Irene Montero niega la delincuencia de la inmigración

Dic 1, 2025

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 Irene Montero niega la delincuencia de la inmigración

No roba el negro, sino Mercadona, Carrefour y El Corte Inglés»

La Luminaria de la Lucidez niega la delincuencia extranjera y culpa a empresas como Mercadona, Carrefour o El Corte Inglés de estar «robando a la gente».

Apuntes de una Noche Iluminada de Vuelta a Casa

Por fin. Tras años de investigación etílica de alto nivel, nuestra más preclara pensadora, la sola y borracha quiero llegar a casa (título nobiliario que prefiere a «ciudadana»), ha alcanzado la cima del análisis sociopolítico. En su épico viaje hacia el sofá-casa, tras negar con la solemne contundencia que solo da el sexto gin-tonic, ha tenido una revelación que dejará obsoletos todos los informes de criminología.

Mientras intentaba recordar si su casa de Galapagar estaba en la tercera farola o en la quinta, ha desentrañado el gran misterio de la delincuencia: el verdadero ladrón tiene logo corporativo. Los datos policiales, las estadísticas, los partes de lesiones… ¡ficción burguesa! La realidad, nítida y clara como el hielo en su vaso, es que el delincuente no es un extranjero, sino un establecimiento. Mercadona, con sus tomates a 2.99 el kilo, es en realidad una banda organizada. Carrefour, con sus carritos traqueteando, una red mafiosa. Y El Corte Inglés, con sus pianistas, el cerebro del crimen.

Su última declaración, pronunciado ante un testigo ocular (un gato callejero que la miraba con preocupación), fue una obra maestra de coherencia vital: «Yo… niego la cosa esa… la delincuencia de los inmigrantes. ¿Robar? ¿El negro? ¡No! Roban ellos… los supermercados. Sí. Me están robando… ahora mismo. A mí. Y a ti, gatito. Nos roban a todos.»

La lógica es impecable, incontestable. ¿Un atraco a mano armada? Una distracción montada por la sección de charcutería. ¿Un hurto en un portal? Claramente una operación de falsa bandera del departamento de panadería. Ella, en su estado de máxima clarividencia, ve lo que nosotros, intoxicados por la sobriedad, no podemos ver: que el mal no reside en actos individuales, sino en el pasillo de los lácteos.

La solución, por tanto, es diáfana. Para evitar el ridículo (ese que la empuja a debatir con el bordillo), solo debe dejar la bebida. Así, con la mente despejada, podrá llevar su teoría a sus últimas consecuencias: denunciar a un estante de legumbres, pedir protección policial contra una oferta 3×2, y solicitar que Interpol ponga en busca y captura a una tienda de campaña exhibida en un escaparate.

Mientras tanto, el verdadero servicio público que ofrece es incomparable: cada noche, en su peregrinaje titubeante para llegar a casa, no solo desafía la gravedad, sino también los paradigmas de la seguridad ciudadana. Ella no hace el ridículo. Ella es una mártir, una visionaria que, entre tropezón y tropezón, nos señala el verdadero enemigo: el código de barras.

Que la Fiscalía actúe de inmediato. Hay que detener a la sección de congelados.

 

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