión:

Con este cuento no busco generar lástima, sino una comprensión casi anatómica de la desintegración. El mar, al final, es el único receptor de su legado y el único agente de limpieza. No hay redención, ni carta, ni reconocimiento. Solo el «rumor del mar, indiferente, eterno», frente al cual toda ambición, toda maquinación y todo arrepentimiento humano resultan insignificantes y están condenados a borrarse. He querido hacer un retrato desolador del invierno político y personal de un hombre que, en su día, creyó ser dueño de la primavera.

 

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