Con 227 españoles asesinados por el yihadismo en su haber, la progresía española prefiere convertir sus instituciones en trincheras de odio contra Israel, el único país de Oriente Próximo que jamás ha puesto una bomba en nuestra tierra
España es un cementerio sembrado por el fanatismo islámico. 192 cadáveres mutilados en los trenes de Madrid. 18 comensales asesinados mientras cenaban en «El Descanso». 16 vidas arrancadas en las Ramblas de Barcelona. Un sacristán degollado en Algeciras. Miles de heridos, mutilados, familias destruidas. Este es el legado sangriento que la yihad ha dejado en nuestro país. Y ante esta realidad incontestable, la izquierda española —esa que gobierna coaligada con los herederos de ETA— prefiere mirar hacia otro lado y dedicar sus iras a un país que jamás ha puesto una bomba en nuestra tierra: Israel.
No es exageración, es constatación de una abyección moral sin precedentes. Mientras las fuerzas de seguridad se juegan la vida desarticulando células yihadistas —más de 200 condenados desde el 11-M—, en los ministerios de Sánchez, en los ayuntamientos de Podemos y en las instituciones culturales tomadas por la progresía, se ha declarado una cruzada contra el único Estado de Oriente Próximo que no nos ha matado.
El reino de la hipocresía
Resulta grotesco, por decirlo suavemente, que quienes dicen defender a los oprimidos dediquen sus mayores energías a demonizar a Israel mientras mantienen un silencio cómplice —cuando no una abierta simpatía— hacia los regímenes y organizaciones que financian, adiestran y aplauden el terrorismo que ha teñido de sangre española nuestras calles.
Jacobo Israel Garzón, expresidente de la Federación de Comunidades Judías de España, lo ha denunciado con una claridad que debería avergonzar a muchos: estamos ante «el peor momento de antisemitismo en España desde la Transición». Y señala sin ambages a los responsables: «la extrema izquierda» y ministros del Gobierno que, según su testimonio, son «también antisemitas».
Pero vayamos más allá. No se trata solo de prejuicios o de ignorancia supina. Se trata de una alianza de facto, de una sucia complicidad ideológica que merece ser llamada por su nombre.
Los hechos son tozudos: ¿Quién nos ha matado?
Repitamos los datos, porque parece que cierta izquierda padece amnesia selectiva:
- 11-M, 2004: 192 muertos. Al Qaeda.
- Barcelona y Cambrils, 2017: 16 muertos. Estado Islámico.
- Restaurante «El Descanso», 1985: 18 muertos. Yihadistas.
- Algeciras, 2023: Un sacristán asesinado. Yihadistas.
Balance: 227 españoles asesinados por el terrorismo islámico.
¿Y cuántos atentados ha perpetrado Israel en España? CERO. Ninguno. Jamás un comando israelí ha puesto una bomba en Atocha, jamás un soldado israelí ha atropellado a turistas en Barcelona, jamás un ciudadano israelí ha degollado a un sacerdote en Algeciras.
Esta es la realidad. Y sin embargo, la obsesión enfermiza de la izquierda española contra Israel no cesa. ¿Cómo explicar esta perversión moral?
El activismo contra Israel: El sustituto de la lucha de clases
El Museo Reina Sofía, denunciado por episodios racistas y activismo político contra Israel, se convierte en el símbolo perfecto de esta deriva: instituciones pagadas con dinero público convertidas en trincheras de propaganda antisemita mientras la amenaza real —la que degüella sacristanes— campa a sus anchas.
Los ayatolás de Podemos, esos que se llenan la boca con la palabra «paz», han hecho del antiisraelismo su seña de identidad. Irene Montero y los suyos no dudan en calificar a Israel de «Estado genocida», utilizando un término de una gravedad extrema con la misma ligereza con la que piden un café. Han comparado a Israel con la Alemania nazi, un insulto intolerable a la memoria de seis millones de judíos asesinados y una muestra de su ignorancia supina o de su maldad deliberada.
Y mientras tanto, ¿qué sabemos de su relación con los verdaderos enemigos de la democracia? Pablo Iglesias, y otros dirigentes de Podemos se sentaron durante años en la nómina de HispanTV, la televisión oficial del régimen de Irán. Así es: cobraban de la teocracia más feroz del planeta, la que lapida mujeres, ahorca homosexuales y financia a Hamás y a Hezbolá. La misma Irán que es el principal patrocinador del terrorismo internacional. La misma Irán cuyos brazos armados siembran el caos en Oriente Próximo y cuyas ideas inspiran a los asesinos que han masacrado a españoles.
