Memoria Histórica en las Sombras: La Masacre de Religiosos

Dic 3, 2025

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INTRODUCCIÓN: LA OTRA MEMORIA SILENCIADA

Montcada i Reixac, matadero de mártires de Barcelona, un episodio casi desapercibido en el calendario oficial de la memoria histórica de una de las noches más trágicas en las tapias del cementerio de Montcada i Reixac, donde fueron fusilados 1.155 personas, entre ellas el obispo Manuel Irurita. Pero su historia, y la de miles más, no empezó ahí. Comenzó en lugares como la cheka de San Elías, un nombre que hoy suscita desconocimiento, pero que entre 1936 y 1937 fue sinónimo de terror.

Mientras el relato público sobre la Guerra Civil se polariza entre víctimas y verdugos de un solo bando, decenas de centros de detención ilegal, las llamadas «chekas», operaron con impunidad en la retaguardia republicana, especialmente en Cataluña. Este reportaje, basado en testimonios históricos y trabajos de investigadores, reconstruye la realidad de uno de estos centros, y honra a quienes perecieron en ellos, una memoria que muchos prefieren olvidar.

CAPÍTULO 1: EL MAPA DEL TERROR. 47 CENTROS EN LA CIUDAD DE COMPANYS

La Barcelona de 1936, bajo la presidencia de la Generalitat de Lluís Companys, era un hervidero de milicias y comités revolucionarios. Según los estudios del historiador Ricardo de la Cierva y las investigaciones locales, llegaron a funcionar 47 chekas o «centros de detención» en la ciudad. No eran cárceles oficiales, sino locales requisados —escuelas, iglesias, conventos, garajes— donde las milicias de UGT, CNT-FAI, PSUC, ERC y el POUM, entre otros, ejercían un poder absoluto.

«Era la ley del revólver», explica el historiador Manuel García Miralles. «No existía proceso judicial. Bastaba ser señalado como ‘fascista’, ‘clerical’ o simplemente desafecto al nuevo orden revolucionario».

El más emblemático y temido de todos fue el Comité Central de Milicias Antifascistas, instalado en el Hotel Colón de la Plaza de Cataluña, que coordinaba muchas de estas acciones. Pero en cuanto a brutalidad, el triste protagonismo recayó en la cheka de San Elías.

CAPÍTULO 2: SAN ELÍAS. EL CONVENTO CONVERTIDO EN MATADERO

Ubicado en el número 16 de la Calle San Elías (actual C/ de les Carolines), en el barrio de Gràcia, el edificio era un antiguo convento de las Clarisas de Jerusalén. Fue requisado y convertido en el principal centro de detención del Comité Central.

El escenario:

  • Sótanos y celdas: En la planta baja se hacían los «interrogatorios». En los sótanos, las celdas.
  • El claustro: Sus paredes, aún hoy visiblemente marcadas según algunos testimonios, estaban «acribilladas a balazos», describe García Miralles.
  • El aljibe: Fue tapiado a nivel del suelo y usado como fosa común. «Para evitar el hedor de los centenares de cadáveres», relatan las crónicas.
  • El huerto: Con una tapia de 5 metros, albergaba una granja de cerdos.

El sistema de terror:
El periodista e historiador «Quibus» (pseudónimo de Javier de Lizarza) recogió en su obra «La dominación roja en España» el testimonio de supervivientes: «Un terror homicida llenaba aquellas celdas… cada noche llegaban a los oídos de los presos aquellas descargas sordas pero inconfundibles».

Los métodos iban más allá de las ejecuciones sumarias. Los investigadores documentan la existencia de:

  1. Duchas de agua helada para provocar la muerte por hipotermia.
  2. Una silla eléctrica artesanal.
  3. Hornos crematorios para hacer desaparecer los cuerpos.
  4. Una guillotina.
  5. La práctica más siniestra: una piara de 42 cerdos que, según múltiples testimonios entre ellos el del canónigo José Sanabre en su libro «Martirologio de la Iglesia en la diócesis de Barcelona», eran cebados con restos humanos. Presos vivos eran arrojados a ellos.

