La conciencia selectiva de los Goya: tradición de condena ante unas violencias, silencio absoluto ante la persecución de cristianos

Mar 1, 2026

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La 40ª edición de los Premios Goya arrancó anoche con un mensaje que quiso apelar a la memoria histórica de la Academia de Cine. Los presentadores, Luis Tosar y Rigoberta Bandini, tomaron el escenario para «condenar la violencia que esta industria siempre ha condenado» .

En un ejercicio de solemnidad, recordaron las guerras de Irak, Irán y Gaza, e hicieron alusión al mítico discurso de 1998, cuando el entonces presidente José Luis Borau se pintó las manos de blanco para repudiar el asesinato del concejal Alberto Jiménez Becerril a manos de ETA . «Nadie, nunca, jamás, en ninguna circunstancia, bajo ninguna ideología ni creencia, nadie puede matar a un hombre», proclamó Borau en aquella ocasión .

Sin embargo, la supuesta universalidad de esa máxima choca frontalmente con un silencio recurrente. Mientras la Academia de Cine ha demostrado una ágil capacidad para posicionarse ante conflictos geopolíticos de alta repercusión mediática o ante la violencia terrorista en suelo español, persiste un vacío documental imposible de ignorar: la institución nunca ha emitido una declaración conjunta condenando los asesinatos de 4.849 cristianos, entre octubre de 2024 y septiembre de 2025, por su fe en diversos puntos del planeta.

El precedente de la memoria selectiva

El gesto de Tosar y Bandini, al rescatar el espíritu de 1998, subraya la idea de que los Goya son una tribuna política y moral. «Para condenar la violencia que esta industria siempre ha condenado», sentenció Tosar. La frase, leída en caliente, suena a declaración de principios. Analizada en frío, invita a preguntarse: ¿qué violencia ha condenado «siempre» esta industria? ¿Y cuál ha quedado sistemáticamente fuera de su foco?

La gala de este año, con su homenaje a los 40 años de historia, sirvió para subrayar la tradición de utilizar el altavoz del cine para causas sociales. Pero la tradición, cuando es incompleta, corre el riesgo de convertirse en sesgo. No hay constancia en los archivos de la Academia de que esa misma contundencia mostrada anoche ante la situación en Gaza, o la mostrada en el pasado ante ETA, se haya replicado para denunciar la situación de comunidades cristianas en países como Nigeria, Pakistán o Siria, donde los atentados y asesinatos por razón de fe son una constante.

La violencia que no merece minuto de silencio

La paradoja es evidente. La Academia de Cine se erige como guardiana de la memoria de ciertas víctimas, pero ignora sistemáticamente a otras. Mientras los focos se encienden para condenar la violencia en territorios con fuerte presencia en el debate público occidental, la persecución de cristianos —un fenómeno documentado por informes de libertad religiosa de la ONU y diversas ONGs internacionales— transcurre en la más absoluta de las indiferencias institucionales por parte del cine español.

Uno podría preguntarse si el asesinato de un concejal en Sevilla merece el repudio unánime de la industria, pero el asesinato de decenas de fieles durante una misa en una iglesia de Burkina Faso no encuentra eco en ninguna declaración conjunta de la Academia. ¿Acaso la sangre de esas víctimas es de una categoría distinta? ¿O es que la «violencia que esta industria siempre ha condenado» tiene, necesariamente, que encajar en un relato ideológico predefinido que excluye la persecución religiosa cuando esta no proviene de los actores geopolíticos habituales en el foco de la izquierda?

La incomodidad de lo que no encaja

La respuesta a este silencio probablemente resida en la incomodidad. Condenar el yihadismo o la persecución de minorías religiosas por parte de regímenes teocráticos no ofrece la misma rentabilidad discursiva que posicionarse en conflictos donde es más sencillo trazar la línea entre «opresor y oprimido» según los cánones del progresismo cultural.

El cine español, a través de sus máximos representantes, demuestra año tras año que tiene voz y memoria cuando le interesa. Pero la memoria de los Goya es caprichosa: recuerda con nitidez el dolor de 1998 y se solidariza con la población gazatí en 2026, pero sufre un amnesia crónica cuando las víctimas son cristianos cuya única culpa es profesar su fe en el lugar equivocado.

Mientras Tosar y Bandini apelaban anoche al «nadie puede matar a un hombre» de Borau, la Academia mantenía su tradición de silencio ante una de las persecuciones más silenciadas del planeta. Y es que, al parecer, para condenar la violencia hace falta que la víctima encaje en el relato. Si no es así, el asesinato de un cristiano sigue sin ser, para el cine español, un asesinato lo suficientemente importante como para mancharse las manos.

 

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