O cómo el ministro del Interior convierte el fiasco en un monumento a la impunidad.
Marlaska, el Ministro de la No-Respuesta
Cuando la justicia española se desvanece en la bruma barcelonesa de un Honda blanco, el ministro Fernando Grande-Marlaska despliega su magisterio dialéctico. Ante la pregunta de un millón de euros —¿cómo es posible que un prófugo anunciado a bombo y platillo se esfume bajo las narices de toda la policía catalana?—, el titular de Interior exhibe su arma definitiva: la banalización del fracaso. Sus declaraciones son una obra maestra del no decir: reconoce que fue un «fracaso sin duda alguna», pero se apresura a añadir que «a veces hay fallos» y que no se debió a una «falta de profesionalidad». Es la filosofía del Ministerio: los errores monumentales no son culpa de nadie, sino caprichos del destino, como una tormenta inesperada o un catarro de Estado.
El cinismo alcanza su cenit cuando, tras cargar inicialmente toda la responsabilidad en los Mossos en un informe al juez Llarena, Marlaska se presenta en público como su principal defensor. Su frase, «a todos nos hubiera encantado que hubiera sido detenido», rezuna a resignación de espectador, no a la rabia de quien tenía el deber de evitarlo. Mientras, el Tribunal Supremo sigue preguntándose, como el resto del país, por el famoso «plan de arresto» que el ministerio y la policía catalana son incapaces de detallar. El ministro, experto en sortear crisis bajo el «amparo e indulgencia» del presidente Sánchez, vuelve a sortear la suya.
Los Mossos, entre la Tragicomedia y la Complicidad
Los Mossos d’Esquadra protagonizaron el 8 de agosto un esperpento de manual. En el centro de coordinación, la huida se vivió entre «gritos, estupefacción y parálisis». El dispositivo, diseñado para un Puigdemont dócil que iría al Parlamento, se desmoronó ante un Puigdemont real que optó por desaparecer. El guion policial era tan ingenuo que confió en la palabra de un fugitivo. El resultado: una «maniobra de distracción» del expresidente que los dejó como meros comparsas.
Pero la farsa tenía un reparto interno comprometido. Tres agentes, oficialmente de baja o vacaciones, aparecieron en escena escoltando al prófugo. Uno de ellos aparcó el Honda blanco de la fuga el día anterior; otro fue filmado moviendo vehículos de apoyo la víspera. Cuando la investigación interna intentó aclararlo, se encontró con una orden restrictiva surrealista: solo podían analizar cámaras de los días 7 y 8 de agosto, ignorando que Puigdemont llevaba en Barcelona desde el día 6. Los investigadores ni siquiera recordaban el número de identificación del superior que les dio esas instrucciones. ¿Investigación o puesta en escena para no encontrar nada?
El Estado, Burlado y en Miniatura
El cuadro final es desolador. Un Estado de Derecho en versión cómica:
- Un ministro que pontifica sobre «fallos» inevitables.
- Una policía autonómica que, entre la incompetencia y la sospecha de connivencia, no puede (o no quiere) detener a quien debía.
- Un prófugo que convierte su busca y captura en un espectáculo de ilusionismo ante cámaras de televisión.
- Una investigación judicial que tropieza con muros de silencio y límites autoimpuestos.
Marlaska y la cúpula de los Mossos ofrecen al ciudadano una lección cínica: la ley es un decorado para algunos. Mientras los españoles claman contra la «vergüenza» de que un prófugo se vaya «de rositas», el ministro se limita a prometer, sin convicción, que «eso no se repetirá». Un mantra vacío que ya hemos escuchado antes, en otros «fracasos» de su gestión marcada por la polémica.
La Gran Evasión de 2024 no fue una derrota policial; fue la consagración de la impunidad como política de Estado. Un sainete donde todos tienen una excusa, nadie asume la responsabilidad y el único que ríe, desde Waterloo, es el mago que hizo desaparecer, una vez más, la credibilidad de las instituciones.









