El régimen de Sánchez entrega las universidades a los herederos de ETA

Mar 2, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El régimen de Sánchez entrega las universidades a los herederos de ETA

Humo, bengalas y silencio cómplice en Vitoria mientras Bildu gobierna en la sombra

Esto ya no es política de apaciguamiento. Es rendición sin condiciones. Mientras Pedro Sánchez negocia en Madrid cada voto de Bildu con cesiones que manchan la memoria de las víctimas, en el País Vasco los radicales abertzales han entendido que tienen un cheque en blanco para tomar las calles, vaciar las universidades y reescribir la historia a golpe de bengala y pintura. Lo ocurrido esta mañana en el campus de Vitoria no es un acto vandálico aislado: es la consecuencia lógica y previsible de un Gobierno que ha convertido la dignidad del Estado en moneda de cambio para seguir en la Moncloa.

Los simpatizantes de Gazte Koordinadora Sozialista (GKS) han vuelto a sembrar el terror en las aulas de la Universidad del País Vasco. Con la impunidad que otorga saber que el rector José Ramón Bengoetxea solo actúa contra los partidos constitucionalistas, los radicales han irrumpido megáfono en mano, han lanzado botes de humo y bengalas en los pasillos y han obligado a profesores y alumnos a desalojar las clases entre consignas sobre el 3 de marzo de 1976. La comunidad universitaria, una vez más, rehén de la violencia callejera que el sanchismo se niega a condenar con hechos.

Y mientras los estudiantes huían de las aulas tosiendo por el humo, mientras los profesores intentaban proteger a sus alumnos de esta estampa propia de los peores años de plomo, el rector Bengoetxea —el mismo que hace una semana cerró el campus como «cordón sanitario» para impedir un acto de Vox— miraba hacia otro lado. Porque en la universidad pública vasca, bajo la dirección de este equipo rectoral, hay enemigos de primera y enemigos de segunda: Vox es el diablo al que hay que vetar, pero los radicales proetarras son «colectivos antifascistas» con los que se negocia la paz social a cambio de impunidad.

La hipocresía institucional elevada a categoría

La decisión de Bengoetxea de suspender las clases por la visita de un partido legal ya había levantado ampollas entre los propios docentes. Cuatro exvicerrectores y medio centenar de profesores denunciaron entonces la «hipocresía» de un rector que permite que grupos como GKS y Ernai (las juventudes de Sortu) tomen las instalaciones con pancartas, pintadas y propaganda política sin el más mínimo reproche. Hoy hemos visto hasta dónde llega esa complicidad: no solo lo permiten, sino que lo facilitan con su silencio.

Porque no nos engañemos: cuando un rector cierra la universidad para impedir un acto de un partido constitucionalista y, una semana después, no mueve un dedo mientras unos encapuchados vacían las facultades a base de humo, está tomando un partido muy claro. Y ese partido no es el de la democracia, ni el de la convivencia, ni el de la libertad de expresión. Es el partido de la rendición ante el totalitarismo abertzale.

GKS, la organización responsable de este sabotaje, es la misma que este fin de semana viajó en coche hasta Vilalva (Lugo) para vandalizar el busto de Manuel Fraga, cubriéndolo de pintura roja en un acto de puro sectarismo. Son los mismos que reivindicaron el ataque como parte de la «lucha del 3M». Son los mismos que hoy campan a sus anchas por las universidades vascas mientras el Gobierno de Sánchez negocia con Bildu los presupuestos generales del Estado.

El precio de la investidura: dignidad y seguridad a cambio de votos

Lo ocurrido en Vitoria no puede entenderse sin mirar a Madrid. Desde que Pedro Sánchez llegó a la Moncloa, los herederos de ETA han ido conquistando espacios que jamás imaginaron: mesa de diálogo, acercamiento de presos, derogación de la sedición, cesiones permanentes en materia penitenciaria y ahora, la guinda, una ley de amnistía que pretende borrar de un plumazo décadas de asesinatos, secuestros y extorsiones.

¿Y qué mensaje reciben los radicales en la calle? Que la violencia, la presión callejera y la kale borroka funcionan. Que si aprietan lo suficiente, el Estado termina cediendo. Que pueden vaciar universidades, quemar contenedores, enaltecer el terror y pintar la cara de Fraga porque al final, en la Moncloa, hay un presidente que necesita sus votos para seguir durmiendo en el palacio de la Moncloa.