Un caso que estremece: La madre Apolonia Lizárraga.
Superiora general de las Carmelitas de la Caridad, fue detenida por milicianos. El testimonio recogido por Sanabre y citado en procesos de canonización es estremecedor: La desnudaron, la colgaron de un gancho en el patio y la serraron en cuatro partes mientras ella perdonaba a sus verdugos. Sus restos fueron arrojados a los cerdos.

CAPÍTULO 3: EL ROSTRO DE UNA VÍCTIMA. JOSEP DOMÈNECH SILVESTRE

La historia se repitió miles de veces. Josep Domènech i Silvestre era un empresario católico, regionalista y padre de familia. Al estallar la guerra, fue marcado. Sus amigos en el entorno de ERC le persiguieron hasta capturarlo.

Fue encerrado en San Elías. Su esposa, Montserrat, se presentaba cada día a las puertas del centro con sus hijas, suplicando a un miliciano de ERC que lo liberara. La respuesta, recogida por la familia y citada en memorias locales, fue siempre la misma: «Aquest home no en sortirà mai d’aquí».

Domènech logró escapar y esconderse en el bosque de la Roca del Vallès. Allí, sabiendo su final cerca, escribió una carta-plegaria que ha perdurado como testamento espiritual: «Jo us demano, Senyor, contrit de les meves culpes… que em perdoneu, oferint-vos la meva vida si necessari fos per a la conversió a Vos de la meva Pàtria…».

Fue capturado de nuevo. Su cuerpo nunca apareció. La familia supone que pudo ser fusilado en Montcada el 3 de diciembre de 1936, una de las «sacas» masivas más brutales, donde murieron también los 12 miembros de la familia Tort y los 50 hermanos Gabrielistas de los Escolapios. Otros creen que pudo acabar en el horno o en la piara de San Elías.

CAPÍTULO 4: EL SILENCIO POSTERIOR Y LA MEMORIA FRAGMENTADA

Con la caída de Companys en mayo del 37 y el enfrentamiento entre anarquistas y comunistas, la cheka pasó a manos del SIM (Servicio de Investigación Militar), pero la represión continuó. Al final de la guerra, el lugar fue inspeccionado y los hechos, aunque atenuados, salieron a la luz durante el franquismo, instrumentalizándose como propaganda.

Hoy, el edificio es un colegio. No hay placa, señalización o reconocimiento oficial. La «memoria histórica» promovida por las instituciones ha pasado de largo por San Elías y las otras 46 chekas.

«Hay una jerarquía de víctimas», analiza la historiadora Cristina Palomar, especialista en la represión en retaguardia. «El relato público ha priorizado a las víctimas del franquismo, que son legión y merecen todo el recuerdo, pero ha creado una amnesia selectiva sobre los crímenes cometidos desde el poder republicano en zonas donde éste tenía el control. Hablar de ello se considera, erróneamente, restar valor a las otras víctimas o justificar el franquismo. La verdad histórica es más compleja».

EPÍLOGO: ORACIÓN EN EL BOSQUE DE LA ROCA

Hoy, un pequeño grupo de familiares y asociaciones católicas se reúne cada 3 de diciembre en el bosque de la Roca. No hacen política. No enarbolan banderas. Encienden velas, rezan un responso y leen la carta de Josep Domènech.

«No buscamos rencor, sino justicia histórica y paz para sus almas«, dice uno de los asistentes, nieto de un detenido en San Elías que sobrevivió. «Ellos ya están en la Gloria. Nosotros tenemos el deber de recordar que el odio, venga de donde venga, siempre deshumaniza. Su ejemplo de fe y perdón ante el horror es lo que hoy nos guía».

Mientras, en el número 16 de la Calle de les Carolines, los niños juegan en el patio. Las paredes del antiguo claustro, si es que quedan restos, permanecen mudas. La memoria duerme, incómoda, esperando que alguien tenga el valor de contarla entera.


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