La Masacre del Cortijo de Los Galindos

Nov 21, 2025

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Sangre y Paja en la Andalucía del Franquismo

El calor de julio de 1975 sofocaba la campiña sevillana. En el cortijo de Los Galindos, una finca señorial rodeada de olivares, se iba a desarrollar una de las matanzas más brutales y enigmáticas de la España del tardofranquismo. Un crimen que empezó como un intento de silenciar un secreto y terminó en una carnicería con cinco muertos, donde las víctimas fueron acuchilladas con las propias herramientas del campo y apiladas sobre un lecho de paja como si fueran despojos.

Los Señores y el Secreto: Un Desfalco en la Cooperativa

En el centro de esta tragedia estaba María de las Mercedes Delgado Durán y su marido, Gonzalo Fernández de Córdova y Topete, marqués de Valparaíso y de Grañina. Para administrar sus extensas propiedades, el marqués confió en Antonio Gutiérrez Martín, un exmilitar.

Según la versión más aceptada, el capataz de la finca, Manuel Zapata, había descubierto un presunto fraude en la cooperativa Coduva en el que estarían implicados los señores. El pánico se apoderó del marqués, quien, decidido a evitar que su suegro se enterara del escándalo, urdió un plan con su administrador. Contrataron a un sicario conocido en los bajos fondos sevillanos: «Curro», un hombre cuya violencia pronto demostraría ser imparable.

La Visita Mortal: Del «Susto» a la Carnicería

La tarde del 22 de julio, el marqués, su administrador y el sicario se presentaron en Los Galindos. La intención declarada era sobornar a Zapata o, si el dinero no funcionaba, «darle un susto». Pero la negociación se torció.

Curro, armado con un «pajarito» (una pieza metálica de una empacadora), descargó toda su furia sobre el capataz. Un primer golpe lo derribó. Luego, con un «bielgo» (un tenedor gigante para mover paja), le clavó el hierro en el corazón. Manuel Zapata murió al instante.

El grito agónico de su marido alertó a Juanita Martín, su esposa. Al asomarse, se convirtió en un testigo incómodo. Curro no lo dudó: con la misma herramienta ensangrentada, le asestó dos golpes mortales en la cabeza. La pareja yacía muerta, y la complicidad de los señores era ya un hecho: según el relato de su propio hijo, ayudaron a arrastrar los cuerpos y a ocultarlos bajo la paja.

La Espiral de la Muerte: Nadie Podía Salir Vivo

Lo que siguió fue una pesadilla en cadena. Al día siguiente, Curro, ya por su cuenta, convirtió el cortijo en una ratonera.

  • Ramón Parrilla, un tractorista que llegó a reparar una cisterna, fue recibido con un disparo de escopeta. Intentó huir, pero Curro lo cazó y lo remató por la espalda.

  • Poco después, José González, otro tractorista, llegó con su esposa, Emilia. Ajenos a la tragedia, cayeron bajo los disparos, aunque no sin luchar: José, en un acto desesperado, logró clavar una navaja en el sicario antes de morir.

Herido y acorralado, Curro intentó borrar toda evidencia. Amontonó los cinco cuerpos sobre la paja y le prendió fuego. Pero la columna de humo era tan densa que alertó a vecinos y a la Guardia Civil. El sicario, viéndose descubierto, logró escapar entre los olivares, dejando tras de sí un paisaje dantesco.

La Sombra de la Impunidad y las Incógnitas Eternas

La investigación estuvo plagada de irregularidades y sombras. Durante años, se intentó culpar a las propias víctimas, especialmente a Manuel Zapata, cuyo cadáver no apareció hasta tres días después. También se sospechó de José González, que no fue exonerado hasta 1983.

El marqués y su administrador fabricaron una coartada, alegando que estaban en Málaga durante los hechos. Curro, el sicario, nunca fue capturado y su paradero sigue siendo un misterio.

Las preguntas sin respuesta perduran:

  • ¿Hasta qué punto estaban involucrados los señores en la espiral de violencia desatada por su sicario?

  • ¿Dónde está Curro? ¿Vive bajo una nueva identidad o murió en el anonimato?

  • ¿Fue realmente el desfalco el único móvil, o había algo más oscuro detrás?

La masacre de Los Galindos sigue siendo una herida abierta en la memoria de Andalucía, un trágico relato de cómo el intento de ocultar un delito económico desencadenó una violencia primitiva, donde las herramientas del trabajo se convirtieron en instrumentos de muerte y el silencio de los poderosos sepultó la verdad bajo un manto de paja y cenizas.

 

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