La cortina de humo de Moncloa: Sánchez utiliza la pornografía infantil como arma arrojadiza contra Musk para tapar sus problemas

Feb 19, 2026

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El presidente del Gobierno, enésimo capítulo de su particular cruzada contra «enemigos imaginarios», convierte una gravísima lacra social en un arma de vendetta política personal contra el dueño de X. Mientras, los problemas reales de los españoles siguen sin respuesta.

Vivimos tiempos de ruido, cortinas de humo y política espectáculo. Y nadie domina ese arte como Pedro Sánchez. El último capítulo de esta interminable serie que es la política española nos llega en forma de una pelea de gallos intercontinental: el presidente del Gobierno versus el hombre más rico del mundo. El guion es predecible: el villano (esta vez, Elon Musk) ataca, y nuestro héroe se erige en defensor de la patria, la infancia y la democracia. El problema es que, como siempre, el decorado se tambalea al mínimo análisis.

Que Elon Musk haya compartido mensajes que tildan a Sánchez de «traidor» y sugieran su arresto es, sin duda, un hecho grosero, desafortunado y propio de un oligarca que confunde su cuenta de X con un altavoz de sus miserias políticas. Es la pataleta de un magnate al que no le gusta que le pongan límites. Pero la reacción de Moncloa, lejos de ser una respuesta de Estado serena y mesurada, ha sido una sobreactuación digna de un mal teatrillo.

La jugada de Sánchez es tan previsible como burda. Ante el insulto del multimillonario, el presidente no podía quedarse callado, pero tampoco podía rebajarse a contestar con el mismo tono. Necesitaba un golpe de efecto, algo que le permitiera recuperar la iniciativa y, de paso, vestirse con el traje de paladín de la justicia social. ¿La solución? Anunciar a bombo y platillo que pide a la Fiscalía que investigue a las grandes tecnológicas por la creación y difusión de pornografía infantil mediante inteligencia artificial.

El oportunismo como hoja de ruta

Nadie en su sano juicio puede estar en contra de investigar y perseguir la pornografía infantil generada con IA. Es una lacra, un horror que destruye vidas y que, efectivamente, campa a sus anchas por las plataformas digitales. Es un problema real y de primer orden. Pero de ahí a convertir esa lucha en un arma de vendetta personal contra Musk y sus colegas de Silicon Valley hay un trecho que Sánchez ha cruzado con una frivolidad pasmosa.

Porque, seamos honestos, ¿alguien cree que esta ofensiva de la Fiscalía se habría producido con esta urgencia y este perfil mediático si Musk no hubiera llamado «traidor» a Sánchez? La iniciativa lleva meses en el cajón del Ministerio de Presidencia, mencionada en foros internacionales, pero sin materializarse. Ha tenido que llegar el rifirrafe personal para que el Gobierno se active. Convertir el sufrimiento de los menores víctimas de deepfakes en un arma arrojadiza en una pelea de egos es, cuando menos, de una obscenidad política mayúscula.

Sánchez, en su ya cansina estrategia de buscar un «enemigo exterior» que cohesione a su desgastado electorado, ha encontrado en Musk el enemigo perfecto: es rico, es poderoso, es grosero y representa todo aquello contra lo que la izquierda más trasnochada dice combatir. Da igual que Musk tenga razón o no; lo importante es el relato. Y en ese relato, Sánchez es el David que planta cara a Goliat, el Quijote que cabalga contra los molinos. El problema es que su cita cervantina («Deja que los tecno-oligarcas ladren, Sancho…») se le ha vuelto en contra. Porque el Quijote era un delirante que veía gigantes donde no los había, y el Gobierno necesita con urgencia que los españoles miren a otro lado mientras la economía se resiente, la sanidad pública cojea y la legislatura se desangra.

