La Masacre que Estremeció a la España Profunda
En el corazón de Extremadura, bajo un sol inclemente, yacía Puerto Hurraco, un pueblo tan pequeño que el rencor entre dos familias lo llenaba por completo. El 26 de agosto de 1990, este rincón de la «España profunda» se convirtió en el escenario de una pesadilla que marcaría a fuego la memoria colectiva del país. No fue un crimen pasional ni un robo frustrado; fue el estallido final de una guerra de odio entre los Izquierdo, «los Patapelás», y los Cabanillas, «los Amadeos», que culminó con nueve vidas segadas en una orgía de violencia.
«Vamos a cazar tórtolas»
Con esa frase inocente y siniestra, los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo salieron de sus casas al anochecer. Vestidos como cazadores y armados con escopetas, no se dirigían al monte. Su cacería era humana. El primer objetivo fue el más cruel: Antonia y Encarnación Cabanillas, de apenas 13 y 14 años, cuyas jóvenes vidas fueron truncadas por unos disparos que anunciaban el inicio del infierno.
La Semilla del Odio: Una Venganza de Tres Décadas
¿Cómo se llega a tal extremo? La raíz se remontaba treinta años atrás, a una disputa por lindes de tierras y, sobre todo, a una puñalada fatal. Jerónimo Izquierdo asesinó a Amadeo Cabanillas por rechazar a su hermana Luciana. El rencor, una vez plantado, solo creció.
La chispa final fue un incendio en el que murió la madre de los Izquierdo. Aunque la justicia no halló pruebas, Jerónimo, recién salido de prisión, culpó a los Cabanillas y en 1986 intentó rematar a otro hermano, Antonio, que sobrevivió milagrosamente. Jerónimo murió en un psiquiátrico, pero la sed de venganza ya era un veneno heredado.
La Huida Sangrienta: Un Pueblo en el Punto de Mira
Tras matar a las niñas, los hermanos Izquierdo, poseídos por una furia homicida, convirtieron las calles de Puerto Hurraco en un campo de tiro. Su objetivo inicial era Antonio Cabanillas, pero cualquier vecino que se cruzara en su camino era un blanco legítimo.
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Manuel Cabanillas cayó al salir alertado por los disparos.
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Araceli Murillo recibió dos impactos mortaless mientras corría a socorrer a las niñas.
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José Penco Rosales fue la siguiente víctima.
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El terror se extendió cuando dispararon contra Manuel Benítez, Antonia Murillo y Reinaldo Benítez mientras huían. Los dos últimos murieron en el acto.
Era una carnicería metódica. Nueve vecinos yacían muertos, y el sonido de los disparos solo se interrumpió cuando los asesinos, agotada su munición, huyeron al monte.
El Desenlace: La Captura y una Confesión Aterradora
Movilizando a 200 efectivos, la Guardia Civil los capturó a la mañana siguiente, mientras dormían agotados en el bosque. La declaración de Emilio Izquierdo al ser detenido resume la monstruosidad del suceso: *»Si no me cogen, hubiera ido al entierro a matar a más gente. Estoy tranquilo tras vengar la muerte de mi madre».
La justicia sentenció a los hermanos a 684 años de prisión. Detrás de ellos, sus hermanas Ángela y Luciana—la mujer cuyo rechazo inició todo—fueron identificadas como las instigadoras y ingresadas en un psiquiátrico.
Puerto Hurraco se convirtió así en un símbolo lúgubre: la prueba de que el odio, cuando se alimenta durante generaciones, puede estallar con una violencia tan ancestral como letal, transformando la tranquilidad de un pueblo en el escenario de una masacre inolvidable.









