Glenna Cabello: La legitimidad perdida de una cónsul cómplice

Ene 10, 2026

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La sangre en el expediente de un apellido

El pasado domingo, mientras cientos de personas se congregaban en Bilbao convocadas por la plataforma Hegoak, la cónsul de Venezuela, Glenna del Valle Cabello, tomó la palabra para proclamar un mantra gastado: «Venezuela es de los venezolanos» y «nosotros nos gobernamos a nosotros mismos». Sin embargo, estas palabras, pronunciadas con el fervor de la retórica revolucionaria, no salían de la boca de una funcionaria cualquiera. Eran el arma dialéctica de una pieza clave en el engranaje de una de las familias que ha capturado el Estado venezolano, convirtiéndolo en un instrumento de enriquecimiento, represión y crimen organizado.

Glenna Cabello es la hermana de Diosdado Cabello, el hombre que durante años ha sido señalado como el jefe de la facción militarista del chavismo y cuya recompensa por el gobierno de Estados Unidos asciende a 25 millones de dólares, al estar vinculado al Cartel de los Soles. Mientras ella hablaba en Bilbao de soberanía, su hermano, desde Caracas, encabezaba recorridos con «un mini ejército de uniformados, fusil en mano» y desplegaba grupos paramilitares «armados y encapuchados» para controlar barrios populares, imponiendo toques de queda y restringiendo libertades bajo el amparo de un decreto de conmoción.

La soberanía como escudo para el narco-Estado

La acusación no es retórica política; es una imputación jurídica internacional. Como se ha señalado en foros de debate, Nicolás Maduro no está cuestionado solo por su ideología, sino por estar formalmente acusado por la justicia de Estados Unidos de delitos penales gravísimos: narcotráfico internacional, crimen organizado y colaboración con organizaciones terroristas. El llamado Cartel de los Soles habría utilizado las instituciones del Estado venezolano para traficar drogas. El derecho internacional es claro: la inmunidad de un jefe de Estado no cubre delitos comunes graves, y un Estado que protege a acusados de esta naturaleza se convierte en refugio del crimen.

Por ello, el discurso de Glenna Cabello en Bilbao no es una defensa de la soberanía, sino el intento cínico de usar ese principio sagrado como un escudo para un narco-Estado. Cuando afirma que la lucha contra el narcotráfico es una «instrumentalización» y una «agresión», está, en realidad, pidiendo inmunidad para una estructura criminal que ha saqueado al país y ha sumido a su pueblo en la miseria.

Una diplomacia del exilio forzado y la complicidad

La hipocresía alcanza su punto más obsceno cuando se contrasta su papel diplomático con la realidad de los venezolanos a los que pretende representar. España alberga a casi 600.000 venezolanos, la mayoría exiliados forzosos de la crisis económica y la represión política del régimen que ella defiende. Entre ellos se encuentra el ganador de las elecciones presidenciales de 2024, Edmundo González Urrutia . La propia comunidad venezolana en Bilbao ha vetado su participación en foros sobre migración, rechazando ser representada por la hermana de uno de los hombres más poderosos del régimen que los expulsó.

Mientras millones huían, la familia Cabello consolidaba su poder. La reciente «transición» en Venezuela, tras la captura de Maduro, ha dejado al descubierto la pugna entre las familias del chavismo, donde los Cabello representan el ala militarista que se resiste a cualquier cooperación, denunciando como «traición» lo que otros ven como necesidad. Glenna Cabello fue, de hecho, la única voz de la diplomacia bolivariana que rompió filas para dar un mitin callejero tras la captura de Maduro, atacando ferozmente a Estados Unidos. Su lealtad no es con el pueblo venezolano, sino con la estructura de poder familiar que está dispuesta a todo para sobrevivir.

El grito de Bilbao, un insulto a la diáspora

El llamado de Glenna del Valle Cabello en Bilbao a «activarse» es, por tanto, una burla cruel. Es la convocatoria a defender, desde la seguridad de Europa, el mismo régimen que ha creado centros de tortura como El Helicoide —bajo el control de su hermano— y que ha provocado una de las mayores crisis humanitarias y migratorias del continente.

Su discurso no es patriótico; es patrimonial. «Venezuela es de los venezolanos», dice. Pero en el diccionario de los Cabello, «venezolanos» solo significa su círculo de poder. La verdadera soberanía, la que emana del pueblo y se ejerce con libertades, con justicia y sin hambre, fue la primera víctima del régimen al que esta cónsul sirve. Su grito en Bilbao no resuena como un principio, sino como el último estertor de una complicidad familiar que el mundo ya ha juzgado.

 

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