calzoncillos (bueno, sin ellos), decidió que el mejor lugar para una sesión de depilación íntima era la arteria más larga de Barcelona.
Cuando el pudor se fue de vermú
Porque, querido lector, si usted tuvo la mala fortuna de pasear por allí durante el mandato de la exalcaldesa Ada Colau, pudo ser testigo de lo que los teóricos del arte posmoderno llaman una performance. Nosotros, los mortales, lo llamamos de otra forma: un señor autóctono (o quizás nómada digital, da igual, el arquetipo da lo mismo) en calzoncillos… bueno, sin ellos. Allí, ante la atónita mirada de jubilados noruegos y familias con carritos, decidió que el mejor lugar para una sesión de depilación íntima era el centro del universo. El espectáculo estaba servido. Y lo más triste, lo realmente grotesco, no era el «pajarito» al aire, sino que nadie se sorprendía.
Esa era la nueva normalidad barcelonesa: donde la vergüenza se depila con la misma naturalidad con la que uno se toma un vermú.
La Coreógrafa y su Aprendiz
Claro que este caos no surge de la nada. Toda performance necesita un director artístico. Y la coreografía la puso Ada Colau, esa líder de los comunes que convirtió el Ayuntamiento en un laboratorio de identidades líquidas mientras los problemas sólidos —la limpieza, la seguridad, los alquileres— se pudrían en los contenedores. Durante ocho años, su número dos, Jaume Collboni, aprendió el oficio. Ocho años de curating institucional, de mirar para otro lado mientras la ciudad se entregaba al dios de la pose.
Ahora, con las riendas en la mano, Collboni nos demuestra que no solo no sabe resolver los problemas, sino que los multiplica por puro aburrimiento ideológico. Porque si algo define al actual alcalde es su talento para la desaparición. Once años en el Ayuntamiento y aún no sabemos qué piensa realmente, porque su pensamiento no es más que una media ponderada entre la CUP y el FMI, según sople el viento de las encuestas.
Mientras la inseguridad es la principal preocupación de los barceloneses —con robos, agresiones y un aumento de delitos que haría palidecer a cualquier alcalde sensato—, Collboni se dedica a refinar la obra de su antecesora. Los barrios son insalubres, los inmigrantes (sí, hablemos con claridad) se ven abandonados a su suerte haciendo sus necesidades en la vía pública porque no hay un plan de integración que funcione, y el caos circulatorio es tal que ir en coche por la ciudad parece una partida de Frogger.
Pero ojo, que no se me malinterprete. Cada cual que se depile donde le dé la gana. El problema no es que un hombre decida rasurarse sus partes en público; el problema es que el Ayuntamiento, en lugar de aplicar el código de convivencia, convoque una rueda de prensa para defender aquello como un acto de «libertad». Da igual que media ciudad huela a orín si luego tenemos a un performer depilándose para el Instagram de Ada Colau o para el Twitter de Collboni.
La Ciudad que se Deshoja
Pero el fondo del asunto es más profundo que la maquinilla y los vellos púbicos. El problema es que Barcelona se ha convertido en un parque temático para expats y un experimento sociológico para sus gobernantes. Con un 36% de población nacida en el extranjero —a los que hay que sumar los hijos de inmigrantes nacidos aquí—, más los nómadas digitales de Silicon Valley que gentrifican barrios enteros y expulsan las tiendas de toda la vida, el resultado es una ciudad que ya no reconoce a sus propios hijos.
Collboni, en lugar de gestionar este cambio con sensatez, lo agita con demagogia. Convierte la diversidad en una bandera para no resolver los conflictos de convivencia. Permite que el centro se convierta en un decorado de Instagram mientras los barrios obreros se ahogan en alquileres imposibles. Eso sí: que nadie toque al hombre de la depilación, que eso es «cultura» y «libertad».
El Pajarito en el Azul del Cielo
Así que ya saben. Cuando visiten Barcelona, no busquen a Gaudí. No busquen el Barri Gòtic ni la boquería. Lo realmente vanguardista, lo que define el ethos de esta tierra, está en esos hombres valientes que, bajo la atenta mirada de nuestros gobernantes —desde Colau hasta Collboni, pasando por el siempre distraído Illa—, se depilan el pajarito al aire, mientras el cielo, ese cielo tan bonito de invierno y verano, sirve de telón de fondo a la tontería más absoluta.
Pero no todo es risa. Por debajo del espectáculo, la ciudad sangra. Los jóvenes no pueden emanciparse porque los pisos cuestan un riñón. Los comercios de toda la vida cierran para dar paso a tiendas de matcha a siete euros. Los barrios pierden su esencia para convertirse en sucursales del aburrimiento hipster. Y mientras tanto, el alcalde Collboni —heredero de Colau, continuador del desgobierno— se pasea por las inauguraciones de las nuevas terrazas de brunch para expats mientras asegura con una sonrisa de porcelana que «Barcelona está mejor que nunca».
Por supuesto que él cree que está mejor. Él no vive en un piso turístico ilegal con las paredes tan finas que se escucha el goteo del vecino. Él no tiene que aguantar a un depilador callejero a la puerta del colegio de sus hijos. Él es el coreógrafo. El resto, meros comparsas que pagan impuestos para financiar este circo.
Qué bonita es Barcelona. La ciudad de mis amores. Ahora convertida en un inmenso peluquín absurdo donde el ridículo, lejos de esconderse, se quita los pelillos. Y donde el alcalde, en lugar de poner orden, se depila la responsabilidad con la misma soltura con la que el performer de La Gran Vía de les Corts Catalanes se desprendió de sus vellos. Porque en el fondo, para Collboni, gobernar es eso: un ejercicio de depilación constante de todo aquello que pueda manchar su imagen de «progresista amable».
Mientras tanto, la ciudad se deshoja. Y el pajarito sigue ahí, en el azul del cielo, testigo mudo de cómo el mayor partido de Barcelona nos ha vendido un espejismo por un puñado de identidades de cartón piedra.
Fin (y que dure el espectáculo, que de esto viven).









