Del «no he comido» de Sánchez al «sólo duermo tres horas» del ministro: el manual del victimismo como cortina de humo para eludir responsabilidades por la gestión del accidente de Adamuz.
La política española ha encontrado una nueva y grotesca forma de eludir responsabilidades: la teatralización del propio sufrimiento. Mientras 45 familias lloran a sus muertos en el accidente ferroviario de Adamuz y la oposición de todo signo exige responsabilidades, el ministro Óscar Puente y el aparato del PSOE han ensayado una respuesta coreografiada: transformar al acusado en víctima. Del «son las cinco y no he comido» de Sánchez al «solo duermo tres horas» de Puente, el Gobierno ha perfeccionado un manual de autocompasión que busca sustituir la rendición de cuentas por la demanda de lástima.
El relato contra la realidad: mentiras, medias verdades y una soldadura mortal
La comparecencia de Puente en el Senado este 29 de enero ha sido un ejercicio de desfachatez premeditada. Frente a las acusaciones concretas —que él mintió al afirmar que la vía estaba «completamente renovada» para luego admitir que era una «renovación parcial»—, el ministro respondió con gráficas de inversión y autoelogios sobre su transparencia. El senador del PP Antonio Silván lo resumió con crudeza: «La soldadura mal hecha costó la millonada de 45 vidas».
Mientras, los datos técnicos apuntan a un desastre anunciado: Adif aún no ha entregado a la Agencia de Seguridad Ferroviaria el expediente de riesgos de la obra. En redes sociales, la ciudadanía reacciona con indignación: «Es increíble, ¿capacitado? Cuando España entera es consciente del deterioro progresivo de las infraestructuras», se lee en los comentarios a una noticia sobre su defensa.
La coreografía del martirio: manual de instrucciones del PSOE
La respuesta del Gobierno y su partido sigue un guion repetido hasta la náusea:
- La victimización personal: Puente declara que duerme tres horas, afirma tener «la conciencia muy limpia» y promete mirar a las víctimas «con la cabeza bien alta». El sufrimiento privado se exhibe como escudo político.
- La contraofensiva agresiva: El PSOE, a través de su portavoz Ramón Morales, no se limita a defender. Ataca: acusa al PP de generar «bulos y mentiras» y de tener «obsesión por el relato», mientras elogia la gestión «seria, diligente y transparente» de Puente.
- El cambio de tercio y la comparación tramposa: Se desvía la atención hacia crisis pasadas del PP (Angrois, Prestige) o se acusa a la oposición de «instrumentalizar el dolor». Puente llega a preguntar: «¿Por qué ahora una comisión con 45 víctimas y no con 80 en 2013?», como si el número de muertos fuese un argumento político y no una tragedia humana.
Un desgaste calculado: el precio de la farsa
Esta estrategia tiene un coste profundo, más allá del desprestigio inmediato:
- Desconfianza institucional: Cuando un ministro responde a preguntas técnicas con anécdotas sobre su insomnio, socava la credibilidad de todo el sistema. La investigación judicial y técnica queda ensombrecida por el espectáculo político.
- Degradación del debate público: Se impone la lógica del «y tú más». La discusión ya no es sobre soldaduras, mantenimiento o sistemas de alerta, sino sobre quién es más o menos hipócrita. El PP, por su parte, contribuye al circo cambiando su crítica: primero acusó de «falta de transparencia» y luego de ofrecer una «maraña técnica» para confundir.
- Abandono de las víctimas reales: En el centro de este huracán de declaraciones, acusaciones y autocompasión hay 45 personas fallecidas y más de 120 heridas. Su dolor, su demanda de verdad y de justicia, queda ahogado en el ruido de la batalla partidista.
El accidente de Adamuz no es solo una tragedia ferroviaria; es el síntoma de una enfermedad política terminal. Un sistema donde la rendición de cuentas ha sido reemplazada por la puesta en escena del martirio, donde la responsabilidad se diluye en lágrimas de cocodrilo y donde el dolor genuino de decenas de familias se convierte en moneda de cambio para un relato. Puente puede proclamar que mira a los ojos a las víctimas con la cabeza alta. La historia, y la decencia democrática, le juzgarán por no haber tenido la humildad de bajarla. El verdadero homenaje a los fallecidos no es un ministerio en vela, sino un sistema que funcione de día. Y eso, hoy por hoy, brilla por su ausencia.









