El Monstruo de Santander
En la apacible Santander de finales de los 80, un depredador humano camuflado bajo la máscara de un hombre corriente sembró el terror en los hogares más vulnerables. José Antonio Rodríguez Vega, conocido por el macabro apodo de «El Mataviejas», no es solo un asesino en serie; ostenta el triste récord de ser el más prolífico de la historia de España. Su historia es un descenso a los infiernos de la misoginia, un relato donde la fachada de «buen marido» escondía el corazón de un monstruo que asesinó a 16 ancianas con una frialdad escalofriante.
El Origen del Odio: De Hijo Despechado a «El Violador de la Moto»
Todo comenzó con un rencor familiar que se transformó en una cruzada contra todas las mujeres. Cuando su madre lo echó de casa por maltratar a su padre moribundo, el joven José Antonio incubó un odio patológico. Este rencor encontró su primera salida en la violencia sexual. Montado en su moto, aterrorizó a la ciudad como «el violador de la moto».
Detenido en 1978, su condena de 27 años se esfumó tras solo ocho entre rejas. ¿La razón? Usó su inquietante poder de persuasión para conseguir el perdón de casi todas sus víctimas. La justicia, de forma inexplicable, abrió la jaula.
La Máscara del Ciudadano Ejemplar y la Cacería Macabra
En libertad, construyó una fachada perfecta: se casó con una mujer con discapacidad que nunca sospechó de su doble vida, y ante el mundo fue un hombre trabajador y formal. Pero detrás de esa máscara, el monstruo seguía vivo. Su guerra particular contra su madre se redirigió hacia el blanco más fácil: ancianas que vivían solas.
Entre abril de 1987 y abril de 1988, Santander contuvo el aliento. Margarita González, Natividad Robledo, Julia Paz Fernández… 16 nombres, 16 vidas apagadas. Su método era siniestro en su simpleza: usaba su rostro afable y su labia para que sus víctimas, confiadas, le abrieran la puerta. Entonces, en la intimidad de sus hogares, las asesinaba para robarles sus modestas pertenencias.
El Trofeo Escarlata y el Deseo de ser Atrapado
La arrogancia fue su perdición. Tras meses de cuidadosa planificación, comenzó a cometer errores imperdonables. El más flagrante: dejar una tarjeta de visita con su nombre y dirección en la escena de un crimen. Un acto tan deliberado que hizo pensar a la policía si, en el fondo, deseaba ser detenido, quizá hastiado de su propia monstruosidad.
Su detención, el 19 de mayo de 1988, destapó la dimensión real de su locura. Al registrar su casa, los agentes se toparon con una habitación decorada en rojo, un santuario macabro donde exhibía como trofeos las joyas, porcelanas y objetos que había robado a sus víctimas.
El Ego ante las Cámaras y la Justicia en los Corredores
Frente a las cámaras, el monstruo mostró su verdadero rostro: ególatra, cínico, con una sonrisa permanente. Se jactó del perdón de sus víctimas de violación y presumió de no tener «problemas sexuales». Fue condenado a 440 años, una cifra que simbolizaba su maldad infinita.
Considerado un preso de máximo riesgo, fue trasladado continuamente, hasta que el 24 de octubre de 2002, en la prisión de Topas (Salamanca), la justicia carcelaria se cumplió. Dos reclusos, Enrique «El Zanahorio» Valle y Daniel Rodríguez Obelleiro, le asestaron entre 60 y 70 puñaladas.
José Antonio Rodríguez Vega, «El Mataviejas», encontró un final violento para una vida de violencia, y fue enterrado en una fosa común, un final anónimo para quien buscó notoriedad a través del terror. Su legado es un estremecedor recordatorio de que la maldad más profunda a menudo se esconde tras la máscara más ordinaria.









