El Brujo, el Hombre que Aterrorizó Tenerife
En la bruma eterna de los montes de Anaga, donde la laurisilva se enreda como un secreto milenario, un nombre aún susurra un eco de terror: Dámaso Rodríguez Martín, «El Brujo». Su historia no es solo la de un criminal, es la pesadilla que paralizó una isla, el hombre que desafió a la ley desde las entrañas de un macizo montañoso y se convirtió, a fuerza de sangre y leyenda, en el asesino más célebre de Canarias.
El Nacimiento de una Sombra
Nacido en la ruralidad profunda de El Batán (La Laguna) en 1944, Dámaso parecía destinado a una vida anónima. Pero la humildad de su cuna no pudo contener la tempestad que llevaba dentro. Con apenas 17 años, la delincuencia marcó su camino. Buscando un rumbo, o quizás un escape de sí mismo, encontró un refugio brutal: la Legión Española en el Sáhara. Allí, lejos de domar sus demonios, aprendió el arte de la violencia y ascendió a cabo. Era un soldado eficaz, pero las lecciones de la guerra se grabaron en él de la forma más siniestra.
Al regresar a Tenerife, armó la farsa de una vida normal: matrimonio, hijos, y una casa en Las Mercedes. Pero bajo la superficie del hombre de familia latía el corazón de un depredador.
La Bestia Desata su Sombra: El Primer Crimen
La noche del 11 de noviembre de 1981, el Moquinal fue testigo de su verdadera naturaleza. Dámaso, un voyeur que merodeaba por los miradores oscuros en busca de parejas, encontró a una joven pareja en un Opel Kadett. Lo que comenzó como una observación malsina terminó en una carnicería. Asesinó al novio y, en un acto de inimaginable crueldad, agredió sexualmente a la chica con el cadáver de su pareja aún en el coche.
Fue condenado a 55 años de prisión. La justicia creyó haber enjaulado a la bestia. Se equivocaba.
La Fuga que Sembró el Pánico
El 17 de enero de 1991, con un permiso penitenciario en la mano, «El Brujo» desapareció. No iba a huir al continente; su venganza y su refugio estaban en la montaña que lo vio nacer. Su primer objetivo era su propia esposa, que se había distanciado de él. Al no poder alcanzarla, se convirtió en un espectro en los montes de Anaga.
Durante un mes, el macizo se transformó en el escenario de una cacería humana. Robaba comida de cuevas y casas de campo, se movía como un fantasma entre la espesura y alimentaba su propia leyenda con cada avistamiento fugaz.
La Matanza de los Senderistas Alemanes: El Punto de No Retorno
El terror escaló a niveles internacionales cuando, el 23 de enero, encontraron el cuerpo de Karl Flick, un turista alemán de 82 años, con varios disparos en el rostro en el camino de El Solís. Al día siguiente, hallaron a su esposa, Marta Küpper, de 87 años. Había sido violada y estrangulada. La escena era desgarradora: todo indicaba que la pareja había suplicado por su vida.
Canarias estaba en shock. «El Brujo» era el hombre más buscado de España. El miedo era tal que ensombreció incluso los Carnavales de Santa Cruz de Tenerife de 1991. Circulaban rumores aterradores: que bajaría disfrazado a la ciudad para mezclarse entre la multitud y escapar. La fiesta se vivió con un miedo latente.
El Final en El Solís: Un Suicidio Fallido y la Muerte
La cacería terminó el 19 de febrero de 1991. Una familia alertó de una casa con la puerta forzada en El Solís. Al llegar, la Guardia Civil se encontró con el hombre al que perseguían.
El intercambio de disparos fue inevitable. Acorralado y sin salida, «El Brujo» optó por el suicidio. En un acto desesperado y macabro, colocó el cañón de su escopeta bajo la barbilla y, usando los dedos de su pie, apretó el gatillo. La longitud del arma frustró su intento, dejándolo malherido pero vivo. El tiroteo posterior con los agentes sí acabó con su vida, poniendo fin a 33 días de pesadilla colectiva.
El Legado de una Leyenda Negra
Dámaso Rodríguez Martín, «El Brujo», es más que un nombre en los archivos policiales. Es un símbolo del mal que emergió de la naturaleza más agreste de Tenerife. Su historia es un recordatorio de cómo un hombre puede llegar a aterrorizar a toda una sociedad desde las sombras, y de cómo su nombre, décadas después, permanece grabado a fuego en la memoria colectiva de las Islas Canarias como su asesino más infame.