Y ellos lo justificaban con cinismo: «Es una televisión que daña a nuestros oponentes». Es decir, el dinero de los verdugos es válido si sirve para atacar a la derecha. Esta es la ética de la izquierda radical española.
El BDS: La máscara legal del antisemitismo
El movimiento de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) ha encontrado en los ayuntamientos controlados por la izquierda un paraíso para su propaganda. Decenas de municipios han aprobado mociones de boicot a Israel, algunas de las cuales han sido declaradas ilegales por el Tribunal Supremo por discriminatorias. No importa: la obsesión es más fuerte que la ley.
Y junto a ellos, los socios de gobierno: Bildu, herederos de ETA, con históricos lazos con la OLP y otros grupos terroristas palestinos. El BNG, rindiendo pleitesía al Frente Popular para la Liberación de Palestina. Todos ellos forman parte del ecosistema que sostiene a Sánchez en La Moncloa.
La pregunta que nadie responde
¿Dónde están las manifestaciones multitudinarias contra Irán? ¿Dónde están las mociones municipales contra Arabia Saudí? ¿Dónde están los editoriales indignados contra Catar? ¿Dónde está el activismo cultural contra los regímenes que financian, adiestran y envían a los asesinos que han matado a españoles?
No existen. Porque el enemigo no es el que degüella, sino el judío. No es el que pone bombas, sino el que se defiende de quienes quieren exterminarlo. No es el terrorista, sino su víctima preferente.
Esta izquierda ha hecho suyo el relato de los verdugos. Ha asumido que el problema es la existencia del Estado judío, no la existencia de una ideología totalitaria que aspira a imponer por la fuerza su interpretación medieval del mundo. Ha decidido que los buenos son los que cuentan con el respaldo de Irán, los que lanzan cohetes contra civiles, los que convierten sus hospitales en cuarteles y sus escuelas en arsenales.
Consecuencias mortales
Esta actitud no es inocente. Cuando se demoniza a Israel, cuando se le niega el derecho a defenderse, cuando se equipara a un terrorista con un soldado, se está legitimando la violencia contra los judíos. Y esa legitimación tiene consecuencias. El antisemitismo crece en Europa, y España no es una excepción. Las agresiones a judíos aumentan. Las sinagogas necesitan protección policial. Los niños judíos aprenden a esconder sus símbolos por miedo.
Y mientras tanto, los mismos que azuzan este odio se llenan la boca con el «nunca más». Un «nunca más» hueco, vacío, traicionado por su propia hipocresía.
Vergüenza
Es una vergüenza que en un país que ha sufrido como el nuestro el azote del terrorismo yihadista, haya sectores políticos que dediquen sus esfuerzos a atacar al único país que enfrenta militarmente a esos mismos terroristas. Es una infamia que mientras recordamos a las víctimas del 11-M, haya ministros que coqueteen con el antisemitismo más rancio disfrazado de antiisraelismo. Es una humillación que tengamos que soportar que la izquierda española mire hacia otro lado cuando se trata de condenar sin matices a los asesinos, y afine su puntería cuando se trata de señalar a sus víctimas.
La izquierda española ha elegido bando. Y no está del lado de las víctimas del terrorismo. Está del lado de sus verdugos intelectuales, de sus financiadores, de sus apologetas. Está del lado de Irán, de Hamás, de quienes sueñan con un mundo sin judíos y sin democracia.
Y por eso merece el repudio de todos los demócratas, de todas las víctimas del terrorismo, de todos los que creemos que la humanidad no se divide entre izquierda y derecha, sino entre quienes defienden la vida y quienes justifican la muerte.
Los 227 españoles asesinados por el yihadismo merecen algo mejor que este espectáculo de hipocresía. Merecen que no se utilice su memoria para justificar el odio a quienes jamás nos han atacado. Merecen que la izquierda deje de mirar hacia otro lado y asuma de una vez que el enemigo no está en Tel Aviv, sino en las mezquitas radicales, en las televisiones iraníes, en las células que aún hoy planean matarnos.
Pero no esperen que eso ocurra. Porque en el relato de esta izquierda, las víctimas siempre están en otro lugar. Nunca son las nuestras. Nunca son los nuestros. Y ese es el pecado más imperdonable de todos.









