El síndrome de la izquierda selectiva: Rufián, los derechos humanos y la geometría variable de la indignación

Mar 1, 2026

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Las recientes declaraciones del portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, sobre el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a Irán han destapado una vez más la incomodidad que supone para ciertos sectores de la izquierda aplicar sus principios de manera universal. Al tachar a Donald Trump y Benjamín Netanyahu de «genocida y pedófilo», Rufián ha logrado un doble efecto: clavar la bandera del antimperialismo más rudimentario mientras hace equilibrios para no mirar de frente las violaciones de derechos humanos que emanan de Teherán.

La geometría variable de la indignación

«Esto va de que un genocida y un pedófilo se creen los amos del mundo». Con esta contundencia se expresaba Gabriel Rufián en sus redes sociales, refiriéndose al ataque contra Irán. En su mensaje, el dirigente republicano ironizaba sobre el bombardeo de una escuela en la que, según él, habrían muerto 80 niñas, y cargaba contra la hipocresía de quienes defienden la libertad selectivamente.

El problema del discurso de Rufián no reside en la denuncia de un ataque que, efectivamente, ha sido condenado por la ONU y diversas organizaciones internacionales. El alto comisionado de la ONU para los derechos humanos, Volker Türk, ya advirtió que «las bombas y los misiles no son la manera de resolver las diferencias» y que «son los civiles quienes acaban pagando el precio más alto» . La Cruz Roja también alertó sobre las «consecuencias potencialmente devastadoras para los civiles».

El problema es el silencio ensordecedor que precede y sigue a este tipo de declaraciones. Rufián supone «que los salvapatrias que hace semanas defendían ‘a las mujeres de Irán’ estarán hoy indignadísimos». Pero la pregunta incómoda es: ¿dónde estaba Rufián y la izquierda que dice representar cuando el régimen de los ayatolás, al que ahora defienden de facto, asesinaba a mujeres y homosexuales en sus propias calles?

El régimen que nunca es «nuestro» problema

La historia reciente de Irán es un catálogo de atrocidades que harían temblar a cualquier defensor de los derechos humanos que se precie. La represión de la revuelta «Mujer, Vida, Libertad», desencadenada tras el asesinato de Mahsa Amina a manos de la «policía de la moral» en 2022, dejó cientos de muertos y miles de detenidos. Las ejecuciones de manifestantes, muchas de ellas públicas y en grúas, fueron la respuesta de un régimen teocrático que no duda en ahorcar a homosexuales o lapidar a mujeres adúlteras.

Sin embargo, cuando Irán mata, una parte de la izquierda internacional tiende a mirar hacia otro lado. La condena se vuelve timorata, se matiza con el «contexto geopolítico» o se diluye en la complejidad de la región. No es Israel ni Estados Unidos, así que no merece el mismo epíteto. No es «el amo del mundo», así que su barbarie es simplemente «la otra cara» de un conflicto asimétrico.

Rufián parece olvidar que el régimen iraní al que hoy defiende del ataque «yanqui-sionista» es el mismo que financia a Hamás y a Hezbolá, y cuyo ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, utiliza tribunas internacionales para acusar a Israel de genocidio mientras su país practica una de las versiones más duras del integrismo islámico.

El petróleo y el postureo

Rufián apunta también al cinismo de quienes «defendían a las mujeres de Irán» y hoy no dicen nada. Pero el cinismo mayor quizá sea el suyo al insinuar que el ataque «nada tiene que ver» con que el barril de petróleo pueda llegar a 100 dólares. Porque si de algo entienden los regímenes teocráticos es de saquear sus propios recursos y de utilizar el petróleo como arma geopolítica. Pero claro, esa crítica solo parece válida cuando el que presiona es «el imperio».

El discurso del portavoz de ERC representa una izquierda anclada en los esquemas de la Guerra Fría, donde el mundo se dividía en buenos (los que resisten al imperialismo) y malos (EE. UU. y sus aliados). En ese maniqueísmo, cabe condenar a Trump por pedófilo y a Netanyahu por genocida, pero no cabe preguntarse por qué las mujeres iraníes siguen siendo apaleadas por no llevar bien puesto el velo, o por qué los homosexuales deben huir de Teherán para no ser arrojados desde un tejado.

La conclusión es tan sencilla como demoledora: si toda tu estructura moral se tambalea cuando el agresor no es el de siempre, quizá no tengas una estructura moral, solo una táctica política. Mientras la izquierda como la de Rufián siga aplicando la geometría variable a la defensa de los derechos humanos, seguirá siendo cómplice, por acción u omisión, de todos los genocidas y todos los pedófilos que se sientan en cualquier trono, sea este de Washington, Tel Aviv, Teherán o el País de Nunca Jamás.

 

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