La violencia silencia a un periodista en Pamplona
Cuando la acreditación profesional se convierte en un blanco, la democracia se desangra. Esto es lo que sintió el periodista José Ismael Martínez el pasado 30 de octubre en el campus de la Universidad de Navarra, donde una manifestación violenta lo dejó con una herida que pudo costarle la visión del ojo derecho.
El eco de la violencia: El relato de un periodista agredido
La escena fue descrita por el propio periodista como sobrecogedora. Había acudido a informar sobre la posible contramanifestación contra un acto de Vito Quiles que, aunque había sido cancelado, congregó a cientos de manifestantes radicales. Vestidos con ropa deportiva negra y cubrebocas, los manifestantes, identificados como miembros de grupos como Gazte Koordinadora Sozialista (GKS), lanzaban petardos y coreaban consignas.
Martínez, con su acreditación visible, comenzó a grabar con su móvil. En ese momento, escuchó el insulto: «Estás grabando, hijo de puta». La respuesta fue inmediata: una lluvia de botellas y piedras. Media docena de encapuchados lo golpearon hasta derribarlo.
«Estaba notando golpes por todas partes, solo pensaba ‘levántate y corre’ porque si me hubieran atrapado en el suelo mis heridas hubieran sido infinitamente más graves», relató Martínez tras el ataque.
Durante treinta minutos, temió haber perdido la vista de su ojo derecho, golpeado por un botellazo. Fue auxiliado por agentes de la Policía Nacional, que lo trasladaron urgentemente a un centro hospitalario.
La investigación y la responsabilidad: El contexto de los hechos
Los altercados no fueron un incidente aislado. La situación se había anunciado como explosiva. Ante la previsión de violencia, la Universidad de Navarra había suspendido toda su actividad presencial desde las 15:00 horas. La rectora, María Iraburu, definió la institución como «un lugar de encuentro, reflexión, convivencia pacífica, debate sereno y respeto al otro».
Sin embargo, las protestas se mantuvieron. El balance de aquel día fue grave:
- Un joven universitario ajeno a los incidentes fue atacado en el barrio de Iturrama, sufriendo heridas graves y la rotura de varios dientes.
- Cuatro agentes de la Policía Nacional resultaron heridos, uno de ellos por el impacto de una piedra en la cabeza.
- La violencia se extendió con el volcado y quema de contenedores en el barrio de Iturrama.
La investigación policial fructificó semanas después. La Brigada Provincial de Información de la Policía Nacional detuvo a dos personas como presuntas autoras de los disturbios. Los detenidos se enfrentan a cargos por delitos como desórdenes públicos, atentado a agente de la autoridad y lesiones.
El debate pendiente: La asimetría en la condena de la violencia
El suceso ha reabierto un debate incómodo en la esfera pública. Un artículo de opinión en El País, firmado por el profesor Diego S. Garrocho, planteó una reflexión crítica bajo el título «Sangre asimétrica». El texto señala la existencia de una «sensibilidad casi instintiva» para condenar la violencia de la extrema derecha, pero una mayor tibieza o silencio cuando esta proviene de otros extremos.
«La excusa era la anunciada intervención de Vito Quiles… Pocos dudan de que Quiles y los suyos son agitadores populistas… Pero el descrédito de su causa no justifica jamás la violencia», argumenta el columnista.
La pregunta que flota en el aire es: ¿La condena de la violencia contra la prensa y las instituciones democráticas debe depender de la ideología de quien la ejerce? Para el periodista agredido, la respuesta es clara. José Ismael Martínez pide que su caso sirva para una reflexión colectiva sobre el uso de la violencia, recordando que «este país sabe muy bien lo que es la violencia».
La Universidad de Navarra, por su parte, condenó los «graves incidentes» y reiteró que es «un lugar de convivencia, diálogo y respeto en el que no tiene cabida la violencia y como siempre EH Bildu declina pronunciarse sobre los altercados en Pamplona provocados por sus cachorros».
La vulnerabilidad del testigo imparcial
El ataque a José Ismael Martínez pone de manifiesto una peligrosa dinámica: la criminalización del testigo. El periodista no era un participante en la protesta; era un observador profesional cuyo trabajo consiste en documentar la realidad. Al convertir su cámara y su acreditación en motivo de agresión, los atacantes no solo buscaban dañar a una persona, sino silenciar una mirada independiente y amedrentar a quienes ejercen el derecho a informar.
Este hecho trasciende el ámbito profesional y se convierte en un ataque a un pilar de la democracia: la libertad de información. Cuando un periodista es golpeado por hacer su trabajo, es la sociedad en su conjunto la que recibe el golpe. La impunidad ante estos actos solo alimenta la polarización y socava los cimientos del debate público.
Un llamado a la coherencia democrática
Los hechos de Pamplona son un recordatorio sombrío de que la violencia política no es un fantasma del pasado, sino una amenaza tangible del presente. Las cuatro detenciones son un paso necesario hacia la justicia, pero insuficiente para la reconciliación democrática. Lo que se necesita, como bien apunta la reflexión surgida de este episodio, es una condena unánime, clara y sin ambages de toda violencia, venga de donde venga.
La integridad física de los periodistas, la seguridad de los ciudadanos ajenos a los conflictos y la autoridad del Estado de Derecho son líneas rojas que no se pueden cruzar. Protegerlas exige no solo la acción de las fuerzas de seguridad y la justicia, sino también la coherencia moral de toda la sociedad y sus representantes. Solo así se podrá afirmar, sin contradicciones, que en una democracia, la única respuesta legítima a las ideas —incluso a las más detestables— son más ideas, nunca los golpes.









