José Luis Rodríguez Zapatero, el expresidente del Gobierno español que hizo de la «Alianza de Civilizaciones» su buque insignia, parece haber encontrado una nueva causa a la medida de su talante mediador: apuntalar la «revolución bolivariana» de Nicolás Maduro. Al menos, esa es la conclusión que se extrae del retrato demoledor que el político venezolano Julio Borges hace de él en el libro La crisis espiritual de la democracia (Sekotia). Lo que Borges describe no es la figura de un estadista desinteresado, sino la de un «pistolero a las órdenes del chavismo», un personaje que ha pasado de firmar la retirada de Irak a firmar, presuntamente, cheques en paraísos fiscales por petróleo venezolano.
El relato de Borges, expresidente de la Asamblea Nacional venezolana, no deja títere con cabeza. Para empezar, liquida cualquier atisbo de buena fe en la última actuación conocida de Zapatero: su papel como observador en las elecciones del 28 de julio de 2024. Unos comicios que, según la oposición y buena parte de la comunidad internacional, fueron un fraude. «No sé si la opinión pública española está consciente del fraude que es esto», afirma Borges, describiendo un escenario donde la dictadura «podía matarte y encarceló a 3.000 personas en cuestión de horas. Y él no dijo nada» . El silencio del exmandatario, en este contexto, no es neutralidad; es, como mínimo, complicidad.
Pero la cosa no queda ahí. La acusación alcanza cotas de una crudeza casi shakespeariana cuando Borges relata su experiencia personal. Nos presenta a un Zapatero que, lejos de ser el paraguas protector de la
oposición, se convirtió en el pararrayos de la represión. Durante las negociaciones en República Dominicana, el «mediador» Zapatero tenía una «meta clara»: proteger a los partidos políticos. El resultado, según Borges, fue el opuesto: «Terminó el proceso y teníamos todos los partidos ilegalizados, los candidatos inhabilitados». Al negarse a firmar lo que considera un «suicidio» político, Borges asegura que la presión no vino solo del régimen, sino del propio Zapatero. Una presión que, unida a la de los hermanos Rodríguez (Jorge y Delcy), le obligó a marchar al exilio. «Por esa amenaza de Zapatero […] es que el exilio se lo debo a él», sentencia . Uno se pregunta si en el manual del buen mediador se incluye el confiscar la casa familiar del mediado, como le ocurrió a Borges.
Y entonces llegamos al meollo de la cuestión, donde la presunta ingenuidad de Zapatero choca con la realidad de los negocios. Borges es tajante: «Todo eso está registrado». Habla de un sistema donde el petróleo venezolano se repartía «como un botín» entre amigos del régimen. Aquí es donde el relato de Borges conecta con los ecos de la actualidad judicial en España, tejiendo una red de intereses que apestan a diésel y a dinero negro. Las declaraciones del presunto conseguidor Víctor de Aldama, imputado en el ‘caso Koldo’, han destapado la caja de los truenos, apuntando a que Zapatero habría cobrado comisiones millonarias, como un supuesto pago de 10 millones de euros en Panamá por sus gestiones en el rescate de la aerolínea Plus Ultra .
La imagen que emerge es la de un hombre que utilizaba su capital político para engrasar las ruedas de negocios oscuros. Como apunta el propio Borges, en el reparto de los cupones de PDVSA «se privatizó eso. Como todo era mercado negro, yo te doy un cupón de PDVSA y tú te vas a PDVSA y te traes un buque de petróleo». Y en ese reparto, siempre según estas fuentes, había gente del entorno de las tramas de corrupción, «incluyendo a Aldama». No es de extrañar que el Partido Popular, en el Senado, se haya referido a Zapatero como «comisionista, recadero, defensor y blanqueador de una dictadura sanguinaria» . Puede que la forma sea gruesa, pero el fondo, a la luz de los hechos, invita poco a la matización.
Mientras, el PP aprovecha el tema en el Senado para zaherir al Gobierno, y el ministro Albares responde con un «y tú más», sacando los trapos sucios de Aznar y los papeles de Epstein . Un duelo de trileros donde la verdad de los venezolanos que sufren la dictadura queda una vez más como telón de fondo. Lo que Borges retrata es la banalidad del mal aplicada a la política internacional: un expresidente que, parapetado tras una retórica de paz y diálogo, termina siendo el «nexo corruptor» entre el sanchismo y la narcodictadura.
En definitiva, el Zapatero que emerge de las palabras de Julio Borges y de las pesquisas judiciales es un personaje trágico y grotesco a partes iguales. El hombre que quiso ser recordado como un pacifista corre el riesgo de pasar a la historia, irónicamente, como el pistolero que cobró por no disparar, mientras su silencio cómplice sigue retumbando en las cárceles y en los exilios de un pueblo que votó mayoritariamente por la libertad. Un fraude, en toda regla.










