Pedro Sánchez construyó su resurrección política sobre los billetes manchados de licor y perfume barato. Mientras predicaba la ética, su suegro pagaba las campañas; mientras prometía abolir la prostitución, su familia llevaba décadas viviendo de ella. El presidente no es proxeneta, pero su historia está escrita en las facturas de un burdel. Y eso, señorías, no es ilegal: es peor. Es hipocresía en estado puro.
Hay hombres que llegan a La Moncloa escoltados por tanques o por mayorías absolutas. Pedro Sánchez lo hizo agarrado al retrovisor de un Peugeot cuyo quinto ocupante, Sabiniano Gómez, no figura en las fotos oficiales pero sí en la contabilidad real de sus dos primeras campañas a la secretaría general del PSOE.
Corría 2014 y luego 2017. Sánchez había dimitido, no tenía escaño y, por tanto, carecía de los 3.000 euros mensuales que percibe cualquier diputado raso. Sus adversarias, Susana Díaz y Patxi López, sí disponían de acta y de recursos. Sánchez solo tenía un as bajo la manga: su suegro regentaba una red de locales de alterne y estaba dispuesto a sufragar la cruzada de su yerno.
Y lo hizo. Según ha destapado la prensa y confirman fuentes socialistas, Sabiniano Gómez asumió “prácticamente de forma íntegra” el coste de aquellas campañas. El dinero viajó hasta Ferraz a través de Begoña Gómez, esposa del presidente y única intermediaria visible entre el dinero del ocio nocturno y las siglas del partido.
El negocio familiar: del reservado al comité federal
Durante años, el sanchismo ha esgrimido un argumento para defenderse: “Los locales del suegro son legales”. Cierto. Otra cosa es que sean moralmente compatibles con un presidente que ha hecho de la lucha contra la prostitución uno de los estandartes de su acción de Gobierno.
Porque conviene no perderse en el laberinto de la equidistancia: Sabiniano Gómez no regentaba guarderías. Sus establecimientos —El Novillo, el Sahara, el Tropicana— han sido descritos por quienes los frecuentaban como prostíbulos al uso. Allí se vendía sexo, se alquilaban habitaciones por horas y se facturaba en efectivo. Que la justicia no haya encontrado delito no los convierte en centros de día para mayores.
Pedro Sánchez ha vivido, literalmente, del cuento. Primero, porque habitó durante años una vivienda propiedad de su suegro en Pozuelo. Después, porque sus campañas políticas fueron sufragadas con los beneficios extraídos de la explotación del cuerpo ajeno. Y por último, porque su esposa, Begoña Gómez, figuraba como administradora en una de las sociedades del negocio familiar.
Nada de esto es delito. Pero cuando un político construye su discurso sobre la pureza ética y resulta que su patrimonio familiar —y su carrera— se cimentaron en el sexo de pago, lo que emerge no es un caso judicial, sino un caso de conciencia. O de su ausencia.
El silencio del presidente
Lo más revelador de todo este asunto no es la existencia de los burdeles, sino la actitud de Sánchez ante ellos. Jamás ha pronunciado una palabra de reproche hacia la actividad empresarial de su suegro. Jamás ha explicado por qué, siendo tan abolicionista, permitió que su esposa figurara como administradora en una sociedad vinculada al negocio. Jamás ha aclarado si aquellos miles de euros que mantuvieron vivo su liderazgo llevaban incorporado el IVA de una copa servida en la penumbra de un reservado.
Su única defensa ha sido el blindaje mediático y el silencio cómplice de su partido. Cuando se publicó los documentos, Moncloa no desmintió los hechos: se limitó a insultar a los que sacaron la noticia. Cuando Feijóo le llamó “presidente del burdel”, Sánchez no explicó el origen del dinero: agitó el fantasma de la ultraderecha.
El cinismo alcanza cotas difícilmente superables cuando el mismo Gobierno que presume de impulsar la ley del “solo sí es sí” —y que prometió abolir la prostitución— se ha sostenido económicamente, durante los años más críticos de su líder, sobre los ingresos generados por mujeres que alquilaban su cuerpo por 150 euros la media hora.
La España de las dos varas
Porque aquí está la clave de todo: no estamos ante un caso de corrupción, sino ante un ejercicio soberbio de doble moral. El PSOE pretende legislar contra la prostitución mientras su secretario general debe su carrera política a quien hizo fortuna con ella. Es como si un predicador abominara del juego desde un púlpito financiado con las ganancias del bingo.
Aznar tenía un yerno imputado; Sánchez tiene un suegro proxeneta. La diferencia es que Aznar, al menos, no se paseaba por Bruselas arengando contra las tramas empresariales de sus consuegros.
Sánchez, en cambio, sí. Ha hecho de la ética su principal activo electoral, ha convertido la “regeneración democrática” en eslogan de legislatura, ha mirado por encima del hombro a quienes gobernaron antes manchados por la corrupción. Y ahora resulta que su propio éxito político —su vuelta a la secretaría general, su llegada a Moncloa— fue posible gracias a un hombre que hizo caja con el deseo ajeno.
El quinto pasajero
Sabiniano Gómez ha sido bautizado por la prensa como “el quinto del Peugeot”, en referencia a aquel coche de Ábalos y a los otros supuestos valedores económicos del sanchismo. Pero el apelativo, tan castizo, encierra una verdad incómoda: sin ese quinto pasajero, sin su dinero, sin su generosidad empresarial, quizá Pedro Sánchez no hubiera resistido el páramo político de 2017.
El presidente debe a su suegro algo más que unas Navidades en familia. Le debe su carrera. Y esa deuda, que nunca ha reconocido públicamente, es la que ahora le impide mirar de frente a las mujeres que dice querer proteger.
La ley abolicionista duerme en un cajón del Congreso mientras Sánchez espera a que el ruido mediático amaine. Sabe que cualquier movimiento para perseguir los prostíbulos pondrá el foco sobre el origen de su propia financiación. Y entonces, la pregunta caerá como una losa: ¿con qué autoridad moral cierra usted los burdeles del país si abrió las puertas de su partido con las llaves de uno de ellos?
En España, la coherencia política nunca ha sido un requisito para gobernar. Pero hasta ahora ningún presidente había necesitado un ambientador para perfumar su pasado.









