El presidente exige a Trump el fin de las hostilidades mientras Irán sigue lapidando mujeres y ahorcando homosexuales: la nueva cruzada del pacifismo hipócrita que nos hunde en el aislamiento internacional mientras él se frota las manos con la foto
Hay cobardes que se disfrazan de héroes, y hay cínicos que se visten de pacifistas. Pedro Sánchez ha logrado ser ambas cosas a la vez: el líder que cruza los brazos ante el verdugo mientras ignora el cadáver que aún se retuerce en el suelo. Su «no a la guerra» no es un grito por la paz, es un salvoconducto para que la tiranía siga asesinando. Y mientras él pontifica desde La Moncloa, el pueblo iraní —ese al que dice defender— sigue siendo masacrado por un régimen que ni siquiera se molesta en esconder las grúas en las plazas públicas. Este es el espectáculo de la superioridad moral de un presidente que ha convertido la política exterior en un ejercicio de postureo, y a España en el hazmerreír de la comunidad internacional.
Hay una escena que define perfectamente la política exterior de Pedro Sánchez: la de aquel que ve cómo su vecino está siendo violado, pero se planta delante del violador con un cartel de «prohibido violar» mientras ignora por completo al violado. Porque, oiga, lo importante es la postura. Lo importante es el titular. Lo importante es quedar bien en el brunch con los progres de Chamberí, no la realidad de un pueblo que lleva décadas siendo sometido por la tiranía más sanguinaria de Oriente Próximo.
El presidente del Gobierno ha compareció hoy para, una vez más, darnos una lección de ética internacional. Con el ceño fruncido y esa pose de hombre de estado que tanto ensaya delante del espejo, Sánchez soltó su perla: «No a la guerra». Y acto seguido, por si no había quedado claro, añadió: «No a la quiebra del derecho internacional. No a asumir que el mundo solo puede resolver sus problemas con bombas» .
Bravo. Ole. Ahora solo falta que nos explique qué parte del derecho internacional ampara que un régimen teocrático que lleva décadas violando todos los derechos humanos imaginables mientras nosotros, los paladines de la justicia, nos dedicamos a exigirle a Estados Unidos que se comporte.
Porque aquí el único que parece tener derecho a bombardear, según la lógica sanchista, es el régimen de los ayatolás. Ellos pueden seguir lanzando misiles contra Israel, pueden seguir financiando a terroristas en toda la región, pueden seguir asesinando a sus propios ciudadanos, pero ¡ojo! que venga Estados Unidos a responder y ya tenemos aquí al defensor del pueblo iraní montado en su caballo blanco.
El régimen que «repudiamos» pero al que nunca exigimos nada
Sánchez, en un ejercicio de contorsionismo dialéctico digno de circo, afirmó que «la pregunta no es si estamos o no a favor de los ayatolás, nadie lo está» . ¿Ah, que no? ¿Seguro, presidente? Porque si nadie está a favor de los ayatolás, ¿alguien le ha oído exigir a Teherán que deje de ejecutar homosexuales? ¿Alguien le ha escuchado condenar con la misma vehemencia que utiliza contra Trump las lapidaciones públicas? ¿Alguien le ha visto pedir el cese de la represión contra las mujeres que se niegan a llevar velo?
No. Porque eso no vende. Eso no da titulares en El País. Eso no le granjea el aplauso de Podemos ni de sus socios de Bildu. Eso, sencillamente, no interesa.
Irán, mientras Sánchez pontifica, sigue siendo uno de los países que más ejecuciones realiza al año. Solo en 2024, ejecutaron a más de 800 personas. Gente real, con nombres y apellidos, que probablemente esperaban que alguien en Occidente alzara la voz. Pero no, resulta que los únicos que merecen la ira de nuestro presidente son los «malos de las Azores», ese mantra que repite como un loro desde que aprendió la lección de la guerra de Irak.
Es reconfortante saber que, para Sánchez, la invasión de Irak de 2003 sigue siendo el trauma fundacional de su política exterior. Lo malo es que mientras él sigue anclado en el pasado, el presente se desangra. Y el presente es que Irán está masacrando a su pueblo. El presente es que las mujeres iraníes siguen siendo apaleadas por no cubrirse el cabello. El presente es que los jóvenes son ahorcados en grúas por su orientación sexual.
Pero todo eso es secundario. Lo importante es que Trump no use las bases de Rota y Morón. Lo importante es plantar cara al imperio. Lo importante es sentirse superior moralmente mientras el mundo se quema.