La hipocresía del «defensor de la infancia»

La crítica es aún más necesaria cuando se analiza el historial del propio Gobierno en materia digital y de protección de menores. El mismo Ejecutivo que ahora se rasga las vestiduras por los peligros de la IA es el que lleva años sin abordar una regulación seria y consensuada del entorno digital. Es el que ha mirado hacia otro lado mientras los adolescentes españoles se enganchaban a la pornografía online sin control alguno, con el devastador impacto que eso tiene en su salud mental y en sus relaciones afectivo-sexuales.

Es el mismo Gobierno que ha normalizado el uso de teléfonos móviles en edades cada vez más tempranas, sin una estrategia nacional clara para limitar el acceso de los menores a contenidos inapropiados. Ahora, cuando le interesa políticamente, descubre que las IAs de Musk y Zuckerberg son un peligro para la infancia. ¿Dónde estaba esta urgencia hace dos años? ¿Dónde estaba esta firmeza cuando no había un rifirrafe con un magnate de por medio?

La respuesta es sencilla: no existía. Porque esta no es una batalla por la infancia, es una batalla por la supervivencia política de un presidente acorralado. La portavoz del PP, Cuca Gamarra, lo expresaba con claridad: «Lo de Sánchez es un acto más de cinismo. Utiliza la pornografía infantil como arma política porque no tiene argumentos para defender su gestión» . Y aunque duela reconocerlo, tiene toda la razón.

Musk no es el enemigo, es el síntoma

Por supuesto, esto no exculpa a Elon Musk. Su comportamiento es errático, peligroso y profundamente irresponsable. Pedir el arresto de un jefe de Gobierno desde una posición de poder global no es libertad de expresión, es injerencia. Pero Sánchez, en su afán por personalizar el conflicto, comete el error de convertir a Musk en el eje de su discurso. El problema no es Musk, el problema es que su red social y las de sus competidores llevan años funcionando como territorios sin ley, y el Gobierno español no ha hecho nada contundente para evitarlo hasta que el dueño le ha llamado «traidor».

Esta es la gran paradoja. Si la investigación a X, Meta y TikTok prospera, será una buena noticia para la protección de los derechos digitales en España. Pero llegará manchada por el tufo de la vendetta personal. Llegará no por una convicción profunda del Ejecutivo, sino por el calentón de un presidente que no soporta que un tuitero millonario le falte al respeto. Es una medida necesaria, sí, pero tomada por las razones equivocadas.

Además, Sánchez olvida que no puede erigirse en defensor de la democracia frente a los «tecno-oligarcas» mientras él mismo coquetea con el lawfare, tuitea sentencias condenatorias antes de que sean firmes o insulta a jueces y periodistas que no le son afines. Su defensa de la «limpia» democrática suena a hueco cuando viene de alguien que ha hecho de la erosión institucional su modus operandi.

Sánchez, recuerda España no es Moncloa

El problema de fondo es que Pedro Sánchez ha convertido la política en un reality show donde él es el protagonista y el resto somos meros espectadores o comparsas. Cada nuevo conflicto, ya sea con un juez, con un periodista o con el dueño de una red social, es una oportunidad para alimentar su relato victimista y movilizar a sus bases.

Mientras él y Elon Musk se enzarzan en una pelea de gallos a cuenta de quién es más «fascista» o «traidor», los españoles seguimos esperando respuestas a problemas mucho más terrenales: la inflación que devora los salarios, la dificultad para acceder a una vivienda, las listas de espera en la sanidad pública o el deterioro de la educación. El ruido es ensordecedor, precisamente, para que no oigamos el silencio de las políticas públicas.

Sánchez ha encontrado en Musk el enemigo perfecto para una semana. La semana que viene buscará otro. Y así, entre cortinas de humo y peleas de egos, se nos va la legislatura, se nos va el país y, lo más grave, se banalizan asuntos tan serios como la protección de los menores en el mundo digital, que nunca, jamás, deberían ser moneda de cambio en una reyerta política.

 

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