La mentira como método: El escándalo de una candidata al Gobierno de Aragón
La política española ha tocado fondo. No por las discrepancias ideológicas, siempre legítimas en democracia, sino por la consolidación de una práctica repugnante: la mentira descarada, premeditada y estructurada como eje de campaña. Y en este pantano ético, la figura de Pilar Alegría, ex portavoz del Gobierno de Sánchez y ahora candidata a la presidencia de Aragón, se erige como el ejemplo más grotesco y vergonzante del engaño como estrategia.
Su último montaje –no podemos llamarlo de otra forma– es una ofensa a la inteligencia de los ciudadanos y un acto de desprecio absoluto hacia la verdad. Alegría, cámaras en ristre, se paseó por un edificio rehabilitado en Zaragoza, abrazó a ancianos con sonrisa de cartón y proclamó a los cuatro vientos que aquella obra era fruto de la brillante gestión de los fondos europeos por parte del Gobierno socialista. Una narrativa perfecta. Y completamente falsa.
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No hubo error, ni imprecisión. Fue un fraude electoral en directo. La alcaldesa de Zaragoza, Natalia Chueca, desguazó el cuento con la contundencia de quien tiene los papeles en la mano: ni un céntimo de los Next Generation llegó a ese portal. La rehabilitación es un logro exclusivo del Ayuntamiento, impulsado y pagado con fondos municipales durante la etapa de Jorge Azcón. Pilar Alegría no solo intentó robar el mérito ajeno, sino que lo hizo con la tranquilidad de quien lleva años practicando la intoxicación como si fuese comunicación.
Pero la reacción de esta aprendiz de Sánchez ante la evidencia no fue la rectificación, sino el silencio cobarde. La dignidad, de la que hablaba Chueca, brilla por su ausencia en una candidata que prefiere el bochorno a reconocer que ha sido pillada in fraganti vendiendo humo. Es la misma persona que no dudó en inventarse una titulación en una universidad fantasma –la inexistente “Universidad de Teruel”–, demostrando que su relación con la realidad es, cuando menos, laxa y conveniente.
Este no es un “patinazo”. Es la esencia de un proyecto político podrido: el sanchismo aragonés, falto de gestión propia, de ideas y de escrúpulos, solo puede ofrecer espejismos. Ante la ausencia de obras reales que atribuirse, saquean el trabajo ajeno. Fingen logros. Construyen un relato de papel que se deshace con el primer soplo de verificación.
¿Qué credibilidad puede tener una candidata que campaña con vídeos falsos? ¿Qué respeto merece una formación que, lejos de repudiar este esperpento, lo normaliza? El PSOE de Aragón, en su desesperación por frenar su declive, ha cruzado la línea roja que separa la política de la estafa. Han convertido las redes sociales en un mercadillo de bulos, donde se venden ascensores municipales del PP como milagros socialistas.
Este episodio es un síntoma terminal. Revela la bancarrota moral de una candidatura que solo se sustenta en la propaganda y el engaño. Pilar Alegría no subió aquellas escaleras en un gesto de solidaridad. Las subió como metáfora de su campaña: un esfuerzo teatral, vacío, destinado a simular un progreso que no existe. Y en la cima, solo esperaba el ridículo y la deshonra de haber intentado estafar a sus propios vecinos.
Los aragoneses merecen algo mejor que una gobernante que necesita apropiarse de los éxitos de otros. Merecen hechos, no fake news; honradez, no apropiaciones indebidas; y sobre todo, respeto, no este constante menosprecio que consiste en creer que tragaremos cualquier cuento, por burdo que sea.
Señora Alegría: en Aragón, la vergüenza aún existe. Y usted acaba de darle una lección magistral de cómo perderla.