El día que Sánchez descubrió que no ser cómplice significa abandonar a las víctimas
«El Gobierno de España no será cómplice», sentenció Sánchez, refiriéndose a que no apoyará la intervención militar de EE.UU. e Israel . Pero claro, eso de no ser cómplice tiene muchas lecturas. Porque no ser cómplice del ataque estadounidense está muy bien, pero ¿qué hay de ser cómplice por omisión del régimen iraní? ¿Eso cuenta?
Porque mire usted, presidente, cuando usted calla ante las atrocidades de los ayatolás, cuando se limita a decir que «los repudia» pero no mueve un dedo, cuando no propone sanciones, cuando no exige nada a Teherán, ¿sabe qué está haciendo? Está siendo cómplice. Cómplice por inacción. Cómplice por omisión. Cómplice por esa superioridad moral hipócrita que le permite juzgar a unos mientras absuelve a otros.
Y encima nos suelta eso de que «no podemos jugar a la ruleta rusa con el destino de millones de personas». Claro, no podemos jugar. Pero mientras tanto, millones de iraníes juegan cada día a la ruleta de si serán detenidos, torturados o ejecutados por un régimen que usted, señor Sánchez, trata con guante de seda.
Trump nos amenaza y Sánchez responde con un corta y pega de la era Zapatero
La respuesta a la amenaza de Trump de cortar relaciones comerciales con España fue, cómo no, otro alarde de dignidad patria: «Tenemos los recursos necesarios, tenemos capacidad y voluntad política» . ¡Ah, qué tranquilidad! Porque con la inflación desbocada, la energía por las nubes y medio país sin poder llegar a fin de mes, saber que tenemos «voluntad política» para enfrentarnos a la primera potencia mundial es justo lo que necesitábamos.
Mientras tanto, Feijóo, al que es difícil defender, esta vez acertó: «Hoy España no es un socio fiable» . Y duele decirlo, pero es cierto. No lo somos. Nos hemos convertido en ese país que, por postureo ideológico, prefiere mirar para otro lado mientras sus aliados le piden colaboración. Nos hemos convertido en el mal alumno de la OTAN, ese que no paga lo que debe pero encima se permite dar lecciones.
Y todo para quedar bien con quién. Con Irán. Con ese paraíso de los derechos humanos que, por cierto, también ejecuta a menores. Pero bueno, detalles.
El pacifismo miope que nos hunde
Lo peor de todo es la absoluta desconexión de la realidad. Sánchez habla de paz como si la paz fuera simplemente no bombardear. Como si el statu quo anterior al conflicto fuera un edén de concordia. No, señor Sánchez. Antes de los bombardeos, Irán ya mataba. Antes de los bombardeos, Irán ya oprimía. Antes de los bombardeos, Irán ya era un problema para la estabilidad mundial.
Pero usted, en su infinita sabiduría, ha decidido que el problema es Estados Unidos. Que el problema es Israel. Que el problema son los que responden a la agresión. Y mientras tanto, las víctimas reales, esas que usted dice defender, se pudren en las cárceles de Teherán o cuelgan de grúas en medio de una plaza pública.
Eso sí, luego saldrá a la puerta de Moncloa con una vela, hará un minuto de silencio y se sentirá un hombre de paz. Y los suyos le aplaudirán. Y los medios afines le pondrán una alfombra roja. Y todo seguirá igual.
Porque al final, lo de Sánchez no es pacifismo. Es postureo. Es utilizar la paz como coartada para no mojarse, para no tener que elegir bando, para poder seguir siendo amigos de todos mientras el mundo se desangra. Es la política del avestruz, pero con ínfulas de estadista.
Y mientras tanto, Irán, ese régimen al que «nadie apoya», sigue matando. Y nosotros, los paladines de la legalidad internacional, seguimos mirando hacia otro lado. Eso sí, con la conciencia muy tranquila y la foto muy bien preparada.
Algún día, cuando la historia juzgue esta época, alguien tendrá que explicar cómo fue posible que mientras un régimen asesinaba a su pueblo, los progres de medio mundo se dedicaran a exigirle a quien lo bombardeaba que parara. Y entonces, quizás, entenderemos que el peor enemigo de las víctimas no es siempre el que aprieta el gatillo, sino también el que, pudiendo ayudar, prefiere quedarse en casa con un cartel de «no a la guerra».
Eso, presidente, no es pacifismo. Es cobardía con ínfulas. Y la historia, tarde o temprano, se lo recordará.









