Un análisis sobre el último episodio de la serie “El Gran Hermano de la Verbena Progresista o del Payaso Progresista”
En el siempre surrealista paisaje de la política nacional, el señor Pablo Iglesias, antiguo comandante de la nave Podemos y actual sumo sacerdote de la ortodoxia ideológica más estridente, ha vuelto a regalarnos una perla. No contento con haber intercambiado la Moncloa por un sofá en La Tuerka y algún que otro plató de televisión pública, el ex-vicepresidente ha decidido que su nuevo ministerio es el de Censor Jefe de la República de los Sentimientos.
En una reciente intervención en TVE –esa casa que, con una neutralidad pasmosa, le abre siempre el micrófono–, Iglesias ha esbozado lo que podríamos llamar “La Guía del Buen Periodismo para Principiantes”. Su tesis es simple, elegantemente autoritaria: el Gobierno, su Gobierno, el que ayudó a crear, debe “esposar y encarcelar” a periodistas como Eduardo Inda o Federico Jiménez Losantos. La razón: ser “agresores fascistas”. El delito, se deduce, es el de pensar, escribir y hablar fuera de los márgenes marcados por el comisario Iglesias.
Aquí es donde la ficción kafkiana se encuentra con el esperpento ibérico. El mismo hombre que construyó su carrera denunciando las leyes mordaza, clamando por las libertades y posando como paladín de los oprimidos, hoy pide literalmente que se lleven a la cárcel a quienes le critican. Es un giro argumental que ni el propio Kafka habría osado escribir, por demasiado obvio.
Pero la ironía, ese condimento esencial de la tragedia española, no acaba ahí. Mientras pide persecución para la prensa “no afín”, Iglesias se presenta a sí mismo como víctima de una “prensa del régimen”. Un régimen, se supone, del que él fue vicepresidente y en cuyo Presupuesto y leyes tuvo voz, voto y, a menudo, veto. Es como ser el cocinero jefe de un restaurante, envenenar el guiso, y luego quejarse ruidosamente de la mala calidad de la comida mientras señala al camarero.
La guinda del pastel distópico la puso él mismo al mencionar, con una cara de circunstancias que merecería un Goya, la necesidad de defender “la democracia” de estos “agresores”. Uno se queda perplejo: ¿Qué manual de democracia es ese donde la salud del sistema se mide por la cantidad de periodistas entre rejas? ¿El de la democracia popular, tal vez? La misma que, por pura casualidad, practican sus admirados (y generosos, según algunas cuentas bancarias ya investigadas) patrocinadores teóricos en latitudes como Irán o Venezuela, paraísos de la libertad de expresión donde nunca se esposa a un comunicador.
En el mundo al revés de Pablo Iglesias, la lógica es un estorbo y la coherencia, un síntoma de debilidad. Aquí, lo verdaderamente progresista es pedir más celdas. Lo revolucionario, silenciar al que discrepa. Lo democrático, judicializar el debate. Y lo más cómico –o trágico– es que lo hace desde un canal de televisión pagado por todos los españoles, incluidos aquellos a los que quiere ver tras las rejas.
Mientras, el Gobierno de Sánchez, ese que navega entre la pinza de Bildu y el espectro de Iglesias, mira para otro lado. Aplicar sus sugerencias sería un escándalo internacional. Ignorarlas, sin condenarlas con fuerza, normaliza un discurso venenoso. Pero en este circo de tres pistas, el espectáculo debe continuar. Y Pablo Iglesias, nuestro triste payaso trágico, insiste en ser el maestro de ceremonias de un acto que, cada vez más, se parece a un velorio. El de la libertad que decía defender.









