El síndrome del pacifista selectivo: Sánchez condena a EEUU e Israel, pero calla ante los verdugos de Irán

Feb 28, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El síndrome del pacifista selectivo: Sánchez condena a EEUU e Israel, pero calla ante los verdugos de Irán

El Gobierno aprovecha el ataque para agitar el fantasma del «imperialismo» y contentar a su izquierda, mientras deja a los españoles atrapados en medio del fuego cruzado de su propia incoherencia

La maquinaria de propaganda de La Moncloa se ha puesto en marcha una vez más. Ante el ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Irán, Pedro Sánchez ha salido a la palestra para condenar la «acción militar unilateral» y exigir una «desescalada inmediata» y el «diálogo» . Nadie en su sano juicio podría estar en contra de la paz, pero cuando las palabras las pronuncia este presidente, hasta los conceptos más nobles huelen a oportunismo rancio. Sánchez vuelve a vestirse con el traje de estadista global y antibelicista, pero lo hace, como siempre, cuando le conviene y ante quien le conviene.

La postura del jefe del Ejecutivo, replicada al unísono por su séquito de ministros, parece redactada en el mismo departamento de marketing que le escribe los discursos sobre la «España verde» o la «justicia social». Yolanda Díaz calificó la operación de «nueva operación imperialista», Mónica García vio en ello un complot contra el «orden mundial» y Ernest Urtasun, en un alarde de originalidad, lo tildó de «unilateral e ilegal». Todos a una, como los mosqueteros, pero en lugar de luchar por la reina, luchan por la foto y el titular que les reactive a una izquierda desmovilizada y desencantada con sus tejemanejes internos.

El primer acto de hipocresía

Reside en el silencio cómplice que este mismo Gobierno mantiene con otros actores internacionales que siembran el caos a diario. Es fácil condenar a Estados Unidos e Israel, los villanos favoritos del guion populista. Pero, ¿dónde estaba la voz de Sánchez cuando el régimen iraní, al que ahora menciona de pasada para fingir equilibrio, aplasta a las mujeres que protestan por un mal puesto el velo? ¿Dónde está su exigencia de «diálogo» con las dictaduras teocráticas que financian el terror en toda la región? La mención a la «Guardia Revolucionaria» suena a pegote, a concesión obligada para que el texto no sea un panegírico a los ayatolás.

El segundo acto de hipocresía

Es su desmarque constante de los aliados cuando la ocasión lo pone en el centro de la escena. La Unión Europea, con toda su burocracia y tibieza, decidió no condenar el ataque y limitarse a calificar la situación de «muy preocupante» . Pero Sánchez necesita proyectar una imagen de líder global, de referente moral de la progresía mundial. Necesita diferenciarse para que las bases de la izquierda, que ven conspiraciones imperialistas en cada movimiento de Washington, vuelvan a ilusionarse con las siglas . Es la política exterior como un reality show: «Sánchez, el rebelde con causa», frente a la Europa cobarde y los Estados Unidos de Trump, a quien utiliza como espantajo para agitar a su electorado cada vez que las encuestas se tuercen.

Pero la mayor de las indignaciones es ver a un presidente que ha hecho de la «geometría variable» su seña de identidad erigirse en paladín del derecho internacional. Este es el mismo Sánchez que alaba la labor de ONGs como Open Arms mientras su gobierno mira hacia otro lado en las fronteras sur. El mismo que pacta con Bildu y ERC, deslegitimando el orden constitucional, y luego pontifica sobre el orden internacional. El mismo que demoniza a la oposición por sus «insultos» mientras su vicepresidenta llama «imperialista» a una acción militar sin ofrecer una alternativa real.

Su exigencia de «retomar el diálogo» suena a chiste. ¿Qué diálogo? ¿El mismo diálogo que propone en Cataluña, que consiste en ceder ante las exigencias de los golpistas? ¿O el diálogo que practica con Marruecos, que consiste en asentir mientras se saltan la valla de Melilla a golpe de gendarmería? Sánchez es un antibelicista de salón, de esos que tuitean desde la comodidad de La Moncloa mientras pide a los 158 españoles atrapados en Irán que se las apañen para salir del país por su propio pie.

Mientras, la oposición, en su papel de convidado de piedra, se limita a pedir «contención» y planes de evacuación, sin confrontar la inutilidad de una política exterior que navega entre el complejo de inferioridad y el postureo.

En resumen, Sánchez condena el ataque no porque le duela la guerra, sino porque necesita un enemigo exterior para ocultar su gestión nefasta y sus pactos vergonzantes. Su pacifismo es una pose, su diálogo, una trampa, y su condena, un brindis al sol para que sus huestes sigan aplaudiendo mientras el mundo se quema y él, como Nerón, sigue tocando la lira en las redes sociales.

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