Inés Hernand y el lenguaje ambiguo: cuando la comunicación ligera ofende la memoria

Dic 7, 2025

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La ignorante del día o la sectaria del año

La comunicadora de RTVE Inés Hernand ha vuelto a situarse en el centro de una tormenta de opinión. En un encuentro reciente con concursantes de Operación Triunfo, hizo una observación sobre la «tergiversación» en torno a la organización terrorista ETA y afirmó que «la izquierda abertzale vasca era pacifista». Esta declaración, realizada en un contexto informal y dirigida principalmente a una audiencia joven, despierta una reflexión crítica sobre la responsabilidad de las figuras públicas al abordar capítulos trágicos y complejos de la historia reciente.

El recorrido de una comunicadora sin valores

Para entender el impacto de sus palabras, es útil conocer el perfil de quien las pronunció. Inés Hernand (1992) es abogada y comunicadora, con una trayectoria que combina espacios de entretenimiento juvenil y contenidos de opinión. Se dio a conocer a través de YouTube y saltó a la televisión pública presentando ‘Gen Playz’, un programa de RTVE Play dirigido a la generación Z. Su estilo desenfadado y su capacidad para conectar con audiencias jóvenes le han valido reconocimientos como un Premio Ondas y la conducción de eventos como el Benidorm Fest.

Sin embargo, su espontaneidad también le ha traído polémicas. Durante la retransmisión de los Premios Goya 2024 para RTVE Play, protagonizó un momento viral al gritar «¡Eres un icono, presi!» al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, lo que generó críticas sobre la neutralidad de la televisión pública. Este historial de declaraciones controvertidas en entornos de entretenimiento hace que sus recientes comentarios sobre ETA no sean un hecho aislado, sino parte de un patrón donde los límites entre la opinión personal y la responsabilidad profesional parecen difuminarse.

El contexto de una afirmación cuestionable

La afirmación de que «la izquierda abertzale vasca era pacifista» es problemática por varias razones, más allá del análisis histórico. Según sentencias judiciales del Tribunal Supremo español y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, organizaciones como Herri Batasuna –antecesora de la actual EH Bildu– fueron consideradas parte del entramado de ETA y por ello ilegalizadas. La izquierda abertzale ha sido históricamente descrita como el «brazo político» de la organización terrorista, lo que hace que calificarla de «pacifista» resulte, cuando menos, una simplificación extrema que ignora esta realidad jurídica e histórica.

Esta declaración se enmarca en un presente donde la instrumentalización política del pasado sigue viva. Por ejemplo, medios de comunicación han documentado recientemente cómo en fiestas populares del País Vasco y Navarra, a menudo con el impulso de formaciones como EH Bildu, se siguen realizando actos que algunos colectivos de víctimas denuncian como de «legitimación pública de ETA». En paralelo, organizaciones como Sare, vinculadas a la izquierda abertzale, continúan exigiendo la liberación de presos de la banda, argumentando que su situación penitenciaria es una excepcionalidad. En este contexto, calificar a ese movimiento como históricamente «pacifista» no es un análisis académico: es una toma de posición que borra las líneas rojas de la convivencia democrática.

Reflexión final: ¿Dónde están los límites?

El caso de Inés Hernand trasciende a la comunicadora en sí y plantea preguntas incómodas sobre nuestra esfera pública.

  • ¿Puede el formato «light» y el lenguaje juvenil servir de coartada para reescribir o banalizar la historia más cruda?
  • ¿Dónde termina la libertad de opinión de un colaborador mediático y dónde empieza la responsabilidad, máxime cuando se trabaja para un medio de comunicación público?

Los datos objetivos son tozudos: ETA asesinó a más de 850 personas, dejó un reguero de terror, extorsión y dolor durante décadas, y su brazo político fue ilegalizado por la justicia. Ante esta realidad, la calificación de «pacifista» aplicada a su entorno político no solo es históricamente inexacta, sino moralmente insensible hacia las víctimas y sus familias.

Las democracias necesitan debate, matices y reflexión sobre su pasado. Pero esa reflexión exige rigor, respeto y un reconocimiento claro de los hechos incontestables. Convertir el terrorismo en una mera «tergiversación» o en un tema complejo que «no se aborda en profundidad» por culpa de las redes sociales es una forma peligrosa de eludir la sustancia. La memoria de las víctimas y la salud de nuestra democracia merecen algo más que hot takes en un entorno de entretenimiento. Merecen, al menos, la verdad.

 

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