Alfonso Ussía, el último irreverente: un homenaje a la pluma mordaz e indomable
Hoy el 5 de diciembre de 2025, a los 77 años, falleció en Ruiloba, Cantabria, el escritor y periodista Alfonso Ussía y Muñoz-Seca, uno de los últimos exponentes del humor satírico y la crítica social sin concesiones en las letras españolas. Su muerte deja un vacío en el periodismo y la literatura que se caracterizaba por un estilo único, heredero de una tradición clásica pero aplicado con mordacidad a los temas más candentes de la actualidad.
Desde sus inicios escribiendo poesía satírica hasta convertirse en un columnista imprescindible en medios como ABC, La Razón, COPE o, más recientemente, El Debate, Ussía demostró que la inteligencia y la ironía podían ser armas literarias de primer orden. Durante más de cinco décadas, su pluma no conoció el miedo ni la corrección política, lo que le valió tanto la admiración incondicional de muchos lectores como no pocas polémicas y enfrentamientos.
Una vida entregada a la escritura
Nacido en Madrid el 12 de febrero de 1948 en el seno de una familia con tradición literaria —era nieto del dramaturgo Pedro Muñoz Seca—, Ussía siempre estuvo destinado a las letras, aunque de manera autodidacta y sin completar formalmente sus estudios universitarios. Su primer trabajo en el servicio de documentación del diario Informaciones fue la puerta de entrada a una carrera prolífica. Pronto destacó por un talento que combinaba la aguda observación social con un humor de raíz británica, elegante e inteligente, poco común en el panorama nacional.
Su legado es monumental: más de 40 libros publicados y más de 20.000 artículos, en los que abordó desde la política hasta las costumbres, siempre con un estilo inconfundible. Fue reconocido con los más prestigiosos galardones del periodismo español, como el Premio González Ruano y el Mariano de Cavia, además de distinciones como la Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo y la Medalla de Oro de Madrid.
El creador de mundos y personajes
Ussía no se limitó al artículo de opinión. Fue un creador de universos literarios habitados por personajes entrañables y grotescos, a través de los cuales radiografiaba la sociedad. El más célebre de todos fue, sin duda, el marqués de Sotoancho, un peculiar señorito andaluz de La Jaralera —una finca entre Cádiz y Sevilla— cuyas memorias, ilustradas por su amigo Barca, se convirtieron en una serie de éxito. Pero también dio vida a otros como Floro Recatado (un entrenador de fútbol argentino), el doctor Gorroño o Jeremías Aguirre, a los que ponía voz en sus colaboraciones radiofónicas.
Su humor, a menudo transgresor, buscaba siempre provocar la reflexión a través de la risa, sin pudor ni vacilación. Como él mismo dejó escrito en una de sus máximas: «El buen humor es el mejor traje que puede llevarse en la sociedad».
El polemista incansable
La coherencia y la falta de miedo a las consecuencias definieron su trayectoria. Ussía escribía «lo que le daba la gana», algo que en la era de la corrección política lo convertía en una figura anacrónica y, para muchos, necesaria. Esta actitud le llevó a enfrentamientos legales y a abandonar medios, como cuando dejó ABC tras la polémica por su artículo «El cerdo vasco» en 2004. Condenas por injurias a figuras públicas, como Lionel Messi o Corinna Larsen, fueron parte del precio de mantener una voz libre y cáustica, que él consideraba un tributo al «talento de antepasados como Quevedo».
Hasta el final, su compromiso fue con la escritura. Su compañero Ramón Pérez-Maura reveló que, incluso después de recibir la Extremaunción, Ussía siguió dictando artículos a su hija Isabel «hasta quedarse sin voz», el último de ellos solo unos días antes de su muerte.
Un legado personal y literario
Su partida deja un profundo dolor en su familia —su esposa Pili, sus tres hijos y ocho nietos— y en el oficio del periodismo. Su hijo, el también escritor Alfonso J. Ussía, le dedicó una desgarradora y bella despedida en ABC, donde resume el vacío que deja: «Leyéndote supe quién eras; escribiéndote puedo decirte adiós. Las verdades que duelen son las que fundan la literatura. Por eso importa».
Alfonso Ussía se marcha, pero su obra, su risa contagiosa y su ejemplo de independencia intelectual perduran. Como bien señalaba un reciente homenaje, en una sociedad que dicta desde arriba cómo hay que hablar y escribir, «no merecía la pluma sardónica de Don Alfonso». Los que sí la merecíamos, los lectores, nos quedamos con el consuelo de sus libros, sus artículos y la certeza de que, en el panorama cultural español, «el último irreverente» ya tiene un sitio reservado en la historia.