El PP gallego ya ha denunciado que «los ataques de encapuchados no son democracia». Pero en el País Vasco, bajo el paraguas de la gobernabilidad de Sánchez, la democracia se ha vuelto terriblemente selectiva. Se persigue a los humoristas por sus tuits, se multa a los obispos por decir misa, se cierran las puertas a Vox, pero se abren de par en par a quienes siembran el caos en las aulas con botes de humo. La libertad de expresión es sagrada… excepto para los constitucionalistas.

Una universidad secuestrada por el nacionalismo

Y mientras tanto, la Euskal Herriko Unibersitatea (EHU) —denominación impuesta por el actual equipo directivo en un acto de exclusión lingüística que ya dice mucho de su talante— se consolida como un espacio de adoctrinamiento donde lo vasco es lo único que merece respeto y lo español es sistemáticamente ninguneado, cuando no directamente agredido.

La Universidad Pública Vasca, que todos los españoles pagamos con nuestros impuestos, ha dejado de ser un espacio de encuentro y conocimiento para convertirse en un feudo del nacionalismo radical. Y el rector Bengoetxea, lejos de proteger la neutralidad institucional, se ha convertido en el principal valedor de esta deriva totalitaria.

¿Dónde está la condena firme e inequívoca del rectorado contra estos actos vandálicos? ¿Dónde están las medidas para identificar a los responsables y expulsarlos de la comunidad universitaria? No las hay. Porque en la universidad vasca, los violentos no son el problema: son parte del paisaje. Forman parte de ese ecosistema de «izquierda abertzale» con el que el rector prefiere pactar antes que enfrentarse.

El 3 de marzo: memoria selectiva

Los radicales justifican sus acciones en el 50 aniversario de la muerte de cinco obreros en 1976, víctimas de una carga policial en Vitoria. Una tragedia que merece todo el respeto y la memoria, sin duda. Pero resulta profundamente indignante que quienes dicen honrar a aquellos trabajadores lo hagan vaciando universidades, coartando la libertad de sus compañeros y sembrando el miedo en las aulas.

La memoria histórica, para la izquierda abertzale, es siempre selectiva: sirve para movilizar a sus bases, para justificar la violencia, para mantener viva la llama del enfrentamiento. Pero nunca para tender puentes, para construir convivencia o para respetar al que piensa diferente. Porque en su relato, el diferente —el español, el constitucionalista, el que no comulga con sus tesis— no merece respeto. Merece, como mucho, ser desalojado de las aulas a golpe de bengala.

España, ante el espejo de su propia debilidad

Lo que está ocurriendo en el País Vasco no es un problema local. Es la consecuencia de una estrategia nacional diseñada en La Moncloa. Sánchez ha decidido que la gobernabilidad de España pasa por contentar a Bildu a cualquier precio. Y ese precio lo estamos pagando todos: los estudiantes que no pueden dar clase, los profesores que tienen que desalojar sus aulas, las víctimas del terrorismo que ven cómo sus verdugos son blanqueados día tras día, y una sociedad vasca que merece algo mejor que vivir eternamente secuestrada por la amenaza de los radicales.

Hoy han sido botes de humo en Vitoria. Mañana será qué. Pero mientras Sánchez siga necesitando los votos de Bildu, mientras el PSOE siga pactando con quienes no han condenado el terrorismo, mientras el rector Bengoetxea siga mirando hacia otro lado, la violencia callejera seguirá campando a sus anchas.

Y España, entretanto, asistiendo impasible al espectáculo de su propia descomposición. Gobernada por quien prefiere pactar con los herederos de ETA antes que defender la dignidad del Estado. Con una universidad pública secuestrada por el nacionalismo radical. Y con una sociedad que empieza a preguntarse: ¿hasta cuándo vamos a tolerar esto?

Porque si algo ha dejado claro esta jornada de infamia en Vitoria es que el sanchismo no solo ha pactado con Bildu: les ha entregado las llaves de la universidad, de la calle y, lo que es peor, de la memoria. Y mientras tanto, los españoles, mirando hacia otro lado. Como siempre. Como hoy. Como mañana.

 

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