La Justicia española y Nacho Vidal: otra condena, cero palmas – la reincidencia como estilo de vida

Abr 1, 2026

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Tres años de prisión suspendidos, una multa de 5.800 euros y un cursillo: el mensaje es claro: si eres famoso y tienes la herramienta de trabajo tan grande como la del juez, la cárcel siempre puede esperar otros cuatro años más

La Audiencia Provincial de Valencia ha vuelto a hacer gala de esa innovadora corriente jurídica que podríamos llamar el “tres, dos, uno… ya, pero la próxima va en serio”. Ignacio Jordà, más conocido por todos como Nacho Vidal —sí, aquel que al cipote de Archidona lo convirtió en el hazmerreír de España—, ha sido condenado a tres años de prisión y una multa de 5.800 euros por traficar con ‘cocaína rosa’. Pero tranquilos, no se vayan aún: no ingresará en prisión.

Porque si algo caracteriza a nuestro ecosistema judicial es esa fe inquebrantable en la enésima oportunidad. Da igual que al señor Vidal le pillaran en febrero de 2025 con 103 gramos de una sustancia que no es precisamente para consumo propio en una noche de copas. Da igual que esa droga, según el tribunal, estuviera destinada a la venta y hubiera alcanzado un valor de 5.700 euros en el mercado negro. La fiscalía ha recomendado la suspensión de la pena por cuatro años con una condición tan sencilla como no volver a delinquir. El tribunal, fiel a su estilo, ha aceptado. Qué alivio.

Reincidente con honores

Pero la cosa no acaba ahí. Porque si uno se toma la molestia de leer un poco más allá del titular, descubre que el señor Vidal es, digámoslo así, un habitual en eso de sentarse en el banquillo. El pasado enero, apenas un mes antes de este último arresto, ya fue condenado al pago de 2.160 euros por romper la barrera de un parking mientras conducía ebrio y drogado. Un acto menor, según se mire. Una simple anécdota en su expediente que parece engrosarse con la alegría de quien colecciona sellos.

Y como si el año no fuera lo suficientemente productivo para él en términos judiciales, aún tiene pendiente otro procedimiento en el que la Fiscalía pide cuatro años de prisión por la muerte del fotógrafo José Luis Abad durante el famoso ‘rito del sapo bufo’. Un asunto que, por su gravedad, merecería otro análisis, pero que sirve para dibujar el perfil de un hombre al que la Justicia le habla con la dulzura de una madre que recoge a su hijo de la comisaría por quinta vez.

El melón de la atenuante

Lo realmente exquisito del caso es que, además de la suspensión de la pena, se le ha aplicado la atenuante de toxicomanía. Es decir: traficaba, pero lo hacía porque es adicto. Una lógica que, llevada a otros ámbitos, sería casi poética. “No se preocupe, señor juez, no es que esté robando bancos por avaricia, es que tengo una adicción irrefrenable a la sensación del dinero en efectivo”.

Y para rematar, el tribunal le ha obligado a acudir a un curso de rehabilitación. Porque está claro que, después de décadas en el ojo público, múltiples condenas, un proceso abierto por un fallecimiento y un historial de conducción temeraria que haría palidecer a cualquier motorista sin carné, lo que le faltaba era un cursillo para darse cuenta de que quizá el camino no era el de los estupefacientes.

El mensaje que se envía

Lo más preocupante de este tipo de decisiones no es ni siquiera el caso concreto. Es el mensaje que se manda al ciudadano de a pie: que el tráfico de drogas, cuando viene acompañado de un nombre conocido y un historial delictivo en continua actualización, puede saldarse con una multa y la promesa de portarse bien durante cuatro años.

Mientras tanto, en la misma Valencia, cualquier joven al que le intervengan diez gramos para vender puede enfrentarse a una realidad muy distinta. Porque la igualdad ante la ley, al parecer, también entiende de popularidad mediática y de “reincidencia cualificada” como sinónimo de “paciencia judicial”.

Nacho Vidal eludirá la cárcel. Seguirá con su curso de rehabilitación —esperemos que no coincida en horario con su próxima vista por el rito del sapo— y tendrá cuatro años para demostrar que esta vez va en serio. Quién sabe, quizá incluso celebre el fin de la suspensión de la pena con otra salida nocturna, otra barrera de parking rota y otro puñado de gramos en el bolsillo. La Justicia, mientras tanto, seguirá confiando en él. Porque, ¿quién necesita consecuencias cuando se pueden tener oportunidades?

 

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