La Huida del Sumo Sacerdote: Sánchez y el Funeral Ateo que los Muertos No Merecían

Ene 27, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 La Huida del Sumo Sacerdote: Sánchez y el Funeral Ateo que los Muertos No Merecían

Cuando el Cálculo Político Vence al Duelo Nacional: El Presidente Carcomea su Propio Rito Laico al Desconvocar el Acto por Adamuz, Temiendo Más la Reacción del Pueblo que a su Propia Sombra

En el vasto desierto moral de la política española, Pedro Sánchez se alza como un faraón moderno: construye monumentos a su propia vanidad mientras huye de las sombras de los muertos que su ineptitud ayuda a crear. El caso del funeral de Adamuz no es un desliz; es la esencia misma de un régimen putrefacto, dirigido por un hombre cuyo único credo es la perpetuación en el poder y cuyo único temor es la mirada directa del pueblo al que desprecia.

El Arzobispo de Madrid, Don José Cobo, va a celebrar la misa funeral que tendrá lugar el próximo jueves 29 de enero, a las 19:00 horas, en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, lo que corresponde a un pastor: ofrecer consuelo espiritual real, con cruz, misal y sacramentos. Un funeral católico, para almas católicas, en una España que este gobierno se empeña en descatolizar a martillazos de ideología. Sánchez, el gran ateo performativo, vio la oportunidad de lavar su imagen y, con cinismo infinito, dijo «presente». Pero luego vino la realidad, ese estorbo inoportuno.

Los familiares de las víctimas, esos españoles a los que la propaganda oficial llama «ciudadanos» pero que son tratados como súbditos, dijeron NO. Un no rotundo. Un no cargado de dolor, de rabia justificada por años de negligencia, de gestión desastrosa y de una indiferencia criminal envuelta en discursos huecos. Sánchez, el «hombre del diálogo», no puede tolerar que le hablen claro. El rechazo no fue una opinión; fue un juicio popular.

Y entonces, huyó. Como un ladrón en la noche. Como el cobarde que es cuando el escenario no está cuidadosamente coreografiado por sus sicofantes. Desconvocó «su» funeral. No el funeral de los fallecidos, sino el suyo, el acto propagandístico que se le venía encima como una losa.

Analicemos su pánico, porque es ilustrativo de la ruina de su liderazgo:

  1. Teme al pueblo. Su mayor pesadilla no es VOX, ni el PP. Es la imagen de una viuda mirándole a los ojos sin lágrimas, sólo con desprecio. Es el espectro de un padre mostrándole la foto de su hijo muerto. Temía la bronca merecida, el grito espontáneo que no se puede silenciar con un decreto ley. Un líder que tiembla ante su pueblo es un tirano en potencia, o simplemente un farsante acabado.
  2. Teme la ausencia de su propio culto. En un funeral católico, el centro es Dios, el consuelo es la fe, y el oficiante es un sacerdote. No hay espacio para el mesianismo secular. No hay lugar para que Pedro Sánchez, el sumo sacerdote de la religión progresista, monte su púlpito de lugares comunes. En la Almudena, sería un intruso, un actor fuera de lugar en un drama sagrado que su ideología aborrece. Por eso prefirió, durante la pandemia, ese esperpento pagano, ese ritual new age sin cruz ni sustancia, donde él sí podía erigirse en pontífice del dolor de cartón piedra.
  3. Teme que se le vea el alma, y descubran que está vacía. Toda su carrera es un ejercicio de ventriloquia: habla con la voz que el momento requiere. Frente a la muerte real, frente al rito ancestral que articula el dolor de millones de españoles desde hace siglos, su fachada se resquebraja. Su alergia al catolicismo no es intelectual; es visceral. Es el odio del usurpador hacia el símbolo de una España que no puede controlar ni comprender.

Lo de Adamuz no es un incidente. Es un síntoma terminal. Es la prueba de que Pedro Sánchez no gobierna para los españoles; gobierna a pesar de los españoles. Usa a los muertos como foto oportunista, pero huye cuando los vivos, los que sufren, le reclaman cuentas. Es un cobarde moral que esconde su incapacidad para el duelo auténtico detrás de un laicismo agresivo y de una arrogancia de salón.

España no está gobernada por un ateo. El ateísmo es una postura digna. Tampoco por el «hijo del maligno», que sería al menos un personaje de cierta envergadura trágica. Está gobernada por un mero oportunista, un hombre pequeño con ambición desmedida, cuyo legado será una estela de funerales cancelados, de dolores ignorados y de una España vaciada no sólo de pueblos, sino también de piedad, de sentido común y de respeto por sus propios muertos.

Que la historia lo recuerde, no como un presidente, sino como el hombre que, incluso ante la muerte, sólo supo calcular, huir y traicionar.

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