De la periodista implacable a la Reina del lugar común: su llamada a la «responsabilidad colectiva» blanquea la negligencia institucional y ofende a las víctimas
Su Majestad ha vuelto a tomar la palabra. Y, una vez más, ha demostrado por qué su incursión en el discurso político-institucional es un ejercicio de torpeza que roza lo imprudente. En Adamuz, rodeada del dolor desgarrador de decenas de familias y ante la evidencia física de un fracaso estatal monumental, Doña Letizia Ortiz optó por la vacuidad moral de la frase hecha: «Todos somos responsables de no retirar la mirada cuando se limpian los escombros de una catástrofe«.
No, Majestad. No somos todos responsables. Esa coletilla edulcorada, ese lugar común propio de un editorial blandengue, es un insulto a la inteligencia y una afrenta a las víctimas. Mientras usted pronunciaba esas palabras, vestida con la «sobriedad absoluta» de un riguroso luto que la prensa del corazón no ha dudado en elogiar, los ciudadanos asimilábamos la noticia de que 45 personas murieron y decenas resultaron heridas en un siniestro que huele a negligencia, falta de mantenimiento y desidia administrativa crónica.
Usted, Doña Letizia, no es una periodista en una tertulia. Es la Reina de España. Cada una de sus palabras públicas tiene un peso institucional demoledor. Y al diluir la responsabilidad en un difuso «todos», ha perpetrado el acto más político y, a la vez, más cobarde imaginable: ha exonerado de facto a los únicos que pueden y deben rendir cuentas. Ha blanqueado, con cuatro palabras bienintencionadas, la posible incuria de ministros, directivos de Renfe, administradores de infraestructuras y una larga cadena de cargos públicos cuyo único mérito ha sido gestionar la decadencia con una sonrisa oficial.
Resulta especialmente hiriente este desliz viniendo de quien viene. De la ex periodista que cubrió el 11-M, que presume de un pedigrí informativo que debería haberle inmunizado contra la banalidad. Precisamente alguien que «fue una periodista de informativos implacable«, debería saber que el primer mandamiento es buscar la verdad concreta, no difundir consuelos genéricos. Su transición de «la mujer que cuenta las noticias a la mujer que las protege» parece haberse completado, en este caso, protegiendo a los equivocados.
Su intervención, descrita por algunos como un acto de «bajar [las palabras] a tierra«, fue más bien un vuelo rasante sobre la realidad. Mientras su marido, el Rey, hablaba de coordinación de emergencias y agradecía el trabajo de los equipos, usted prefirió la filosofía barata. En un país ahogado por la crispación, donde la Corona es permanentemente sitiada, su papel no es el de una influencer real que lance mensajes de autoayuda colectiva. Su deber, si de verdad quiere tener una voz propia más allá de ser «la consorte del Rey y la madre de la heredera«, sería utilizar ese pulpito único para, con la precisión de su antigua profesión, señalar la importancia de la exigencia de responsabilidades, de la transparencia y de la memoria que no se conforma con «no mirar para otro lado», sino que exige saber por qué ocurrió esto.
Fue, en definitiva, la oportunidad perdida de una Reina moderna. Podría haber sido un símbolo de empatía inteligente y de llamada a la rendición de cuentas. En su lugar, eligió el camuflaje de un tópico que reconcilia a todo el mundo porque no significa nada. Mientras las familias de Adamuz lloran a sus muertos, España asiste atónita a un nuevo capítulo de un reinado que, por momentos, parece más preocupado por la anécdota, el gesto y el titular vacío que por el rigor y el coraje que la jefatura del Estado, aunque sea simbólica, le demanda. Usted, Doña Letizia, no nos ha traído la profundidad de una estadista. Nos ha servido la superficialidad de un eslogan. Y en medio de una tragedia, eso no es solo un error. Es una frivolidad de su parte, con todos los respetos que se merece.









