Justicia Retroactiva: El Gobierno Declara Ilegítimo Fusilar a un Asesino, y Todos Nos Quedamos Perplejos

Dic 12, 2025

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Justicia retroactiva: cuando la historia se reescribe al gusto del poder

En un alarde de originalidad histórica que dejaría en evidencia a cualquier novelista barato, el Gobierno ha decidido que los asesinos pueden ser santos, y los fusilamientos de la dictadura, injusticias jurídicas. Sobre todo si los fusilados pertenecían a organizaciones terroristas. El caso de Juan Paredes Manotas, Txiki, fusilado en 1975, es el más reciente ejemplo de esta alquimia moral que convierte plomo histórico en oro político.

Del terrorismo al martirologio: un manual de instrucciones

¿Qué se necesita para que un miembro de ETA político-militar —condenado en un consejo de guerra por el asesinato de al menos dos policías— se transforme en víctima ejemplar de la represión franquista? El primer paso, obviamente, es ignorar meticulosamente a sus víctimas.

Juan Paredes, Txiki, fue juzgado por un consejo de guerra sumarísimo el 19 de septiembre de 1975. El delito: su participación en un atraco a una sucursal del Banco Santander en Barcelona el 6 de junio de ese año, durante el cual murió por un tiroteo el cabo primero de la Policía Armada Ovidio Díaz López. Antes de eso, ya se le relacionaba directamente con el atentado mortal contra el subinspector de policía José Díaz Linares en San Sebastián, el 29 de marzo de 1975. La legalidad vigente (que no «franquista», como si el código de justicia militar fuera una entelequia) lo condenó a muerte aplicando el artículo correspondiente.

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El segundo paso es construir un relato de víctima perfecta: joven (21 años), de origen humilde, hijo de la emigración extremeña, torturado en comisaría, con un juicio exprés. Los matices —como que era miembro de un «comando especial» de ETA o que su propio hermano reconoce que «algo haría… tuvo varios tiroteos con la Guardia Civil»— quedan para la posdata. Lo que importa es el símbolo: el Che Guevara euskaldun, como lo describen algunos.

La farsa jurídica: ¿de quién?

Se acusa al proceso de ser una farsa judicial, y con razón en muchos aspectos. Juicio sumarísimo, defensa con apenas horas para preparar el caso, acusaciones de torturas. Sin embargo, la aplicación retroactiva de la ley no fue un invento de aquel consejo de guerra. El Decreto-Ley Antiterrorista de agosto de 1975 se aplicó con carácter retroactivo precisamente para estos casos. La dictadura murió matando, como señalan los historiadores, y usó todas las herramientas legales a su alcance para hacerlo.

El verdadero ejercicio de justicia retroactiva lo vemos ahora, medio siglo después. Mientras el Tribunal Constitucional ha recordado sistemáticamente que la Carta Magna no tiene efectos retroactivos y que no se pueden rejuzgar actos de poder anteriores a su vigencia, el legislativo contemporáneo parece empeñado en hacer justicia poética —o política— con cuentas del pasado.

La santificación selectiva de la memoria

Lo más fascinante de este proceso es su selectividad. Txiki y su compañero Ángel Otaegui han pasado de ser presentados como mártires de ETA a ser reconocidos como «víctimas de la violencia política» e incluso como «luchadores por la democracia». Esta metamorfosis no es orgánica: responde a una patrimonialización política de su memoria. Su historial terrorista —y el de las personas que asesinaron— se desdibuja en el relato.

Mientras, las víctimas de ETA, los policías Díaz López y Díaz Linares, y cientos más, permanecen en un segundo plano del relato histórico oficial. Sus nombres no inspiran canciones como Al alba de Luis Eduardo Aute, compuesta por los fusilamientos de 1975. Sus historias no son reivindicadas por plataformas memorialistas. Su dolor no se transforma en capital político.

La perplejidad calculada

Dicen que todos nos quedamos perplejos ante estas declaraciones de ilegitimidad. Pero la perplejidad es un lujo que no nos podemos permitir. Lo que estamos presenciando no es un ejercicio de justicia histórica, sino de ingeniería memorial. Se trata de reescribir el pasado para que encaje en el presente, de crear mártires donde hubo militantes armados, y de dibujar una línea nítida entre buenos y malos que la historia, en su complejidad, nunca ha tenido.

Franco fusiló a cinco personas el 27 de septiembre de 1975, entre ellas a un terrorista de ETA. Que un gobierno democrático, medio siglo después, decida que aquella ejecución fue «ilegítima» es quizás la prueba definitiva de que, en España, la historia no la escriben los vencedores, sino quienes tienen la mayoría parlamentaria suficiente para nombrar comisiones de la verdad.

Al final, como resume con ironía el hermano de Txiki: «Pues coño, era de un comando, no estaba escribiendo un libro…». Exacto. Y los miembros de los comandos que matan policías suelen acabar mal, en todas las dictaduras y en todas las democracias. Revisar aquellos juicios por sus irregularidades es justo. Convertir a sus protagonistas en iconos democráticos es, simplemente, cinismo histórico en estado puro.

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