Mientras los ciudadanos de a pie siguen esperando una patrulla que nunca llega, el Ministerio despliega un dispositivo VIP para proteger a una tertuliana de una agresión que ni las cámaras vieron ni la jueza creyó
Resulta que España, un país donde los ciudadanos de a pie hacen cola para denunciar un tirón de bolso y se marchan con un papelito y la bendición de que «ya le llamarán», ha descubierto un nuevo y revolucionario criterio para activar la protección policial: la emoción de la analista.
En un alarde de lo que podríamos llamar «doctrina Marlaska», el Ministerio del Interior ha decidido desplegar un dispositivo de escolta para la analista política Sarah Santaolalla. ¿El motivo? Haber denunciado una «agresión física» a la salida del Senado de la que, casualmente, no hay ni un solo fotograma que la acredite. Pero ojo, que la juez ha dicho que no hay «riesgo objetivo». ¿Pero qué sabe una juez de leyes comparado con el fino olfato para el peligro que tiene un ministro? Evidentemente, si la juez no ve el riesgo, Marlaska lo ve por los codos. Quizás es que el departamento dispone de informes técnicos ultras secretos, escritos con tinta invisible, que los mortales sindicatos policiales no merecen conocer.
Los sindicatos, esos aguafiestas de Jupol y el SUP, se permiten la insolencia de preguntar. Piden conocer los informes. Quieren saber si para proteger a la tertuliana de turno han tenido que desguarnecer alguna comisaría de barrio o dejar sin patrulla a algún pueblo. Y lo hacen con una falta de sensibilidad pasmosa, recordando una instrucción que dice que la protección se activa cuando hay «riesgo grave e inminente» o una «valoración técnica». ¡Pamplinas! Lo que importa aquí es la «relevancia mediática». Si usted es una señora mayor asustada porque unos okupas le han tomado la entrada, o un inmigrante amenazado por bandas, no sea pesado. Conformese con poner una denuncia telemática. Pero si usted sale en la tele soltando verborrea política y siente una mirada fea en la calle, no lo dude: el Estado se despliega.
Es magnífico el nuevo baremo de la vulnerabilidad. Ya no importa la frialdad de un atestado, la repetición de las amenazas o la resolución judicial. Ahora la vara de medir es la «indignación del tertuliano». El «acoso» ha pasado a ser un estado de ánimo, y la «agresión», una cuestión de percepción personal aunque las cámaras digan lo contrario.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie, ese que sí es víctima de delitos reales y cotidianos, observa cómo la policía se convierte en escolta privada de la opinión. Porque claro, si Santaolalla tiene miedo (aunque las pruebas digan que no pasó nada), el Ministerio se lo cree. Si usted tiene miedo porque le han robado tres veces en su bajo, el Ministerio le dirá que ponga una alarma y que rece.
Y todo ello, aderezado con la soberbia de un ministerio que ni siquiera se molesta en justificar sus ocurrencias. Un «absoluto escándalo», lo llaman los policías. Yo lo llamo el esperpento lógico de un gobierno que confunde la seguridad ciudadana con la seguridad de los colaboradores mediáticos. Al fin y al cabo, ¿qué es un agente de la autoridad sino un complemento de moda más para las estrellas del pensamiento?
Enhorabuena, señor Marlaska. Ha conseguido usted que las víctimas reales se sientan tan seguras como para no molestar. Y mientras, ya saben: si ven a un policía custodiando una puerta, no piensen que es algo importante. Es solo que dentro hay un tertuliano tomando un café y sintiéndose, por fin, importante de verdad. El circo continua.
«En el país de las escoltas de postureo, la seguridad ciudadana es el decorado y el sentido común, la víctima.»








