De Portador del Féretro a Enterrador de la Memoria
El 8 de marzo de 2008, Patxi López cargaba con el peso de un ataúd; hoy carga con el peso de una traición. La imagen del líder socialista vasco portando el féretro de su compañero Isaías Carrasco, asesinado el día anterior por el miembro de ETA, Beñat Aginagalde, se ha convertido en la coartada perfecta para justificar una de las transmutaciones éticas más grotescas de la política española contemporánea. Lo que comenzó como un acto de duelo genuino se ha degradado en un ejercicio de cinismo calculado: utilizar el cadáver de un compañero asesinado como escudo moral para pactar después con los herederos políticos de sus verdugos.
La Doble Agenda: Duelo Público, Negociación Clandestina
Mientras las cámaras capturaban la escena lacrimógena en la capilla ardiente de Mondragón, la verdadera historia se escribía en las sombras. Porque ese mismo López que en público increpaba a Rajoy por cuestionar la firmeza socialista, en privado ya había extendido la mano a quienes sostenían el proyecto político de ETA. La reunión de julio de 2006 en un hotel de San Sebastián con Arnaldo Otegi no fue un desliz, sino el primer síntoma de una enfermedad moral que acabaría contaminando todo el relato: la convicción de que los principios son negociables cuando el poder está en juego.
López construyó su carrera sobre dos pilares incompatibles: la explotación emocional del dolor ajeno y la normalización progresiva del entorno terrorista. Mientras lloraba a Carrasco ante los medios, ya había sentado las bases para que, años después, su partido gobernara con los sucesores de quienes habían justificado aquel asesinato.
La Hipocresía Institucionalizada: Del «Nunca Olvidaremos» al «Hay que Pasar Página»
El mensaje conmemorativo que López publicó en 2025 —»nunca olvidamos»— representa la culminación de su cinismo. ¿Cómo se atreve a invocar la memoria de Carrasco mientras defiende acuerdos con quienes consideran a ETA «un ejército de liberación»? ¿Qué clase de «memoria» es esa que no impide firmar pactos de gobierno con los herederos políticos de los asesinos?
Esta es la esencia de la traición: utilizar a las víctimas como banderines de enganche emocional, vaciándolas de significado real para convertirlas en meros instrumentos retóricos. La familia Carrasco no fue consultada cuando el PSOE decidió normalizar a Bildu; su dolor fue secuestrado para legitimar una transacción política que hubiera horrorizado al hombre cuyo féretro López tanto exhibió.
La Falacia de la «Evolución»: Cambiar de Principios No es Madurar, es Renegar
Sus defensores hablan de «evolución», de «madurez política», de la «necesaria reconciliación». Pero no existe reconciliación posible cuando se reconcilia uno con los verdugos ignorando a las víctimas. No hay evolución cuando se transita de la defensa de la democracia a la legitimación de quienes la combatieron con pistolas y bombas.
Lo que López llama «evolución» no es más que la capitulación ética de una generación política que prefiere el poder al principio. Es el síntoma de un socialismo vasco y español que, habiendo perdido su brújula moral, negocia lo que nunca debería ser negociable: la equiparación entre víctimas y verdugos, entre demócratas y quienes intentaron destruir la democracia.
La Utilización Cínica del Dolor Ajeno
El episodio en el que el eurodiputado Hermann Tertsch utilizó la foto de López con el féretro para atacarle fue paradigmático. La indignación de López —»Un miserable como tú jamás conseguirá restarle un ápice de dignidad a esa foto»— resulta patética viniendo de quien ha dedicado años a vaciarla de dignidad mediante sus alianzas políticas. ¿Qué mayor falta de respeto a Carrasco que pactar con quienes defienden a sus asesinos?
López ha convertido esa imagen en un salvoconducto moral que exhibe cada vez que se le cuestionan sus contradicciones. Es la estrategia del estafador que muestra una medalla antigua para distraer la atención de sus fechorías presentes. Pero una foto, por muy poderosa que sea, no absuelve de la responsabilidad por las decisiones políticas posteriores.
La Traición como Método
La trayectoria de Patxi López no es una simple paradoja, sino un manual de traición institucionalizada. Demuestra cómo en la España contemporánea es posible construir una carrera política sobre el cadáver de un compañero, utilizando su martirio como capital simbólico para luego transigir con quienes celebraban ese martirio.
Carrasco fue asesinado por ser socialista, por defender la democracia frente al nacionalismo excluyente y violento. Que hoy un socialista utilice su muerte para legitimar alianzas con los herederos de sus asesinos no es una paradoja: es una profanación política que debería manchar para siempre la credibilidad moral de quien la comete.
Mientras el PSOE continúe por este camino, la memoria de Carrasco y de todas las víctimas de ETA seguirá siendo moneda de cambio en un mercado político donde todo tiene precio y nada tiene valor. López no portó un féretro aquel día de marzo; portaba un escudo tras el cual esconder la que sería la gran traición de su generación política: vender la memoria de las víctimas a cambio de unos escaños más en el parlamento.









