Cuando la Tragedia Venezolana se Convierte en Moneda de Cambio
Críticas hacia el papel de figuras como Zapatero, Pedro Sánchez y sectores de la izquierda europea frente al drama venezolano
La reciente operación militar estadounidense que culminó con la captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York ha desatado una tormenta geopolítica que supera las fronteras de Venezuela. Mientras las calles de Caracas y de la diáspora venezolana estallaban en un clamor de alivio, el escenario internacional se convertía en un espejo que refleja, con crudeza, las profundas contradicciones e hipocresías del orden global. En el centro de esta polémica, figuras como el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero y el actual jefe de gobierno, Pedro Sánchez, encarnan para sus críticos una doble moral insostenible: la de quienes, desde la izquierda europea, parecen haber convertido la prolongada tragedia humanitaria venezolana en un campo de batalla ideológico o en una plataforma para el lucro político y personal.
El gobierno español sostiene que su postura es de defensa del derecho internacional y rechazo a la intervención unilateral, aunque admite que su postura ha sido más dura que la del resto de la UE.
El Papel de Zapatero: ¿Mediador o Blanqueador?
El nombre de José Luis Rodríguez Zapatero se ha asociado durante años a la crisis venezolana en un rol de presunto mediador internacional. Sin embargo, este papel está lejos de ser unánimemente reconocido como constructivo. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha lanzado una de las acusaciones más graves, afirmando que Zapatero se ha «lucrado» en Venezuela y ha actuado para «blanquear» al régimen de Maduro. Incluso ha señalado que el expresidente socialista figura en una investigación judicial en Nueva York por colaborar con el gobierno chavista.
Estas acusaciones, aunque procedentes de una figura política opositora, reflejan un sentimiento ampliamente extendido en la diáspora venezolana y en sectores críticos que ven con escepticismo su relación con figuras clave del chavismo, como la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Este enfoque, descrito por sus detractores como «condescendiente», contrasta con el sufrimiento documentado del pueblo venezolano bajo un régimen señalado por violaciones sistemáticas de derechos humanos, torturas, encarcelamientos políticos y una crisis humanitaria que ha forzado el exilio de millones.
La defensa de Zapatero y quienes justifican su línea argumenta que ha servido como un canal de comunicación necesario, incluso aprovechado por gobiernos de distinto signo. Durante el gobierno de Mariano Rajoy, su interlocución fue valorada públicamente en casos como la liberación del opositor Leopoldo López en 2017 y fue solicitada explícitamente para evitar que Maduro reconociera la independencia de Cataluña durante el procés. Esta contradicción política revela cómo el pragmatismo suele imponerse a la coherencia ideológica en materia de política exterior.
La «Equidistancia Conveniente» de Pedro Sánchez
La respuesta del presidente Pedro Sánchez a la operación estadounidense ha sido un ejercicio de alta diplomacia cargada de lo que sus críticos llaman «equidistancia calculada». Sánchez ha condenado con firmeza la intervención militar, tildándola de «ilegal» y de «precedente terrible» que nos «arroja a un mundo de incertidumbre». Su argumento central es claro: «Una ilegitimidad no puede ser respondida con una ilegalidad«.
| Principio Declarado por Sánchez | Crítica desde la Oposición Venezolana y sus Aliados |
| Defensa del derecho internacional y la Carta de la ONU | Doble rasero: Se aplica con rigor frente a EEUU, pero fue laxo durante años con las violaciones del régimen de Maduro. |
| Rechazo a intervenciones unilaterales por intereses económicos («sed de petróleo»). | Ceguera selectiva: Ignora que la crisis venezolana es, en origen, una tragedia política y humanitaria, no solo un conflicto geopolítico. |
| Apoyo a una transición venezolana, pacífica y con elecciones libres. | Legitimación indirecta: Al mantener interlocución con Delcy Rodríguez (heredera chavista), se debilita el apoyo a la oposición democrática electa (Edmundo González). |
| Protección de la diáspora (200.000 permisos de residencia). | Instrumentalización: Se usa como escudo ante acusaciones de tibieza, pero no sustituye una política exterior clara contra la dictadura. |
El núcleo de la crítica a Sánchez es que su postura, envuelta en un ropaje de principios jurídicos elevados, opera con una jerarquía ética selectiva. Se condena con mayor vehemencia la «ilegalidad» de la acción externa que la «ilegitimidad» interna de un régimen que durante una década ha anulado elecciones, reprimido a la oposición y sumido al país en la miseria. Este posicionamiento le asegura un lugar en lo que algunos analistas llaman el «club de la comprensión infinita», junto a líderes como el mexicano López Obrador o el brasileño Lula, pero a costa de generar una profunda decepción entre quienes esperaban una solidaridad más clara con las víctimas del chavismo.
La Ceguera Ideológica y el Fracaso del Derecho Internacional
El debate trasciende a las figuras individuales y apunta a una falla estructural en sectores de la izquierda internacional. Se les acusa de haber priorizado un «antiimperialismo automático» y un sesgo antinorteamericano por encima de un análisis honesto de la naturaleza del régimen venezolano. Esta postura, descrita como «eurocéntrica» y «colonialista» por algunos observadores, habría utilizado un discurso de soberanía popular para silenciar los abusos de una dictadura, equiparando cualquier crítica con una injerencia al servicio de Washington.
Este fenómeno no es exclusivo de la izquierda. Como señala un análisis publicado en Divergentes, la derecha internacional cae en una hipocresía simétrica: celebra la acción de Trump como una «liberación», ignorando que el interés de Washington no es la democracia venezolana, sino el control de los recursos petroleros y la geopolítica regional.
Ambas posturas son síntomas de un fracaso mayor: el del derecho internacional contemporáneo. La operación en Venezuela, al no contar con autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, vulnera abiertamente la Carta de las Naciones Unidas. Sin embargo, como apunta un activista de Sudáfrica, esto refleja un patrón donde las normas se aplican selectivamente: «El lenguaje de los derechos humanos se despliega contra los enemigos y se suspende para los aliados». Este sistema, donde el veto de las potencias perpetúa un orden injusto, queda en evidencia, dejando a países como Venezuela atrapados en un juego de intereses ajenos.
Más Allá del Cálculo, la Coherencia Moral
La tragedia venezolana ha sido, durante años, moneda de cambio en un tablero geopolítico complejo. Las acusaciones de oportunismo contra figuras como Zapatero y la percepción de ceguera selectiva en la postura de Sánchez no son solo ataques partidistas, sino que expresan una demanda profunda de coherencia moral.
Exigir el fin de la intervención militar ilegítima es un principio necesario. Pero ese principio pierde toda autoridad si no va acompañado de una condena igualmente firme y consistente a la dictadura que generó la crisis, y sobre todo, de una empatía auténtica e incondicional con las víctimas. El verdadero «lado correcto de la historia» no lo define el alineamiento con Washington, con La Habana o con Bruselas, sino la capacidad de distinguir, sin dobles raseros, entre verdugos y víctimas, y de situarse, sin ambages, con estas últimas. Mientras esa claridad brille por su ausencia, la política exterior seguirá siendo percibida, con razón, como un teatro de sombras donde el sufrimiento de un pueblo es el precio de la conveniencia ajena.









