Radiografía del votante socialista: el iluminado que se cree moral mientras besa el culo del corrupto

Mar 17, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 Radiografía del votante socialista: el iluminado que se cree moral mientras besa el culo del corrupto

Donde se explica cómo un pueblo entero decidió cambiar dignidad por subvención y llamó libertad a su propia domesticación

Ahí está. Inmutable. Impertérrito. Como esa mancha de humedad que resiste todos los lejías, el votante socialista sigue ahí, pegando su voto a la papeleta con la misma devoción con la que un borracho se agarra a la farola. Las elecciones autonómicas han hablado: el PSOE no solo no se hunde, sino que mejora. Y mientras el resto del país se agarra la cabeza preguntándose cómo es posible, uno comprende que no hay misterio que valga: vivimos en una nación moralmente en coma y el votante socialista es el enfermero que desconecta los aparatos mientras sonríe.

Porque seamos claros. Este espécimen no vota al PSOE a pesar de la corrupción. La vota por la corrupción. La necesita. La abraza. ¿Cómo explicar si no esa fidelidad inquebrantable hacia un partido que ha hecho del saqueo su seña de identidad? Los ERE, los cursos de formación, los comisionistas, los prófugos, los indultos a medida, los pactos con herederos de ETA… Todo eso no son accidentes de gestión para el votante socialista. Son la prueba irrefutable de que su partido es eficaz, de que sabe mover los hilos, de que tiene amigos en todas partes. Para él, la corrupción no es un problema moral, es un signo de inteligencia práctica. El que roba pero hace cosas, ¿no? El que cubre a los suyos, ¿no? Eso es lealtad, coño. Eso es familia.

Y así construimos un país donde la ética se mide por el carnet, donde un tipo que ha vivido siempre de subvenciones te suelta que los ricos no pagan impuestos mientras él cobra en B las clases de guitarra que da en el centro cívico municipal. Donde un funcionario con dos horas de trabajo efectivo al día te habla de la precariedad laboral. Donde una feminista de salón aplaude que un violador múltiple salga de la cárcel por la ley del «solo sí es sí» porque, total, lo importante es que «se avanza». ¿Hacia dónde? Exacto: hacia el abismo. Pero eso da igual porque ellos sienten que están del lado correcto. Y el sentimiento, amigos, es lo único que cuenta en este reino de tarugos sentimentales.

La cuestión es que el votante socialista ha hecho del victimismo su coraza. Vive permanentemente acosado por «la derecha fascista», por «los poderes fácticos», por «la caverna mediática». Cualquier crítica a su partido es automáticamente un ataque a la democracia, a la libertad, a su madre. Y él se erige, en su diminuta existencia, en el último baluarte contra la barbarie. Hay que ver la grandeza que alcanza un mindundi cuando se cree salvador de la patria. Con la misma pasión con la que otros defienden al Real Madrid, él defiende a Sánchez, a Marlaska, a Ábalos, a Delcy, al hermano de la ministra, al asesor que se forró con mascarillas. Todos son suyos. Todos son buenos. Todos son víctimas de una cacería.

Y luego está lo del clientelismo, claro. Ese ejército de zombies que cobra del erario y que sabe perfectamente dónde se cuecen las lentejas. Casi la mitad de este país vive del cuento público: funcionarios que no funcionan, asesores que no asesoran, cargos de confianza que confían en que nadie les pida cuentas, pensionistas que cobran lo que otros cotizaron y que agradecen cada subida con un voto sumiso. Son los siervos de la gleba moderna, atados a la nómina del Estado, incapaces de morder la mano que les da de comer aunque esa mano les esté robando la cartera con la otra. ¿Libertad? Bah, eso es para ricos. Ellos prefieren la seguridad de saber que, pasara lo que pasara, siempre habrá una subvención, un chiringuito, un colchón público donde caerse muerto.

El votante socialista ha alcanzado tal grado de cinismo que ya ni siquiera disimula. Pactan con golpistas y te llaman antidemócrata. Indultan a delincuentes y te hablan de reconciliación. Redactan leyes para salvar a un prófugo y te acusan de no creer en la justicia. Te arruinan con políticas verdes que hunden el campo y la industria mientras ellos viajan en coche oficial con aire acondicionado. Te quitan poder adquisitivo y te sueltan que es por el bien del planeta. Te dejan una España insegura, empobrecida y dividida, y te piden que les des las gracias por salvarnos de la ultraderecha.

Es, en definitiva, el votante perfecto para el sistema que nos gobierna: un ser sin memoria, sin dignidad y sin vergüenza, dispuesto a tragar con todo con tal de no tener que mirarse al espejo y reconocer que lleva décadas equivocado. Alguien que ha convertido la estupidez en virtud y la sumisión en orgullo. Un hombre que ha besado tantas veces el culo del poder que ya ni siquiera nota el sabor. Y lo peor de todo: es feliz. Radiantemente feliz en su ignorancia, en su fanatismo, en su miseria moral. Mientras tanto, el país arde. Pero él, qué demonios, él tiene la conciencia tranquila. La tranquilidad de los muertos en vida.

El votante socialista ha descubierto la fórmula perfecta de la felicidad: entregar su cerebro al partido, su bolsillo al político y su futuro al caos, para luego quejarse amargamente de que el país se hunde mientras él mismo sostiene la bomba.

 

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