Sánchez señala a Iker Jiménez mientras esquiva a las víctimas de Adamuz
La democracia española ha asistido hoy a una nueva exhibición de la miseria moral de un presidente acorralado. Pedro Sánchez, que ante las 47 víctimas mortales de los accidentes ferroviarios ha mostrado la valentía del que huye, comparecía esta tarde en el Congreso de los Diputados no para dar la cara, sino para buscar enemigos de usar y tirar. No vino a dar explicaciones. Vino a señalar. Y señaló a Iker Jiménez.
Hay cobardías de distinto rango. La del que se esconde es la más ruin, pero la del que desde el escaño vacío permite que otros carguen con el cadáver político es propia de un inquilino de la Moncloa que ha hecho de la huida su seña de identidad. El PP le llamó esta semana «cobarde», «cruel» y «déspota» por no acudir al Senado . Tenían razón. Pero lo de hoy es peor: Sánchez ha demostrado que no solo huye de las víctimas; también se ensaña con quienes le incomodan desde un plató.
El señalamiento: Del barro de Paiporta al accidente de Adamuz
Recordarán la imagen. Mientras Felipe VI y Letizia recibían piedras, barro e insultos en Paiporta con la entereza que exige la dignidad institucional, Sánchez era evacuado como un inquilino molesto al que la historia ya había expulsado. La prensa internacional lo retrató sin ambages: «El rey se queda, el presidente huye» . Aquella jornada quedará como la metáfora perfecta de un líder que jamás está cuando le necesitan, pero siempre aparece cuando puede ajustar cuentas.
Hoy, en sede parlamentaria, Sánchez ha vuelto a demostrar quién es. No ha venido a hablar del deterioro ferroviario, de las 46 almas de Adamuz ni de la víctima de Gelida. Ha venido a ejecutar una venganza de baja estofa contra un periodista que osó cuestionar su relato.
«Operan con el mismo registro que Iker Jiménez», espetó el presidente desde la tribuna . Y acto seguido, remató: «Es muy triste porque tiene audiencia. Hay gente dispuesta a creer cualquier cosa» .
Lean bien. No es un debate político. Es un presidente del Gobierno utilizando la máxima institución de la soberanía nacional para degradar a un comunicador al que ni siquiera es capaz de rebatir con argumentos. No le acusa de un delito. Le acusa de tener audiencia. Le acusa de que haya ciudadanos que le escuchen. En una democracia sana, eso se llama libertad de información. En la mente de Sánchez, eso se llama enemigo a batir.
La táctica del carnicero: Distraer mientras se desangra el gobierno
Conviene no perder de vista el contexto. El presidente no comparecía para hacer autocrítica por la gestión ferroviaria. Comparecía porque le obligaban las víctimas y la presión mediática. Y su estrategia fue la de siempre: generar humo, desviar la atención, inventar un enemigo exterior que explique lo inexplicable.
Antes fueron los jueces. Luego la oposición. Después la prensa internacional. Ahora le toca el turno a Iker Jiménez. Es la táctica del carnicero: cuando la carne se pudre en el mostrador, culpa al cliente que señala el mal olor.
Pero cuidado. Lo que diferencia a Sánchez de otros inquilinos de la Moncloa no es que critique a un periodista. Es cómo lo hace, dónde lo hace y con qué intención lo hace. No estamos ante el rifirrafe propio de la bronca política. Estamos ante el señalamiento explícito desde el atril que otorga el poder absoluto del hemiciclo, recibiendo además los aplausos cómplices de su bancada.
«Hasta aquí hemos llegado»: La reacción de sus propias filas
Resulta revelador que hayan sido voces tradicionalmente próximas al sanchismo, o al menos no situadas en la trinchera de la derecha, las que han expresado su repulsa con mayor claridad. Risto Mejide, desde el programa que él mismo dirige, no dudó en calificar lo ocurrido como propio de «república bananera» .
«Señor presidente, hasta aquí hemos llegado. Cualquiera que ataque la libertad de expresión nos va a encontrar enfrente, empezando por usted» . La advertencia de Mejide no es menor. Tampoco lo es la de Susana Díaz, expresidenta de Andalucía y otrora bastión del socialismo, que sentenció: «El presidente del Gobierno no debe, ni en la tribuna del Congreso ni en ninguna tribuna, señalar a ningún medio» .
Cuando quienes han militado en las filas del PSOE o han sido benevolentes con Sánchez alzan la voz, el problema deja de ser ideológico para convertirse en democrático.
La cobarde miseria del que señala sin pruebas
Sánchez acusa a Jiménez de difundir «bulos», «desinformación» y «odio» . Pero el presidente, que disfruta del blindaje del atril y de la complicidad de una mayoría de la Cámara, no ofrece ni una sola prueba. No desmiente una información concreta. No aporta un dato. No rebate un argumento. Se limita a etiquetar, a deshumanizar, a convertir al periodista en una categoría desechable.
Eso no es defender la verdad. Eso es ejercer el poder con la miseria del que sabe que no puede ganar el debate de las ideas, así que opta por fusilar al mensajero.
Lo más grave, sin embargo, no es el ataque a Jiménez. Es el desprecio que Sánchez exhibe hacia los ciudadanos que lo siguen. Decir de un periodista que «es triste que tenga audiencia» no es una crítica profesional. Es un insulto a millones de españoles que cada noche se sientan ante el televisor para escucharle. Es llamarles incautos, manipulables, menores de edad cognitiva. Es, en definitiva, tratar al pueblo con el mismo desdén que Sánchez reserva para los adversarios incómodos.
El autoritarismo de guante blanco
Llevamos años asistiendo a la deriva de un presidente que ha naturalizado el insulto como herramienta de gobierno. Pero lo de hoy supone un salto cualitativo. Porque Sánchez no se limitó a descalificar a la oposición, lo que entraría en la categoría de lo esperable. Sánchez utilizó el nombre de un periodista concreto, mencionado expresamente en dos ocasiones, para ejemplificar aquello que, según él, corrompe la democracia.
La paradoja es tan grotesca como peligrosa: el presidente señalando a un periodista desde la sede de la soberanía nacional mientras acusa a otros de señalar. La hipocresía, como siempre, vuela en helicóptero mientras el barro cubre a los reyes.
Conviene recordar que Jiménez no es un activista. No es un cargo público. No es un adversario político. Es un comunicador que ejerce su profesión con libertad y que, como tantos otros, ha sido crítico con la deriva autoritaria de un gobierno que confunde mayoría parlamentaria con propiedad privada de la realidad.
El honor de ser señalado por Sánchez
Si algo ha conseguido Sánchez con este innoble espectáculo es otorgar a Iker Jiménez un reconocimiento que ningún premio podría igualar: la certeza de que su trabajo incomoda al poder hasta el punto de merecer una mención expresa en sede parlamentaria.
En los regímenes que agonizan, los líderes débiles siempre buscan chivos expiatorios. Necesitan distraer, necesitan desviar, necesitan que el foco no ilumine los trenes que descarrilan, las listas de espera que se alargan, la corrupción que anida en los sótanos del poder. Necesitan, en definitiva, que usted no mire hacia allí.
Hoy Pedro Sánchez quiso que miráramos a Iker Jiménez. Y nosotros, los que aún creemos que la libertad de prensa no es negociable, le respondemos: gracias, señor Jiménez, por seguir ahí. Y al presidente: no nos distraerá.
La cobardía se retrata sola. Usted lo hizo hoy, desde el atril, señalando a un periodista mientras España entera esperaba respuestas sobre 47 muertos.
Esa es su miseria. Y nunca podrá esconderse de ella.









