Noticia del día: El Gobierno veta el cerdo en colegios de Ceuta y Melilla porque hay alumnos musulmanes

Ene 1, 2026

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El Menú de la Sinrazón: Cuando el Absurdo se Sirve en el Plato del Día

El Ministerio de Consumo, en un ejercicio de contorsionismo lógico que ha dejado perplejos a pedagogos, nutricionistas y simples mortales, ha hecho pública su última directriz alimentaria para los comedores escolares de Ceuta y Melilla. La razón, expuesta con una candidez que roza lo bucólico: la presencia de alumnos musulmanes justifica la eliminación del cerdo y sus derivados de los menús. Un gesto que, en su superficie, podría parecer un guiño de respeto a la diversidad, pero que, al ser sometido al más leve escrutinio crítico, se deshace como un azucarillo en un café cargado de incongruencias.

El argumento, en su núcleo, es tan peligroso como frágil. Se sustenta en una premisa aparentemente sólida —adaptarse a las necesidades de un colectivo— pero ignora por completo el principio de universalidad y la gestión de la diversidad en un espacio público. Porque si la lógica es que un alimento debe ser vetado porque un grupo de estudiantes, por motivos religiosos, culturales o éticos, no lo consume, entonces abrimos las compuertas a un regreso al infinito de la imposibilidad gastronómica.

Primer *corolario del absurdo: Si hay alumnos veganos —cuyas convicciones éticas y de salud son tan profundas y legítimas como las religiosas—, entonces la administración, para ser coherente, deberá vetar toda proteína animal. Adiós a la ternera, el pollo, el pescado, los huevos, los lácteos y la miel. El comedor se transformaría en un oasis de tofu, seitán y legumbres. ¿Y la libertad de elección de los no veganos? Silenciada en el altar de una coherencia mal entendida.

Segundo corolario, elevando la apuesta: Si, llevando el reductio ad absurdum a su culmen, consideramos que existen alumnos que, por convicción cultural familiar o simple preferencia palatina exacerbada, se declararan “carnívoros estrictos” (un concepto nutricionalmente erróneo, pero válido en este juego de espejos lógicos), entonces el gobierno, siguiendo su propio manual, debería vetar… las verduras. La berenjena, el brócoli y la zanahoria serían retirados de la circulación para no ofender la sensibilidad de quien cree que un plato sin carne no es un plato. El menú se reduciría a una triste y proteínica monotonía.

El desenlace lógico: el vacío alimentario. ¿Qué queda, entonces, en el plato después de esta purga en cascada? Si eliminamos el cerdo por los musulmanes, toda la carne por los veganos, y las verduras por los carnívoros fundamentalistas, el resultado no es un menú intercultural, sino la nada. O, en el mejor de los casos, un cuenco de arroz blanco insípido y agua del grifo, que quizás sea lo único que no despierte el veto de algún grupo aún por definir. Un panorama distópico donde la búsqueda de no molestar a nadie termina por dejar a todos sin nada que comer, física e intelectualmente.

La crítica, por tanto, no va dirigida a la sensibilidad hacia la comunidad musulmana, que es necesaria y debe traducirse en alternativas reales, no en vetos generalizados. Un comedor escolar bien gestionado ofrece opciones. Un menú base sin cerdo, con un plato proteico alternativo (pollo, legumbre, pescado) y, crucialmente, la posibilidad de elegir un menú específico halal, vegetariano o vegano para quienes lo soliciten. Así se respeta la libertad de todos: quien quiera comer cerdo podrá hacerlo en su opción, y quien no, tendrá su alternativa digna y nutritiva.

Lo que este vetó unilateral revela es una pereza administrativa monumental. Es más fácil eliminar que gestionar. Más sencillo imponer una homogeneización basada en la resta que organizar una diversidad basada en la suma y el respeto. Es la lógica del “por si acaso”, que, lejos de fomentar la inclusión, infantiliza a la sociedad y fossiliza las diferencias, presentándolas como incompatibilidades irresolubles en lugar de como facetas de un mosaico.

La lección no aprendida. El verdadero menú educativo que necesitan los chavales de Ceuta, Melilla y cualquier lugar no es uno libre de cerdo, de carne o de verduras. Es un menú rico en pensamiento crítico, convivencia y gestión de la diversidad. Un plato donde se aprenda que en una sociedad plural las soluciones no pasan por la eliminación del otro, sino por la organización inteligente y respetuosa del espacio común. Al retirar el cerdo con este argumento, el gobierno no está sirviendo respeto. Está sirviendo un peligroso precedente de capitulación ante la imposición de la uniformidad por la vía del veto sucesivo. Y eso, al final, es un plato que intoxica el principio mismo de la convivencia. Los alumnos, mientras, se quedan mirando el plato vacío, preguntándose qué demonios van a comer hoy, y qué extraña lección de ciudadanía les están tratando de servir.

* El corolario del absurdo, popularizado por Albert Camus, es la libertad y la rebelión que surgen al confrontar la falta de sentido inherente en la vida, donde la búsqueda humana de significado choca con un universo indiferente; la respuesta no es el suicidio ni un salto de fe, sino vivir auténticamente, crear tu propio sentido y rebelarte contra el sinsentido, como Sísifo que encuentra alegría en su tarea eterna.

 

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