La postura del gobierno de España sobre Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, un evento reportado como una operación militar estadounidense, puede ser objeto de una crítica estructural que va más allá de un juicio político puntual. Esta crítica debe articular tres niveles de análisis: la inconsistencia ética de su marco de valores, el oportunismo de su instrumentalización política doméstica y la abdicación de su responsabilidad histórica en la región.
La Inconsistencia Ética del Principialismo Selectivo
La defensa pública de la «legalidad internacional» y la «resolución pacífica de conflictos» como pilares fundamentales, suena hueca cuando se analiza su aplicación selectiva:
- Condena a la acción, omisión al régimen: Se condena con «rotundidad» la operación militar, pero se evita una condena igualmente rotunda a las dos décadas de violaciones sistemáticas de derechos humanos bajo el chavismo que causaron, según cifras de la ONU, la migración forzada de 7.9 millones de venezolanos (la segunda mayor crisis de desplazamiento del mundo).
- Principios versus personas: Esta postura, en línea con la Unión Europea, eleva los principios jurídicos abstractos por encima del sufrimiento humano concreto. Es una retórica cómoda de equidistancia que, al no nombrar a los perpetradores ni reconocer de manera plena a las víctimas, desatiende la dimensión moral de la política exterior.
- Falsa dicotomía: Se plantea como un dilema entre «violación de la legalidad» o «defensa de un dictador», ignorando que fue el vacío de acción política y multilateral contundente durante años el que creó las condiciones para acciones unilaterales desesperadas.
La Postura como Estratagema de Política Interna
No es casualidad que la declaración más explícita de Sánchez sobre Venezuela se incluya en una carta a la militancia del PSOE. Este gesto revela su verdadera función:
- La narrativa del «muro de contención»: En un contexto de debilidad parlamentaria y escándalos judiciales en su entorno, Sánchez se retrata como el último bastión frente a la «internacional ultraderechista». Venezuela deja de ser un drama humanitario para convertirse en un escenario retórico útil para movilizar a su electorado y marcar diferencias con la oposición.
- Credibilidad erosionada: Esta instrumentalización es profundamente cínica. El hermetismo sobre el pasado del PSOE en relación con el chavismo y las acusaciones hacia expresidentes como Zapatero despojan a su discurso moral de autoridad. Critica una intervención militar desde una posición de debilidad moral, minada por los «40 frentes abiertos» en su propio gobierno.
La Abdicación del Liderazgo y la Responsabilidad Histórica
España no es Bélgica ni Portugal. Como antigua potencia colonial con vínculos históricos, culturales y familiares profundos con América Latina, tiene una responsabilidad singular y una capacidad de influencia superior. Sin embargo, su política ha sido de timidez y seguimiento:
- Seguidismo europeo: En lugar de impulsar una iniciativa propia y audaz, se limita a refrendar las declaraciones «tibias» y genéricas de la UE. España, que debería ser puente y líder, se diluye en el consenso mínimo.
- Falta de una política de Estado: La posición sobre Venezuela debería trascender los ciclos electorales. La crítica feroz del Partido Popular evidencia que no existe una visión de Estado compartida, lo que convierte a Venezuela en un arma arrojadiza más en la polarización interna, en detrimento de una acción exterior coherente.
- Desatención al efecto dominó: El enfoque en el «derecho internacional» ignora las consecuencias materiales inmediatas para la región. Colombia, que acoge a millones de venezolanos, ya ha anunciado el reforzamiento de su frontera ante una nueva posible oleada migratoria. Mientras, la UE y España ofrecen «buenos oficios», pero no un plan concreto para gestionar las secuelas humanitarias y de seguridad que su pasividad ayudó a incubar.
En conclusión, la postura crítica hacia Pedro Sánchez no se basa en que defienda a Maduro (no lo hace explícitamente), sino en que utiliza una retórica principialista vacía para tres fines: encubrir su incoherencia ética histórica, obtener rédito en la política doméstica y eludir el ejercicio de un liderazgo responsable que su país, por historia y obligación moral, debería asumir en una tragedia que ha desangrado a una nación hermana.









