La política de Pedro Sánchez: una traición a la memoria democrática

Dic 7, 2025

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La más flagrante y cínica amnesia de los pactos esenciales que hicieron posible la Transición y la reconciliación nacional

Lo que está haciendo Pedro Sánchez no tiene nombre, ni perdón histórico. No es solo política; es la crónica de una abdicación calculada, de una traición fría a los principios fundamentales que sostienen la nación y la democracia española. Mientras se erige en paladín de una supuesta «memoria democrática», su trayectoria de gobierno constituye la más flagrante y cínica amnesia de los pactos esenciales que hicieron posible la Transición y la reconciliación nacional.

El pacto que dinamita el pacto

En el Día de la Constitución, un texto que representa el acuerdo más trascendental de la España moderna, el Presidente blande el adjetivo «franquista» como un mazo, acusando al PP de coquetear con nostálgicos. Esta acusación, ya de por sí gravísima y deslegitimadora, brota de la boca de quien ha convertido el pacto con la fuerza separatista y con quienes simpatizan con el legado de ETA en el cimiento mismo de su poder. No hablamos de diferencias políticas legítimas, sino de alianzas con formaciones cuyo objetivo declarado y activo es la desintegración del Estado constitucional que dice defender. Es el síndrome del pirómano acusando a los bomberos de llevar gasolina: ha prendido fuego a los principios de unidad e indivisibilidad de la soberanía nacional, y ahora señala a quienes piden apagarlo.

La normalización de lo inaceptable

Lo más dañino no es el pacto circunstancial, sino la normalización sistemática y cultural de posturas que durante décadas estuvieron fuera del consenso democrático. Sánchez ha otorgado, a cambio de su sillón, una respetabilidad institucional y mediática a discursos que niegan la nación española, que reescriben la historia del terrorismo con eufemismos, y que pretenden equiparar la democracia con la dictadura. Ha blanqueado, con gestos, leyes y silencios complacientes, la idea de que la voluntad de romper España es una opinión política más, en lugar de un ataque frontal al contrato social de 40 millones de personas. Ha tratado la Constitución como un menú a la carta, del que se pueden obviar los artículos incómodos (como el 2 o el 155) mientras se exige a los demás un devoto acatamiento a la letra pequeña que interesa.

El secuestro de la memoria y el dolor

Aquí yace la mayor de las vilezas: la instrumentalización de las víctimas del terrorismo y de la represión franquista como munición política de corto alcance. Sánchez habla de «herederos del franquismo» mientras gobierna gracias a quienes heredan la justificación política del terror etarra. Usa el dolor de unos para atacar a sus rivales, pero se vuelve pragmáticamente sordo ante el dolor de aquellos a quienes los suyos auparon al poder. Esta doble vara de medir el dolor, la memoria y la dignidad es la antítesis de una política reconciliadora. Es revanchismo selectivo. Es convertir la sacrosanta memoria democrática en un arma arrojadiza, vaciándola de su contenido ético universal.

La cultura del descrédito sistémico

Al calificar a la oposición principal como «franquista», Sánchez no hace oposición política; ejecuta una estrategia de deslegitimación total del adversario. Busca situarlo fuera del perímetro democrático, negándole no ya la razón, sino la legitimidad moral para existir. Es la técnica del enemigo absoluto, propia de regímenes iliberales, aplicada desde La Moncloa. Mientras, él, desde su trinchera de supuesta pureza antifranquista, negocia statecraft con quienes nunca condenaron el pistolismo o anhelan la secesión. La incoherencia es tan abismal que solo puede sostenerse mediante una cortina de humo de consignas y una complicidad mediática avergonzada.

El vaciamiento de la democracia

Pedro Sánchez ha protagonizado la gran travestización de la democracia española. Ha vaciado de significado palabras como «convivencia», «Constitución» y «memoria», para llenarlas de un contenido partidista y coyuntural. Ha demostrado que, para perpetuarse en el poder, está dispuesto a devaluar la moneda común del respeto institucional y a fracturar el suelo básico de lealtad a España.

Por ello, en este Día de la Constitución, sus palabras no suenan a defensa de la democracia, sino a la justificación de su propio y particular «sálvese quien pueda» político. El heredero del peor franquismo no es quien defiende la unidad de España y el imperio de la ley; es quien, desde la más alta magistratura, resucita los fantasmas del enfrentamiento civil, dinamita los consensos básicos y comercia con los principios a cambio de poltrona. Eso, señor Sánchez, sí que no tiene nombre. O quizás sí: se llama irresponsabilidad histórica. Y la historia, tarde o temprano, suele ser implacable con los irresponsables.

 

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