El «No a la guerra» de Sánchez: ¿Principio pacifista o calculada cobardía ante la barbarie?

Mar 6, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El «No a la guerra» de Sánchez: ¿Principio pacifista o calculada cobardía ante la barbarie?

Mientras el presidente niega su apoyo a EE.UU. para frenar a la tiranía iraní, los ayatolás celebran su debilidad y siguen financiando el terrorismo que ya ha intento asesinar a un español en Madrid por el simple delito de ser opositor

La reciente decisión del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, de negarse a alinear a España con las operaciones militares de Estados Unidos e Israel contra el régimen de Irán, envuelta en una retórica de «No a la guerra» y apelaciones a la legalidad internacional, merece un análisis profundo y crítico. Si bien la prudencia ante un conflicto bélico es siempre aconsejable, la postura de Sánchez, cuando se examina sin el velo de la propaganda, revela una peligrosa combinación de ingenuidad geopolítica, hipocresía moral y un posible y vergonzoso acto de cobardía.

El espejismo del pacifismo frente a la tiranía

Sánchez ha justificado su negativa a ceder las bases de Rota y Morón para los ataques contra Irán argumentando que «no vamos a ser cómplices de algo que es malo para el mundo» y que «no se puede responder a una ilegalidad con otra». Incluso ha tenido la osadía de equiparar esta situación con la invasión de Irak en 2003, un evento que marcó un antes y un después en la conciencia colectiva española .

Esta comparación es, cuando menos, tramposa. Es cierto que la invasión de Irak se basó en mentiras sobre armas de destrucción masiva, pero el objetivo declarado era derrocar a una dictadura. En el caso de Irán, nos enfrentamos a un régimen que lleva décadas ahorcando homosexuales en grúas y lapidando mujeres por el simple «delito» de querer vivir con dignidad. Ignorar esta realidad para situarse en una superioridad moral pacifista no es solo miope, es un insulto a los miles de iraníes que han muerto a manos de la República Islámica.

El régimen de los ayatolás no es un adversario geopolítico más; es una teocracia totalitaria que considera la exportación de su revolución y la represión interna como pilares de su existencia. Mientras Sánchez habla de «diplomacia» y de «no jugar a la ruleta rusa» con millones de vidas, en las calles de Teherán y en las prisiones de Evín, la única ruleta que existe es la de caer en manos de la policía de la moral o ser ejecutado por la condición sexual.

 
La retórica de SánchezLa realidad del régimen iraní
«No a la guerra» y apelación a la diplomacia.Represión sistemática de la disidencia y ejecuciones masivas.
«No ser cómplices de algo malo para el mundo».Ahorcamientos de homosexuales y lapidación de mujeres por ley.
Evocar el trauma de Irak (2003) para deslegitimar la acción.Régimen teocrático que lleva décadas desestabilizando Oriente Medio.
Defender los valores progresistas y los derechos de la mujer.Imposición del velo y aniquilación de las protestas «Mujer, Vida, Libertad».

Sánchez afirma que «los derechos de las mujeres no deben usarse como pretexto para lanzar guerras que sirven a otros intereses» . Una afirmación tan cierta como hipócrita cuando viene de un líder que, en la práctica, se niega a apoyar cualquier acción contundente para desmantelar a quienes sistemáticamente pisotean esos derechos. Es el clásico argumento del «todo es mejor que una guerra», una postura cómoda que permite mirar hacia otro lado mientras el régimen sigue con su matadero.

La conexión con el terrorismo: el caso Vidal-Quadras

Aquí es donde la postura de Sánchez roza lo indefendible y entra de lleno en la sospecha de cobardía. No se trata solo de no querer participar en una guerra lejana. Se trata de ignorar la amenaza activa que el régimen iraní representa para los opositores y para Europa misma.

El intento de asesinato de Alejo Vidal-Quadras en Madrid no fue un suceso aislado. Como el propio político ha denunciado y la justicia lo ha confirmado, el atentado fue perpetrado por el régimen iraní en represalia por «su actividad política y, más concretamente, por ser una personalidad a nivel europeo referente de la oposición al régimen iraní». Este es un hecho gravísimo que demuestra que la yihad diplomática y terrorista de Irán no conoce fronteras. Atacan en el corazón de Europa a aquellos que alzan la voz contra sus crímenes.

¿Cómo se entiende, entonces, la negativa de Sánchez a tomar partido? Si el régimen iraní intenta asesinar a un ciudadano español y a un representante político en territorio nacional, la respuesta de un estado de derecho no puede ser la neutralidad. La respuesta debería ser una alineación inequívoca con quienes combaten a esta amenaza. Al negarse a cooperar con EE.UU. en acciones que buscan frenar a este régimen, Sánchez está, de facto, protegiendo los intereses de quienes han atentado contra la soberanía española y la vida de un español.

La inacción y la equidistancia ante un régimen que financia el terrorismo internacional y asesina en nuestras calles no es pacifismo; es apaciguamiento. Es la misma lógica cobarde que llevó a las democracias europeas a contemporizar con el fascismo en los años 30, con las consecuencias que todos conocemos.

¿Cobardía o cálculo?

¿Pedro Sánchez es un cobarde? Seria una acusación dura, pero con fundamento. Sin embargo, el miedo puede tener dos caras: el miedo físico y el miedo político.

Por un lado, está el miedo a las represalias. Si Irán es capaz de atentar contra Vidal-Quadras, ¿qué no podría hacer contra un país que facilita activamente o ayuda a su bombardeo? Es una preocupación legítima, pero que revela una debilidad insostenible en un líder. Gobernar es asumir riesgos para proteger a los ciudadanos y los valores, no acobardarse ante el terror.

Por otro lado, está el miedo político interno y el cálculo electoral. Sánchez, un superviviente nato de la política, sabe que el electorado de izquierdas en España es profundamente pacifista y antinorteamericano, especialmente tras la guerra de Irak. Su eslogan «No a la guerra» es un guiño directo a ese electorado y una forma de desmarcarse del PP, a quien siempre recordará su apoyo a Aznar en aquella contienda .

Su cálculo es frío y cínico: prefiere quedar bien con su parroquia progresista y evitar un conflicto impopular, aunque ello signifique no plantar cara a una tiranía que asesina a mujeres y homosexuales y que ha intentado matar a un opositor en Madrid. Es la prioridad de la política doméstica sobre la responsabilidad internacional y la defensa de los derechos humanos más básicos.

La soledad de un líder que mira hacia otro lado

Pedro Sánchez se ha fotografiado como el último bastión progresista en Europa, el líder valiente que planta cara a Trump . Pero esa foto es un fraude. Su «valentía» se limita a decir que no a una potencia incómoda (EE.UU.), pero se convierte en pasividad cómplice ante una amenaza real y criminal (Irán).

Decir «No a la guerra» contra un régimen que lapida mujeres y ahorca homosexuales, y que además financia el terrorismo que salpica Europa, no es una postura moralmente superior. Es una postura ingenua, irresponsable y, sí, cobarde. Es mirar para otro lado mientras los verdugos siguen afilando sus cuchillos. Al final, la historia juzgará con dureza a quienes, pudiendo hacer algo para frenar a la barbarie, optaron por la neutralidad cómoda y el cálculo electoral, permitiendo que el horror continuara. La cobardia que puede que le ha entrado a Sánchez no es más que el miedo a asumir el coste de defender lo que dice defender: la vida, la libertad y la dignidad de las personas.

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