532 días en el infierno de ETA, para que los asesinatos de ETA no caigan en el olvido
La tenacidad de un funcionario de prisiones y la perseverancia de las fuerzas de seguridad españolas pusieron fin al secuestro más largo de la historia de ETA, un episodio que marcó a fuego la memoria colectiva de España.
El día que todo cambió
Era el 17 de enero de 1996 cuando José Antonio Ortega Lara, funcionario de prisiones de 38 años, fue secuestrado en el garaje de su casa en Burgos al regresar de su trabajo en la prisión de Logroño. Así comenzarían 532 días de cautiverio que no solo pondrían a prueba la resistencia física y psicológica de Ortega Lara, sino que desafiarían los cimientos mismos de la lucha antiterrorista en España.
Días después del secuestro, ETA se atribuyó la responsabilidad y exigió el traslado de los presos de la organización a cárceles vascas a cambio de su liberación. La banda terrorista había elegido a su víctima con precisión macabra: un funcionario de prisiones, símbolo del «aparato represor» del Estado según su retorcida lógica.
El zulo: una tumba en vida
El lugar donde permaneció secuestrado Ortega Lara era un habitáculo construido bajo el suelo de una nave industrial en Mondragón (Guipúzcoa), cerca del río Deva. Las condiciones eran inhumanas:
- Dimensiones mínimas: 3 metros de largo por 2,5 de ancho y 1,8 metros de alto
- Aislamiento total: sin ventanas y con una humedad penetrante que empapaba las paredes de moho
- Mobiliario escueto: una tumbona, una mesa y una silla plegables
- Condiciones sanitarias deplorables: dos ollas donde sus captores le entregaban agua para asearse y otra para sus necesidades fisiológicas
La entrada al zulo era prácticamente indetectable: una apertura de 56 centímetros de diámetro en el suelo que se abría mediante un sistema hidráulico accionado por palancas. Un diseño que reflejaba la meticulosa crueldad de sus captores.
La resistencia humana
En este espacio claustrofóbico, Ortega Lara malvivió durante más de año y medio, alimentándose básicamente de frutas y verduras. El deterioro físico fue progresivo e imparable: perdió 23 kilos, masa muscular y densidad ósea. El costo psicológico fue igualmente devastador: trastornos del sueño, estrés postraumático, ansiedad y depresión se convertirían en sus compañeros permanentes.
Según relataría después, llegó a discutir con Dios: «Haz por lo menos que me maten». Una plegaria desesperada que resumía la profundidad de su sufrimiento.
La operación de rescate: un milagro de perseverancia
El 1 de julio de 1997, tras meses de búsqueda infructuosa, la Guardia Civil localizó el zulo en una operación dirigida por el juez Baltasar Garzón. La tenacidad del capitán Manuel Sánchez Corbí, jefe del operativo, resultaría crucial cuando, tras horas de registro sin resultados y con el juez a punto de cancelar la operación, insistió en que el funcionario tenía que estar allí.
El momento de la liberación quedó grabado a fuego en la memoria de los presentes. Cuando los agentes accedieron al zulo, Ortega Lara, desorientado y consumido, gritó: «Matadme ya de una puñetera vez«, creyendo que eran sus secuestradores. El coronel Corbí describiría después su estado: «Ortega Lara es un ser desorientado, perdido, ido, que no entendía lo que pasaba».
Las consecuencias: una vida marcada
Tras su liberación, los médicos y su familia aconsejaron a Ortega Lara jubilarse anticipadamente en 1997. Su reincorporación a la vida normal sería un camino lleno de obstáculos.
En los años siguientes, daría un giro hacia la actividad política: primero en el Partido Popular, donde fue candidato simbólico en las municipales de 2003 en Burgos, y posteriormente, tras abandonar el PP por diferencias ideológicas en 2008, como uno de los fundadores en 2014 del partido Vox junto a Santiago Abascal y otros.
El contexto del terror
El secuestro de Ortega Lara se enmarcaba en la estrategia de terror sistemático de ETA, que utilizaba la violencia como «herramienta para lograr sus objetivos políticos», según analizan expertos en terrorismo. La banda buscaba no solo infligir dolor a sus víctimas directas, sino socializar el sufrimiento y crear una espiral de silencio que fracturara la sociedad.
Una semana después del rescate, ETA respondería con otro acto de barbarie: el secuestro y asesinato del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco. Una muestra más de que la banda no dudaba en escalar la violencia para demostrar su poder.
Justicia parcial
En octubre de 2005, los dirigentes etarras Julián Achurra Egurola («Pototo») y José Luis Aguirre Lete («Isuntza») fueron juzgados como organizadores del secuestro. La sentencia revelaría que «Pototo» había ordenado a otros miembros de la banda seleccionar una víctima para secuestrar y acondicionar el zulo donde sería retenida.
La memoria como antídoto
Veinticinco años después, la liberación de Ortega Lara sigue siendo un testimonio escalofriante de la brutalidad de ETA, pero también un recordatorio del coraje individual y la perseverancia de las fuerzas de seguridad.
Como destacaría el exjuez Garzón, esta operación fue histórica porque «era la primera vez que se resolvía un secuestro sin que hubiera mediado pago de rescate«. Un triunfo de la tenacidad frente al terror, de la humanidad frente a la barbarie.
La historia de José Antonio Ortega Lara trasciende lo individual para convertirse en símbolo de todas las víctimas que sufrieron la sinrazón terrorista y en recordatorio de que la democracia española, con todos sus defectos, supo mantenerse firme frente a quienes pretendían destruirla por la fuerza.









