La vicepresidenta, única política que comete faltas de ortografía cuando habla, anuncia que deja el liderazgo de la izquierda «para dar espacio a lo que está naciendo». Los malpensados señalan a Pablo Iglesias y su histórico «gafe»
En un movimiento que los analistas políticos ya comparan con el mito de Ícaro, pero sin la parte emocionante del vuelo, Yolanda Díaz ha comunicado este lunes que no repetirá como candidata a la presidencia del Gobierno en las próximas elecciones generales. La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, conocida por ser la única política capaz de decir «haiga» en una rueda de prensa, ha justificado su decisión en una carta de despedida que, todo sea dicho, estaba sorprendentemente bien escrita.
«Ha sido una decisión muy meditada», aseguró Díaz, probablemente mientras sostenía un espejo y comprobaba que, sin el pico de la ilusión, uno no puede seguir haciéndose el tucán en la pecera política. La también líder de Sumar abandona así el liderazgo a la izquierda del PSOE, un espacio que algunos definen como «el cuarto oscuro de la política española» y donde la luz se apaga cada vez que alguien intenta encenderla.
El síndrome del tucán: cuando el pico pesa más que las alas
Fuentes cercanas a la vicepresidenta confirman que Díaz llevaba semanas reflexionando sobre su futuro político después de que Pablo Iglesias, en un alarde de clarividencia digno de un programa del tarot, profetizara hace meses que «Yolanda Díaz va a ser la próxima presidenta del Gobierno». El fundador de Podemos, conocido en los mentideros políticos como «el gafe de Galapagar» o «el hombre que mató al becario con la mirada», ha vuelto a demostrar que su respaldo es el beso de la muerte política. «Si Pablo dice que vas a ganar, empieza a buscar abogado», sentenciaba un diputado de Sumar mientras hacía la maleta.
La decisión de Díaz, explican los expertos, responde a una lógica implacable: tras perder el pico (léase, el impulso electoral de 2023), lo más coherente es cortarse las alas para no tentar a la gravedad. «Es una metáfora preciosa», explicaba una ministra socialista que pidió el anonimato para no reírse en público. «Ella misma nos ha enseñado que cuando algo no funciona, lo mejor es extinguirlo. Como los ERTE, pero con candidaturas».
Los logros: un monumento a la modestia
En su carta de despedida, Díaz repasa con orgullo los hitos de su gestión: la reducción del paro al 10%, la subida del SMI a 1.221 euros y la regularización de medio millón de migrantes. «Todo esto mientras España crecía al 2,8% y Trump deportaba inmigrantes», enfatiza la vicepresidenta, demostrando que su capacidad para meter a Donald Trump en cualquier ecuación política sigue intacta.
Sin embargo, los críticos apuntan que la carta olvida mencionar algunos de sus logros más personales, como su famosa intervención en el Congreso donde dijo «estoy convencida de que lo que hemos echo está bien». O aquella otra vez que, en un mitin, prometió «luchar contra la pobresa». «Es una política de proximidad lingüística», justificaba su equipo. «Conecta con la gente que también tiene faltas de ortografía».
El futuro: Sumar, restar o dividir
La renuncia de Díaz abre un escenario incierto para la izquierda a la izquierda del PSOE. Sin su liderazgo, Sumar se enfrenta ahora a la necesidad de encontrar un candidato que pueda competir con Pedro Sánchez sin que le tiemblen las piernas ni le falle la ortografía. Los nombres que suenan son los de siempre: Ione Belarra (si consigue aparcar su agenda de homenajes a líderes latinoamericanos), Mónica García (si logra compaginar la sanidad madrileña con la política nacional) o, en un giro inesperado, el holograma de Julio Anguita.
Mientras tanto, Díaz asegura que seguirá trabajando en el Gobierno «para cumplir con el mandato de las urnas». Es decir, seguirá siendo ministra de Trabajo, subiendo el SMI y peleándose con la patronal, pero sin la presión de tener que sonreír en los carteles electorales. «Es como seguir cobrando el sueldo pero sin el marrón de tener que hacer campaña», resumía un alto cargo de Moncloa.
En Ferraz, la noticia se recibió con un suspiro de alivio mal disimulado. «Menos mal», confesaba un dirigente socialista. «Ya no tendremos que fingir que nos parece bien que quiera ser presidenta mientras hacemos todo lo posible para que no lo sea». En Podemos, en cambio, la reacción fue de euforia contenida: «Esto demuestra que teníamos razón cuando decíamos que Sumar era una operación de maquillaje del régimen», twitteaba un diputado morado antes de añadir: «Ahora, ¿nos toca a nosotros?».
La paradoja del ave
La historia de Yolanda Díaz es, en cierto modo, la de un tucán que perdió el pico y decidió que, ya puestos, también se podía cortar las alas. Una decisión valiente, sin duda, aunque los ornitólogos políticos advierten: sin pico y sin alas, lo único que queda es una pechuga magra con poco recorrido electoral.
En su carta, Díaz pide «dar espacio y tiempo para que lo que está naciendo corra con la fuerza que merece». Nadie sabe muy bien a qué se refiere. Quizá a una nueva formación política, quizá a un movimiento ciudadano, quizá a un grupo de WhatsApp con muchas ganas pero poca cobertura. Mientras tanto, ella seguirá en el Gobierno, cuidando «el Gobierno de coalición progresista», que es como decir que seguirá en la cocina, pero sin sentarse a la mesa.
Y es que, como ella misma diría si le dejaran corregir el texto: «Lo importante no es gobernar, sino seguir en la foto». O algo así.









