El Crimen del Expreso de Andalucía

Nov 16, 2025

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La Sangrienta Chapuza que Conmocionó a España

Madrid, 1924. La España de Primo de Rivera se despertaba con una noticia estremecedora que ocuparía portadas durante semanas: un doble asesinato a sangre fría en el lujoso tren correo de Andalucía. No era un robo de bandidos legendarios, sino una historia de deudas, drogas y una incompetencia criminal que terminó en tragedia.

Los Protagonistas de una Tragedia Anunciada

En el centro de esta turbia conspiración se encontraba un grupo de hombres unidos por la desesperación y la ambición. Honorio Sánchez Molina, dueño de una fonda en Madrid y ahogado en deudas, fue el cerebro instigador. A su lado, su amante, José Donday, «El Pildorita», un cubano conocido por su afición a las drogas, a quien se le encomendó una misión crucial: conseguir narcóticos para dormir a los empleados y planificar la huida.

Los brazos ejecutores serían José Sánchez Navarrete, Antonio Teruel López y Francisco de Dios Piqueras, «Paco el Fonda». Un elenco de personajes sacado de una novela de crimen, destinado al fracaso desde el principio.

El Plan Perfecto que Nació Viciado

La idea era aparentemente sencilla: subir al tren, ofrecer a los dos oficiales de correos, Santos Lozano León y Ángel Ors Pérez, una botella de vino adulterada con un somnífero, y huir con el botín de más de un millón de pesetas mientras sus víctimas dormían plácidamente.

Pero el plan comenzó a desmoronarse incluso antes de empezar. «El Pildorita», encargado de la logística, gastó el dinero del narcótico en apuestas y solo pudo proporcionar al grupo una simple botella de coñac (o vino, según las fuentes), sin la droga prometida. Para colmo, el instigador, Sánchez Molina, se echó atrás en el último momento, excusándose con problemas laborales.

La Noche del Horror Sobre Rieles

La noche del atraco, Navarrete, Teruel y Piqueras subieron al Expreso en Aranjuez. Cuando el tren se alejaba de Castillejo, Navarrete ofreció la botella de coñac a los confiados empleados. La tensión debió ser palpable cuando los minutos pasaban y los oficiales, lejos de dormirse, seguían conscientes.

Al ver que su único plan fracasaba, la cobardía se transformó en una brutalidad incontenible. Teruel y Piqueras se abalanzaron sobre Lozano y Ors, golpeándolos con saña. Santos Lozano fue el primero en caer. Ángel Ors, luchando por su vida, se defendió con tal desesperación que Antonio Teruel, sin contemplaciones, le disparó a bocajarro en el pecho y el rostro. El correo del Expreso de Andalucía se había convertido en una carnicería rodante.

Con el botín en mano, los tres asesinos saltaron del tren en marcha antes de llegar a Alcázar de San Juan, donde «El Pildorita» les esperaba para huir. Su escape fue tan chapucero como el robo: tomaron un taxi de vuelta a Madrid, un lujo que resultaría su perdición.

La Investigación: Rastros de Sangre y un Taxista Clave

Al amanecer, cuando el Expreso llegó a la estación de Córdoba, el horror se descubrió. Los cuerpos de Lozano y Ors, atados con cuerdas yacían en un charco de sangre que lo inundaba todo.

La investigación fue rápida. El testimonio del taxista, Miguel Pedreró, fue crucial. Recordó perfectamente a sus nerviosos pasajeros y la ruta que habían tomado. Las pistas llevaron a la detención casi inmediata de Navarrete y Piqueras. Teruel, acorralado por la Guardia Civil, optó por la fuga definitiva: se pegó un tiro en la sien.

Sánchez Molina, que creía haber salido limpio por no estar en el tren, fue detenido en una finca familiar en Ciudad Real. «El Pildorita», que había logrado escapar a París, fue extraditado gracias a la intervención de la Embajada española.

El Juicio Exprés y el Garrote Vil

El proceso judicial fue rápido y contundente. El 7 de mayo de 1924, el juez sentenció: pena de muerte para Sánchez Molina (como instigador), Piqueras y Sánchez Navarrete. Se consideró que, aunque no empuñó el arma, Honorio Sánchez Molina había puesto en movimiento la maquinaria del crimen.

José Donday, «El Pildorita», salió notablemente bien parado con una condena de veinte años de reclusión.

Tan solo dos días después, el 9 de mayo de 1924, los tres condenados fueron ejecutados mediante garrote vil en la Prisión de Madrid. La justicia de la época se había cumplido de forma expeditiva, cerrando uno de los capítulos más sórdidos y sangrientos de la crónica negra española del siglo XX. Una historia donde la avaricia, la incompetencia y la violencia se encontraron en un vagón de correos, con un final trágico para todos.

 

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