El arte de condenar bombas ignorando cárceles
Prefacio: Un ejercicio de alta precisión retórica
Hay que reconocerlo. Lo de Irene Montero no es fácil. Llegar a ese nivel de ignorancia política, requiere un entrenamiento del que el común de los mortales carecemos. Mientras el mundo discute sobre Venezuela, ella ha logrado el Santo Grial del comentario político: una condena tan enfocada en el agresor externo, que el régimen interno queda más limpio que el expediente de un aspirante a juez del TSJE. Es como ver a alguien que, ante un incendio en una cárcel, se desvive por denunciar el ruido de los camiones de bomberos y exige que corten el agua, pero no menciona, ni de pasada, a los reos atrapados entre las llamas. Una proeza.
Capítulo I: La Defensora de Soberanías (Bajo Estricta Cita Previa)
Montero la de Galapagar, con la seriedad de una profesora de Derecho Internacional en un máster acelerado impartido por Begoña, ha declarado la intervención estadounidense como una «agresión completamente ilegal». Palabras mayores. Técnicas. Impecables. Su brújula moral, calibrada con precisión milimétrica, señala con indignación hacia el norte. Es lógico. ¿Para qué desgastar la aguja señalando también hacia el sur, hacia Caracas, donde hay asuntos mundanos como elecciones cuestionadas, opositores en el exilio o una economía que hace tiempo dejó de usar el PIB y ahora se mide en tasas de migración forzosa? Eso sería dispersar el mensaje.
Su propuesta es brillante en su simpleza maximalista: Romper con EE.UU. y salir de la OTAN. Un movimiento geopolítico de ajedrez. España, dejando la Alianza Atlántica para… ¿abrazar qué exactamente? ¿Una alianza alternativa con los BRICS? ¿Una posición de noble neutralidad junto a otros gigantes de la democracia y los derechos humanos? Es un detalle táctico que, con elegancia, deja en el aire. Lo importante es el gesto: puro, duro, incontaminado por la pragmática y aburrida realidad de la política exterior.
Capítulo II: El Abismo Retórico: Lo Que No Se Nombra, No Existe
Aquí es donde la obra alcanza su cenit irónico. La eurodiputada, cuya carrera política se ha construido sobre la amplificación de voces oprimidas, la denuncia de la violencia y la defensa de los más vulnerables, encuentra ante Venezuela un abismo de silencio digno de los mejores místicos.
- Los «presos políticos»: Un concepto que maneja con soltura en otros contextos. En Venezuela, según Foro Penal, hay miles. En su discurso, se esfuman. Se convierten en fantamas retóricos, espectros cuya existencia no cabe en el relato limpio de «agresión imperialista».
- La «libertad de expresión»: Bandera habitual. En Venezuela, medios clausurados, periodistas acosados. En su análisis, un ruido de fondo irrelevante, menos importante que el estruendo de los misiles.
- El «derecho a decidir»: Principio sagrado. Para el pueblo venezolano, reducido a elegir entre la huida o la sumisión, parece ser un lujo geopolítico que Montero no está dispuesta a concederles en su narración.
Es un doble salto mortal dialéctico sin red: defender a un pueblo… ignorándolo por completo. Solidaridad abstracta en estado puro: se ama a la «Venezuela soberana», pero se olvida a Juan, a María, a los que hacen cola o cruzan fronteras.
Capítulo III: La Coherencia como Daño Colateral Admisible
Por supuesto, surgen preguntas malintencionadas. ¿No es un pelín incoherente condenar con tanta vehemencia la violencia de un Estado (EE.UU.) mientras se pasa por alto la de otro (Venezuela)? ¡Error! Esa es la visión corta del principiante. Montero opera en un nivel superior: el de la coherencia estratégica. Su principio rector no es la defensa universal de los derechos humanos, sino la lucha contra un enemigo geopolítico concreto (el imperialismo yankee). Todo lo que debilite a ese enemigo es bueno. Todo lo que lo fortalezca o le dé argumentos, es malo. Por tanto, criticar a Maduro, aunque sea cierto, sería dar balas al imperio. Y en esta guerra de relatos, los venezolanos de a pie son, lamentablemente, daño colateral retórico. Sus libertades son el precio a pagar por mantener la pureza ideológica de la condena.
Es la izquierda caballero andante que, para no manchar su armadura blanca con los barros de la complejidad, decide no bajarse del caballo a ayudar a los campesinos. Prefiere cargar contra los molinos de viento que, al menos, ofrecen una silueta clara y nítida contra el cielo.
Final: Un Monumento a la Desconexión
Al final, el discurso de Montero queda como un monumento a la desconexión. Un ejercicio tan auto-referencial que el sujeto supuestamente defendido (el pueblo venezolano) se extravía en el camino. Habla de Venezuela como si fuera un concepto de gabinete: un territorio, una bandera, un gobierno «antiimperialista». Pero no un país de carne y hueso.
Mientras, las reacciones del gobierno de Pedro Sánchez, pintan un panorama más sórdido, se limita a no reconocer la acción y pedir una «transición dialogada», una fórmula burocrática que intenta no mojarse ni con la lluvia de las bombas ni con el lodo de la dictadura.
En este panorama, la postura de Montero no es la más cínica, pero sí quizás la más trágicamente irónica. Porque desde donde dice hablar, desde la defensa de los de abajo, ha construido un relato donde los de más abajo de Venezuela no tienen cabida. Su silencio no es un olvido; es la pieza central de su argumento. Y en ese silencio resonante, se escucha, más alto que cualquier condena a EE.UU., el sonido de unos principios haciendo crack.









