En menos de 24 horas, tras conseguir la gestión del desempleo para Euskadi, Imanol Pradales aprovecha el momento para solicitar los aeropuertos vascos, una demanda que el presidente de Aena ya ha tachado de insensata e inviable legalmente
En la alta política nacional se ha instalado una dinámica que recuerda a un videojuego adictivo y sin fin. El Gobierno de Pedro Sánchez, ávido por completar la pantalla y pasar al siguiente nivel de la legislatura, se encuentra atrapado en un ciclo en el que cada éxito negociador activa automáticamente una nueva fase, con enemigos más grandes y exigencias desorbitadas. La última pantalla se llama País Vasco, y el boss final son los aeropuertos de Bilbao, Vitoria y Fuenterrabia.
Este jueves, en una jugada que mezcla el oportunismo con la previsibilidad, el lehendakari Imanol Pradales anunció una “nueva fase” en las negociaciones con el Gobierno central. El anuncio llegó inmediatamente después de que ambos gobiernos cerraran el traspaso de cinco nuevas competencias, incluida la joya de la corona: la gestión de las prestaciones por desempleo, con un presupuesto anual de unos 822 millones de euros. La recompensa por superar este nivel no fue un momento de paz, sino un brusco cambio de escenario. Con la fría lógica de un jugador que sabe que tiene ventaja, Pradales advirtió: “Mientras hay partido, hay que jugarlo”.
La nueva misión es de alto voltaje: lograr el “cumplimiento íntegro” del Estatuto de Gernika, lo que se traduce, entre otras cosas, en la copropiedad o gestión de los aeropuertos vascos. No es una simple petición, sino un ultimátum camuflado. El PNV prepara ya un “informe de evaluación” sobre los “cumplimientos e incumplimientos” de Sánchez, una especie de boletín de notas bilateral que servirá de base para una “reválida” que acredite “la voluntad política real” del Gobierno. Traducción: el precio de la estabilidad diaria acaba de subir.
La hora de la verdad: el muro técnico y legal
La estrategia del PNV, sin embargo, no es un cheat code mágico. Se topa con un muro de código indescifrable: la realidad técnica, legal y económica. Justo un día antes de las bravuconadas de Pradales, el presidente de Aena, Maurici Lucena, soltó una verdad como un templo en el Foro Nueva Economía. Sus argumentos fueron tres martillazos sobre la mesa:
- La Constitución es clara: la competencia sobre aeropuertos de interés general es exclusiva del Estado.
- Aena no es un cortijo: es una sociedad anónima con un 49% de capital privado. Cualquier intento de desmembrar sus activos sería “nulo de pleno derecho” y desataría la ira de los accionistas.
- La red única es irrenunciable: es el modelo que garantiza la cohesión territorial y la eficiencia, y que ha reportado a la compañía más de 2.000 millones de beneficio en 2025.
Ante esta barrera infranqueable, la réplica de Pradales fue de un cinismo admirable: “Aena es una sociedad controlada por el Gobierno, a ver quién ha nombrado al actual presidente”. En el mundo paralelo de la negociación política, los balances económicos, los marcos legales y los derechos de propiedad son meros obstáculos que deben ceder ante la voluntad del partido. Lucena, por su parte, ha calificado recientemente de “penoso” el modelo de aeropuertos gestionados de forma aislada, como el de Castellón, que “sigue costando 20 millones de euros al año” a los contribuyentes. Un modelo que, al parecer, algunos anhelan replicar.
El manual del perfecto rehén político: ceder, prometer y volver a ceder
El déjà vu es total. La escena vasca es un copy-paste perfeccionado de la obra maestra catalana. El Gobierno se sostiene gracias a una geometría variable de apoyos independentistas y nacionalistas, que se han convertido en los arquitectos de facto de la agenda legislativa. Carles Puigdemont ya lo advirtió tras la investidura: a diferencia de antes, Sánchez “se la tendrá que ganar acuerdo a acuerdo, día a día”. Y así es: cada voto es una transacción, cada ley un rescate.
La estrategia es tan efectiva que se ha convertido en norma. Se concede una transferencia y, en el acto de firma, se presenta la factura por la siguiente. El coste de esta “estabilidad minuto a minuto” se mide en concesiones que fracturan la equidad territorial y el sentido común. Mientras, el propio partido que las negocia, el PSOE, muestra síntomas de una “descomposición” interna profunda, agravada por escándalos y una pérdida de credibilidad ética.
El ciclo interminable: transferencias recientes y la siguiente factura
| Competencia Transferida (Enero 2026) | Coste / Alcance | Nueva Exigencia Inmediata | Realidad que la desmonta |
| Prestaciones por desempleo | 822 M€/año, 30 oficinas. | Gestión de aeropuertos (Bilbao, Vitoria, Fuenterrabia). | Inviable: Constitución, accionariado privado de Aena (49%), modelo de red. |
| Prestaciones no contributivas | – | Gestión de puertos vascos. | Fractura territorial y debate interno en la coalición.. |
| Salvamento Marítimo | Asume gestión en otoño 2026. | Régimen económico de la Seguridad Social. | Complejidad técnica extrema y riesgo para la caja única. |
| Seguro Escolar | – | Otras 10 competencias estatutarias pendientes. | La lista de la compra política es infinita. |
| Centro Verificación Maquinaria | Centro de Barakaldo. | – | Próxima fase desbloqueada: negociación permanente. |
Consecuencias: el festín de la extrema derecha y el despertar zombi del PSOE
Esta política del “sí, pero…” tiene dos beneficiarios claros: los socios parlamentarios, que ven cómo su agenda avanza sin necesidad de ganar elecciones generales, y la extrema derecha de Vox, que se frota las manos ante el espectáculo.
Las encuestas son demoledoras. El bloque de derecha (PP y Vox) saca ya 13 puntos de ventaja al de izquierda, en gran parte por el “sprint” de los de Abascal, que rozan el 18% de intención de voto. Vox se ha convertido en la primera fuerza entre los jóvenes de 18 a 24 años y su voto se triplica en un año entre los trabajadores de fábrica. Ellos son los únicos que ganan con este circo de la inestabilidad permanente, donde cada concesión a una minoría se convierte en un spot electoral para la reacción nacional.
Mientras, el PSOE, atrapado en la telaraña de sus propios pactos, se desangra. No solo pierde votos a izquierda y derecha, sino que su electorado se desmoviliza. La estrategia de Sánchez para reactivarlo ha sido refugiarse en la política exterior, enfrentándose a Trump y buscando un relato épico que tape los agujeros de la política doméstica. Es un espectáculo tragicómico: un presidente que proyecta firmeza en el escenario global mientras en casa negocia cada semana la supervivencia de su Gobierno con quien le pone la pistola en el pecho.
El resultado es un país ingobernable en lo cotidiano y grandilocuente en lo simbólico. Un país donde se anuncia la transformación de Barajas en un hub de primera liga mundial mientras se discute si trocear la red de aeropuertos que lo hace posible. Un país que, en palabras de un editorial crítico, asiste a la “quiebra orgánica y moral” de uno de sus partidos históricos.
La pregunta que flota en el aire, entre el humo de las negociaciones y el ruido de los discursos internacionales, es sencilla: ¿Cuántos niveles más podrá superar Sánchez antes de que el juego, literalmente, le dé un game over en las urnas? Porque en este videojuego político, no hay vidas infinitas, y los continues los pone un electorado cada vez más hastiado de ver cómo la partida de la gobernabilidad se juega siempre con el mismo joystick: el de la amenaza permanente.









