Abraza la negligente tesis de la «mala suerte» y declara la guerra al «facherío», demostrando que para él no hay dolor ajeno, solo oportunismo propagandístico
Gabriel Rufián ha cruzado, de forma deliberada y repugnante, la última línea roja de la decencia pública. Su declaración no es un desliz, sino la manifestación calculada de una estrategia nauseabunda: la de convertir cadáveres en eslóganes y el luto colectivo en un campo de batalla para su proselitismo barato. Es la culminación de una forma de hacer política que huele a podredumbre moral.
Su frase, “una cosa para el facherío”, es el epítome de la bajeza intelectual. Mientras familias en Adamuz intentan asimilar una pérdida desgarradora, el portavoz de ERC y socio del Gobierno se erige en juez y parte, no para consolar o exigir justicia, sino para segregar a la sociedad entre los suyos y el “enemigo”. Es un ejercicio de supremacismo ideológico tan absoluto que anula cualquier atisbo de humanidad. No hay ciudadanos dolientes, solo hay “fachas” a los que atribuir culpas abstractas y votantes potenciales a los que alimentar con su odio narrativo.
Pero su cinismo alcanza cotas de obscenidad cuando abraza, sin pudor, la patética y negligente explicación del ministro Puente: “mala suerte”. ¿Mala suerte? ¿Es eso lo que un representante de la soberanía nacional ofrece a un país consternado? Rufián, lejos de rechazar esta tomadura de pelo histórica, la compra y la vende. Se convierte así en cómplice activo de un relato que busca exculpar a quien debía prevenir, y desviar la atención de lo que bien podrían ser responsabilidades políticas o técnicas. Prefiere ser perro guardián de la propaganda antes que defensor de la verdad y la justicia para las víctimas.
Este episodio no es una anomalía; es la esencia de Rufián. Es la prueba viviente de que para ciertos agitadores, la política ya no es el arte de lo posible para mejorar vidas, sino el arte de lo escandaloso para dinamitar cualquier vestigio de unidad y sentido común. Su “tregua” fue una farsa, porque su único combustible es el conflicto permanente, incluso si para avivarlo debe bailar sobre las tumbas recién abiertas.
El daño que personajes como él infligen a la democracia es profundo y duradero. Envenenan el pozo del diálogo, desprecian el dolor ajeno y enseñan que todo, absolutamente todo—incluido el ataúd de un vecino—, es material usable para la guerra cultural. Muestra un desprecio infinito por la ciudadanía, a la que considera una masa maleable a la que se puede liderar mediante el resentimiento y la división.
Rufián no ha “finiquitado una tregua”. Ha exhibido, una vez más, su vacío ético absoluto. Ha demostrado que en su manual no existe el respeto, solo la estrategia. Que no existe la compasión, solo el cálculo. Frente a la tragedia, un estadista ofrece seriedad y soluciones. Un agitador como Rufián solo ofrece ruido, bilis y un espectáculo tan miserable como predecible. España merece portavoces; lo que tiene, en este caso, es un mercader de la desgracia.









