El diputado Enrique Santiago, ligado históricamente a las FARC, defiende con urgencia la soberanía de la narco-dictadura de Maduro mientras su ideología ignora las víctimas del terrorismo y la opresión que esos mismos regímenes generan.
En la mañana del sábado 3 de enero de 2026, mientras las noticias confirmaban la intervención militar estadounidense en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, el diputado español Enrique Santiago (Sumar, portavoz de Izquierda Unida y miembro del Partido Comunista de España) protagonizaba un acto que deja al descubierto las contradicciones más profundas de cierta izquierda internacionalista. Se reunía con la embajadora de Maduro en España para «condenar la ilegal agresión de Estados Unidos» y exigir una condena inmediata de España y la Unión Europea.
Este gesto, sin embargo, no es un acto aislado de solidaridad antiimperialista. Es la expresión culminante de una doble moral ideológica que sistemáticamente justifica o silencia la naturaleza criminal de regímenes aliados, mientras que su propia biografía política está entrelazada con algunos de los actores clave de este entramado.
La Conexión Histórica: De Asesor de las FARC a Defensor de Maduro
La posición de Santiago respecto a Venezuela no puede desligarse de su pasado. Entre 2012 y 2016, actuó como asesor jurídico de las FARC-EP durante las negociaciones de paz en La Habana, un rol por el que recibió incluso la nacionalidad colombiana. Sus defensores, como el medio Mundo Obrero vinculado al PCE, argumentan que su labor fue crucial para la paz y replican la afirmación (de 2014) de que las FARC «no son ni narcotraficantes ni terroristas».
Sin embargo, esta visión choca frontalmente con los hechos documentados por análisis independientes. Según estudios del Real Instituto Elcano, las FARC se dedicaron «al tráfico de cocaína para financiar su lucha armada» desde los años 80, y para fines de los 90 el narcotráfico ya era una actividad inseparable de su estructura. Esta actividad ilícita encontró en Venezuela, a partir del gobierno de Hugo Chávez (1999), un refugio-santuario y una ruta más segura hacia mercados internacionales.
El Régimen de Maduro: De Aliado Ideológico a «Cartel de los Soles»
La relación entre el chavismo y la guerrilla colombiana se intensificó, transformándose. El análisis detalla que, a partir de 2005, representantes del Estado venezolano iniciaron una «operación premeditada de apropiación» del negocio de la droga, dando lugar al «Cartel de los Soles», integrado por altos funcionarios civiles y militares. El actual Estado venezolano, concluye el estudio, «está involucrado directamente en el narcotráfico» a través de sus servidores.
Acusaciones que no son meramente académicas. El Departamento de Estado de EE.UU. ha acusado públicamente a Nicolás Maduro de «gestionar y liderar» dicho cartel, de negociar envíos de cocaína con las FARC y de proporcionarles armas. El régimen que Santiago defiende en nombre de la soberanía es señalado por la justicia estadounidense como una narco-dictadura.
La Doble Moral al Descubierto: Soberanía para unos, Silencio para otros
Aquí reside la contradicción insalvable. Santiago se apresura a condenar la violación de la soberanía venezolana por parte de EE.UU., pero su voz ha sido constantemente muda ante:
- La transformación del Estado venezolano en una estructura criminal dirigida desde el poder.
- La destrucción de la soberanía popular y la democracia en Venezuela, con elecciones amañadas, persecución política y el éxodo de millones de ciudadanos.
- El historial de violencia, secuestros y narcotráfico de las FARC, organizaciones con las que colaboró estrechamente y cuyos vínculos con el régimen de Maduro están ampliamente documentados.
Esta solidaridad selectiva sigue una lógica puramente ideológica: lo que condena no es la opresión en sí, sino quién la ejerce. La «agresión» es condenable cuando viene de Washington; se justifica, minimiza o ignora cuando proviene de Moscú, La Habana o Caracas, siempre que ondee la bandera «antiimperialista». Es la misma lógica que, durante décadas, hizo que sectores de la izquierda occidental miraran para otro lado ante los crímenes de los regímenes comunistas.
La reunión de Santiago en la embajada venezolana es, por tanto, un símbolo poderoso. Simboliza la complicidad moral con un régimen que ha hundido a un país en la miseria y la violencia, y la persistencia de un discurso que, en nombre de un supuesto «internacionalismo proletario», acaba siendo cómplice de las peores tiranías. Su prisa por defender la soberanía de un narco-estado revela, más que un principio, un prejuicio. Y deja una pregunta en el aire: ¿Dónde estuvo su prisa, y su condena, por la soberanía y los derechos humanos de los millones de venezolanos víctimas de la dictadura que hoy defiende?









