Un Día en la Cadena de lo Correcto
(Nota del autor: El siguiente texto es un ejercicio de ficción crítica y satírica. Su propósito es explorar literariamente ciertas percepciones sobre la programación de TVE, no afirmar hechos verificados. Los nombres, situaciones y diálogos son productos de la imaginación.
7:30 AM – Estudio 3, «Los Mañaneros»
La luz roja se enciende. Sonrisa perfecta número uno. «¡Buenos días, España!» Jorge, el presentador, despliega una calidez recién horneada. Su primer invitado es un analista político que hoy, casualmente, lleva una corbata del mismo color bermellón que el logotipo de cierto partido. No es coincidencia; es paleta cromática aprobada.
El tema del día no es el informe de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal que alerta sobre el desvío presupuestario en cinco comunidades. Tampoco es la filtración de los correos de la consejera de Transportes. El tema es un chiste. Un chiste negro, contado anoche por un cómico de segundo nivel en un club de mala muerte. El chiste era malo, de mal gusto, indefendible. Perfecto.
Durante cuarenta y cinco minutos, se disecciona el chiste como si fuera el *Manuscrito Voynich. Se entrevista a una socióloga que lo vincula con la ultraderecha europea. Se conecta con un «experto en comunicación democrática» que advierte sobre la normalización del discurso del odio. Se muestran tres tuits de indignación de actrices y cantantes. El análisis es profundo, circular y completamente estéril. Mientras, en la pantalla secundaria, un ticker discreto pasa una noticia de la última sentencia por el caso de los ERES. Va tan rápido que es ilegible.
10:00 AM – «El Show de Inchaurrondo»
María Inchaurrondo recibe al portavoz adjunto del Grupo Socialista. La decoración del plató es cálida, de tonos tierra, como una conversación entre amigos frente a una chimenea. No hay confrontación. Hay «profundización».
«Antonio, háblame de los valores de cohesión social en un momento tan complejo», pregunta María, inclinándose ligeramente, en un gesto de confidencialidad televisada.
Antonio respira. Es su décima entrevista esta semana con el mismo guion. Explica, con palabras pulidas por el Comité de Comunicación, cómo el Gobierno «atiende a las personas» frente a «los que siembran crispación». Se menciona la «política de vivienda valiente» sin citar los datos de ocupaciones en Cataluña y Andalucía. Se habla de «avances en derechos» sin mencionar el amparo a la familia de un terrorista. Se alude a «transparencia ejemplar» mientras se pasa de puntillas sobre la imputación de tres exconsejeros. Cada punto potencialmente espinoso es envuelto en un celofán retórico de «progresía», «derechos humanos» y «memoria democrática».
Un tuit de un usuario anónimo aparece en pantalla: «¿Y la comisión de 2.3 millones en el contrato de las mascarillas?» María lo lee con una sonrisa compasiva. «Ya veo que los bots de la derecha más radical están activos hoy. Sigamos hablando de lo importante: ¿Cómo protege su ley a las familias vulnerables, Antonio?» El portavoz sonríe. Otro balón fuera.
2:00 PM – Telediario Matinal
La presentadora, con un vestido azul eléctrico (color de «confianza», según el manual de estilo interno), lee la entradilla: «El Gobierno aprueba una histórica subida del salario mínimo, blindando la justicia social». La noticia dura un minuto y cuarenta segundos. Se incluye un testimonio pre-grabado de una camarera de Sevilla que dice «sentirse más tranquila».
La siguiente noticia: «La oposición bloquea en el Senado la ley de vivienda, priorizando los intereses de los fondos buitre». Duración: dos minutos y quince segundos. Incluye gráficos animados con casitas siendo devoradas por tiburones con corbata, y la declaración airada de una activista desahuciada.
No hay mención a la carta de 500 economistas que critican el impacto inflacionario del SMI. No hay tiempo para el informe del Banco de España sobre el riesgo de destrucción de empleo en pymes. La realidad se edita con precisión quirúrgica. Lo que queda es un relato binario: el bien (las medidas del Gobierno) versus el obstruccionismo (todo lo demás).
6:00 PM – «Fortes y tú»
Carlos Fortes recibe a un escritor de moda que acaba de publicar un panfleto contra el «fascismo cotidiano». El escritor, visiblemente cómodo, suelta consignas como quien tira confeti. «La derecha es el virus, la izquierda la vacuna», dice. Risas en el plató. Aplausos.
Un contertulio «disidente», un profesor universitario liberal invitado para dar la «apariencia de pluralidad», intenta introducir un matiz: «Pero los datos de pobreza energética…» No le dejan terminar.
«¡Eso es neoliberalismo puro y duro!», le interrumpe el escritor, señalándole con el dedo. El público abuchea al profesor. Fortes hace un gesto de «lo siento, esto es la democracia de la audiencia». El mensaje queda claro: disentir del relato oficial no es debatir; es blasfemar. Y aquí no hay lugar para herejes, sólo para fieles.
9:30 PM – Telediario Nocturno. La Síntesis Final
Es la hora del repaso. El presentador resume el día: «Una jornada donde la ultraderecha ha intentado, una vez más, intoxicar el debate público con fake news, mientras el Gobierno trabajaba por la gente». Se muestran imágenes del chiste del cómico, de los tuits «odiadores», de la portada de un diario crítico tachada con un sello rojo que dice «DESINFORMACIÓN».
Los temas del día están ya tallados en el mármol de la opinión pública fabricada: el chiste deplorable, la valentía del Gobierno frente a los «tóxicos». Lo demás —el expediente de la Unión Europea por el déficit, la crisis en los CEAS, la fuga de empresas, la cola en los CIE, el informe PISA que se hunde, la factura de la luz— se ha evaporado. No son noticia. Son ruido de fondo, ahogado por el estruendo de la corrección política amplificada.
Epílogo: Los Soldados Digitales
Mientras los estudios se apagan, en el universo paralelo de las pantallas de móvil, el trabajo continúa. Miles de usuarios, los «progres» de la denuncia original, despliegan el argumentario. No cobran. Su moneda es la validación social, el «like» del camarada virtual, la sensación de pertenecer al bando de los buenos. Comparten los clips de Inchaurrondo, citan a Fortes, despliegan los hashtags oficiales (#JusticiaSocial, #FrenteAlOdio). Atacan a cualquiera que mencione «corrupción» o «inmigración irregular» como un agente de la derecha reaccionaria. Son el ejército de voluntarios de una guerra cultural donde la verdad es la primera baja, y el pensamiento único, el botín.
La cortina de humo, densa y perfumada de buenas intenciones, cubre el cielo. Y bajo ella, los problemas reales de un país —la economía, la justicia, la convivencia— esperan, en penumbra, a que alguien apague el televisor y empiece a pensar.
*Manuscrito Voynich es un enigmático códice ilustrado del siglo XV escrito en un alfabeto desconocido y un idioma incomprensible, famoso por sus dibujos de plantas irreales, símbolos astronómicos y mujeres en balnearios. A pesar de ser un objeto de estudio para criptógrafos y lingüistas durante siglos, su contenido y propósito siguen siendo un misterio sin resolver, con teorías que van desde un complejo cifrado hasta un elaborado fraude medieval. El original se conserva en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale.









