El «no a la guerra» de Sánchez: enviar la fragata más avanzada a las puertas de Oriente Próximo mientras proclama su compromiso con la paz

Mar 5, 2026

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El Gobierno vende como «solidaridad europea» lo que sus socios de Podemos ya califican de participación directa en el conflicto

Decía aquella vieja máxima castrense que la mejor defensa es un buen ataque. El Gobierno de Pedro Sánchez, sin embargo, parece haber encontrado una versión aún más sofisticada: la de proclamar el «no a la guerra» mientras se envía a la fragata tecnológicamente más avanzada de la Armada española a las inmediaciones de un conflicto internacional. Que nadie se llame a engaño: no es participar en hostilidades, es simplemente «solidaridad europea».

La ‘Cristóbal Colón’ (F-105), buque insignia de la serie F-100 y orgullo de los astilleros de Navantia, surcará en cuestión de días las aguas del Mediterráneo oriental para integrarse en el grupo de combate del portaaviones nuclear francés ‘Charles de Gaulle’. El objetivo oficial: «ofrecer protección y defensa aérea» a Chipre tras los ataques recibidos por una base británica en la isla, presuntamente perpetrados con drones de fabricación iraní. La misión, según el ministerio que dirige Margarita Robles, es puramente defensiva: escolta, posible evacuación de civiles y disuasión.

Pero conviene detenerse un momento en las características de este «buque de paz» que el Ejecutivo envía a la región. La ‘Cristóbal Colón’ no es una embarcación cualquiera. Equipada con el sistema de combate Aegis (una edición más avanzada que la de sus hermanas de clase), es capaz de detectar y seguir simultáneamente hasta 200 objetivos en un radio de 300 kilómetros. Su lanzador vertical Mk-41 alberga 48 celdas para misiles antiaéreos Standard SM y Sea Sparrow, sus dos lanzadores cuádruples pueden disparar misiles antibuque Harpoon, y sus dos cañones automáticos de 25 mm están específicamente diseñados para neutralizar esa amenaza que tanto preocupa ahora: los drones. Vamos, todo un despliegue de intenciones pacifistas.

La coreografía política no podía ser más exquisita. Apenas 24 horas después de que el presidente Sánchez compareciera para resumir su postura en «cuatro palabras: no a la guerra», y tras un tenso cruce de declaraciones con la Casa Blanca por negarse a usar las bases de Rota y Morón para la ofensiva estadounidense, el Gobierno anunciaba el envío de su mejor activo naval a la misma zona donde confluyen los intereses de Washington y Tel Aviv. La ministra Robles se esforzó en matizar: «Una cosa es iniciar una guerra y otra cosa es que cuando hay ataque a valores, está el derecho a la legítima defensa».

La sutileza semántica no convence a todo el mundo. Ione Belarra, secretaria general de Podemos y socia de coalición, fue implacable: «Eso es participar en la guerra ilegal que solo han decidido Donald Trump y Benjamin Netanyahu». Desde el PP, Alberto Núñez Feijóo resumió la posición española como «la ética del engaño en versión internacional», y acuñó un eslogan que promete recorrer los próximos debates parlamentarios: «Sánchez, como siempre, miente».

Mientras tanto, el Gobierno insiste en el relato de la «defensa europea». José Manuel Albares, ministro de Exteriores, repite que España es «solidaria» con sus socios comunitarios y que esto no tiene nada que ver con la operación estadounidense. La fragata, que ya estaba realizando maniobras de adiestramiento con los franceses en el Báltico, simplemente «cambia de rumbo» hacia Creta, donde tiene prevista su llegada en torno al 10 de marzo. El buque de aprovisionamiento ‘Cantabria’ saldrá incluso a repostarla a la altura del Golfo de Cádiz, para que no desfallezca en su cometido humanitario.

Lo paradójico del asunto es que, en su afán por distinguirse del belicismo trumpista, España termina formando parte de una operación naval de primer orden en una de las regiones más calientes del planeta. La ‘Cristóbal Colón’, con sus 147 metros de eslora y sus 215 marinos a bordo, se convertirá en los próximos días en la punta de lanza de la «diplomacia» española frente a las costas de Chipre.

Quizá lo más revelador de todo sea la reacción de los socios de investidura. Mientras Podemos clama contra la participación en la guerra, desde Sumar, la vicepresidenta segunda Yolanda Díaz, y hasta IU, aseguran no ver «ningún problema» porque se trata de «una actuación estrictamente defensiva y en el marco de la UE». La geometría variable del pacifismo gubernamental alcanza así nuevas cotas de sofisticación: no es lo mismo defender los intereses europeos en Chipre que permitir que Estados Unidos use sus bases para lo mismo.

En cualquier caso, el mensaje para el votante medio es claro: pueden estar tranquilos. Su Gobierno no participa en guerras. Simplemente despliega la fragata más avanzada de su flota, con capacidad antiaérea y antimisil, para «proteger» a un socio europeo. Y si alguien duda de la naturaleza pacífica de la misión, siempre queda el recurso de repetir el mantra: «No a la guerra». Aunque los cañones de 25 mm apunten al horizonte de Oriente Próximo.

Y es que, a estas alturas, conviene asumir una evidencia que duele reconocer pero que la realidad se empeña en confirmar cada semana: no existe un ser en la tierra más mentiroso y cínico que Pedro Sánchez. Porque mentir requiere, al menos, un mínimo de pudor, un instante de duda entre lo que se dice y lo que se hace. El cinismo, en cambio, es ese arte supremo de la desvergüenza que permite proclamar la paz mientras se afilan las espadas, que permite mirar a la cámara y decir «no a la guerra» mientras se firma el envío del buque de guerra más moderno de la flota. Eso ya no es política. Es un ejercicio de prestidigitación moral donde el ciudadano, perplejo, asiste a la metamorfosis constante de un líder que siempre acaba haciendo exactamente lo contrario de lo que predica, pero con una sonrisa y un eslogan tan bien medido que casi, casi, consigue que dudes de lo que tus propios ojos están viendo. Casi.

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