La impostora del 8M
Hoy es 8 de marzo. Día de la Mujer. Día de lucha, de reivindicación, de memoria por las que sufren y las que han sufrido. Y ahí estaba ella. Como no podía ser de otra manera. Irene Montero, con su cara de iluminada y esa mirada de mártir que ha perfeccionado a base de ensayos frente al espejo de su chalé con piscina.
Pero hoy, mientras se maquillaba para la ocasión, mientras se ajustaba su estilismo revolucionario, mientras prepara el discurso de heroína perseguida, debería haber ocurrir algo. Un milagro laico. Un momento de humanidad. Debería, por una puta vez, haberse mirado al espejo y haberse preguntado: ¿cómo coño tengo valor de salir después de haber traicionado a las mujeres?
Porque hoy, 8 de marzo, mientras ella desfila entre aplausos de sus fieles, hay mujeres que no podrán desfilar. Hay mujeres que están en sus casas, acurrucadas en un sofá, mirando la tele y viendo su cara y sintiendo que se les retuerce el estómago. Porque ellas sí saben lo que es sufrir de verdad. Ellas sí saben lo que es que te rompan por dentro. Y ahora también saben lo que es que la persona que debía protegerlas les haya regalado la libertad a sus agresores.
Las que no están hoy en la manifestación
El caso de María (nombre ficticio, como el de tantas), ayer el Tribunal Superior de Justicia de Murcia ha reducido de doce a diez años la condena de prisión impuesta a un hombre que agredió sexualmente a una niña de 14 años en la escalera de un edificio de Totana cuando la menor regresaba del colegio.
Hoy, 8 de marzo, mientras Irene Montero pasea su hipocresía por las calles, Toda la familia de María estará en su casa, con las persianas bajadas, preguntándose para qué coño sirvió denunciar.
Ana sufrió abusos durante años por parte de un familiar. El juicio fue un calvario. Revivir cada episodio, cada tocamiento, cada humillación. Finalmente, condena: 8 años. Pero llegó la nueva ley, la ley «más avanzada de Europa», y su agresor también se benefició. Salió en diciembre. Estas navidades, mientras Irene Montero felicitaba las fiestas con fotos familiares en Galapagar, Ana no podía dormir pensando que su violador estaba en la misma ciudad, en la misma puta ciudad, respirando el mismo aire.
Lucía fue violada en una fiesta por tres tipos. Los condenaron a 12 años. Entre todos. Ahora, con las revisiones, han salido dos. Dos. Están en la calle. Hoy, 8 de marzo, pueden estar en cualquier manifestación, mezclados entre la gente, viendo pasar a la mujer que les devolvió la libertad mientras ella sonríe y saluda como si nada.
Eso, Irene, son las consecuencias de tu soberbia. Eso es lo que has conseguido con tu ley «feminista». Eso es lo que vas a pisar hoy cuando pongas un pie en la calle.
¿Dónde está tu puta vergüenza?
No se le cae la cara de vergüenza. No. Ella va y desfila. Ella va y posa. Ella va y se deja querer por sus huestes mientras a sus espaldas, en algún lugar de España, un violador está desayunando tranquilamente, viendo la tele, quizás incluso planeando su próxima salida nocturna, gracias a ella.
Porque eso es lo que no te dicen en los mítines. Eso es lo que no sale en las fotos. Eso es lo que no cuenta en sus discursos de mártir. Los violadores le deben las gracias. Los agresores sexuales le deben la libertad. Las violaciones que puedan cometer estos hombres en el futuro también tendrán su firma.
Y ella, tan pancha. Con su verborrea de NO A LA GUERRA. Con su pose de Juana de Arco del postureo. Quemada en la hoguera, dice. Pero la hoguera la encendió ella. La leña la apiló ella. Y las víctimas son las que están ardiendo.
¡SOS, Interior, que me acosan los nazis que yo misma alimenté!… Leer Más →
La procesión va por dentro (o no)
Hoy, cuando la vean en la tele, fíjense bien. Miren sus ojos. Busquen un atisbo de duda. Una mínima grieta en el personaje. Un segundo de humanidad en el que recuerde que hay mujeres que no están desfilando porque su violador está en la calle gracias a ella.
No lo encontrarán. Porque no lo hay. Porque ella se cree de verdad su propio cuento. Porque ella es la primera convencida de que es una mártir, una heroína, una adelantada a su tiempo. Y los muertos (metafóricos y literales) que va dejando en el camino son solo daños colaterales de su particular cruzada.
Pero hoy es 8 de marzo. Y hoy, más que nunca, debería sentarse en un banco, apartarse de las cámaras, dejar su hipocresía y pensar en todas esas mujeres a las que ha fallado. Debería coger el teléfono y llamar a María, a Ana, a Lucía y a las más de mil mujeres cuyos agresores están en la calle gracias a ella. Debería pedir perdón. De rodillas. Sin cámaras. Sin focos. Sin postureo.
Pero no lo hará. Claro que no. Porque pedir perdón sería reconocer que se equivocó. Y eso, para alguien que ha construido su carrera sobre la infalibilidad moral, es imposible.
El 8M de la vergüenza
Así que hoy, 8 de marzo de 2026, mientras Irene Montero desfila con su corte de iluminadas, en muchos hogares de este país hay mujeres que no pueden ni verla. Mujeres que apagan la tele cuando sale. Mujeres que cambian de canal cuando habla. Mujeres que sienten una mezcla de rabia, asco y tristeza al recordar que la persona que debía protegerlas terminó protegiendo a sus violadores.
Y mientras tanto, los violadores. Ellos, los únicos beneficiarios reales de su paso por el ministerio. Ellos, que hoy pueden estar en cualquier esquina, en cualquier manifestación, en cualquier bar, gracias a su ley. Ellos, que seguramente brindarán esta noche por la salud de la gran heroína feminista.
Porque al final, queridos, este es el resumen: Irene Montero ha conseguido que los violadores celebren el 8 de marzo. Y lo peor es que ella ni siquiera es consciente. O quizás lo es y le importa una mierda. Porque lo suyo no es el feminismo. Lo suyo es el postureo, el escaparate, el personaje. Y el personaje, hoy, necesita salir a la calle.
Epílogo para una impostora
Así que nada, Irene. Que hoy es tu gran día. Que hoy tu foto con todas tus compañeras. Que hoy te aplauden, te abrazan, te dicen «guapa, valiente, luchadora». Que hoy eres la heroína.
Pero no te olvides. Por debajo de los aplausos, hay un rumor sordo. Son ellas. Las que no están. Las que no pueden estar. Las que están en sus casas con las persianas bajadas. Las que ven tu cara en la tele y sienten que les falta el aire.
Y susurran. Todas a la vez. Un murmullo que crece:
«Vergüenza debería darte».
Y tienen razón. Pero tú no la oyes. O no quieres oírla. Porque estás muy ocupada siendo la mártir, la santa, la Juana de Arco del postureo.
La que liberó violadores en nombre del feminismo.
Feliz 8 de marzo, Irene. Que lo disfrutes.
Las víctimas, mientras tanto, no pueden.









